No quiero contaminar las vísperas de mi dormir con imágenes de un zapping letal.
Tampoco puedo leer, podría simular que lo estoy haciendo, mirando secuencias lógicas de palabras conexas sin ejercer sobre ellas encaje psíquico alguno, pasando las hojas de algún libro escogido al azar, deteniéndome en cada una de ellas durante algún tiempo considerado, simulando una especie de abducción literaria.
Pero en verdad no haría más que fastidiar a mi vista, ya agotada de tantos estímulos diurnos que se vio obligada a soportar.
Procedo entonces a presionar con fuerza mis párpados en un intento de sugerirle a mis ojos un merecido descanso.
Mis ojos descansan, sí.
Pero los pensamientos no se dejan llevar tan fácil por una sugestión y se desplazan velozmente por otro carril, al cual la presión de mis manos difícilmente alcance.
Recurro así a escribir mentalmente una lista infinita de proyectos aún más infinitos que la lista misma. Pero enseguida renuncio a semejante propósito, dejándola en suspenso para futuras producciones.
En algunas ocasiones saco a relucir mi pobre ligereza matemática, desafiando a mis neuronas con cálculos que debo resolver en el aire, suponiendo que el desmedido esfuerzo sináptico hará de las suyas y cumpliré mi cometido de rendirme entre las sábanas.
Pero allí quedan flotando esos cálculos sin resolución alguna.
Otras tantas me concentro en el ronquido de mi perra esperando con gracia que algún sueñito la despierte de un sobresalto. E inmediatamente me encuentro imaginando que imaginara un perro. Y que soñara, si es que sueña. Y quien habrá tenido el coraje de afirmar con certeza que los perros sueñan. Menudo delirio el de tal corajudo y el mío de pretender refutar su teoría en una noche de insomnio.
Agotando ya varias instancias de nula eficacia, me veo llevando a cabo el viejo truco de contar ovejitas.
Las mías no sufren del verbo esquilar y se las ve dichosas y enérgicas, saltando una tras otra por encima de una tranquera blanca, un tanto despintada pero rodeada de mucho verde.
Una, dos, tres, cuatro, cinco, seis, siete, ocho…hasta llegar a un número apreciable de ovejitas saltarinas...que desaparecen en cuanto doy cuenta que el viejo truco no tiene nada ni de viejo ni de truco.
Definitivamente las ovejitas saltarinas tampoco me duermen. Lejos de eso, se evaporan como mi lista infinita de proyectos aún más infinitos, como mis cálculos matemáticos aun sin resolución, como mis inquietudes sobre los sueños caninos, aun sin confirmación.
Una vez más, ya con cierto fastidio, procedo a presionar mis párpados con fuerza en un intento de sugerirle a mis ojos, un merecido descanso.
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