jueves, 11 de junio de 2026
martes, 9 de junio de 2026
UNA CALLE QUE NO SABES A DONDE VA.
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| He aquí la evidencia. |
jueves, 4 de junio de 2026
QUE DIRIA FREUD DE LOS INFLUENCERS.
Universidad Nacional de Mar del Plata. Facultad de Psicología.
Maestría en Psicoanálisis 2026.
INTRODUCCION
'Parece que estamos sueltos pero esto no es libertad, es que la jaula es tan grande que parece que volas''.
Gabo Ferro.
Si hay un enunciado de Lacan que resiste más allá de toda coyuntura, es precisamente el ya conocido: “Que renuncie, pues, quien no pueda unir a su horizonte la subjetividad de su época” (Lacan, 1993). En otras palabras, quien se aventure en la práctica psicoanalítica no puede hacerlo por fuera de las coordenadas históricas y culturales de su tiempo. La subjetividad no se constituye sobre una tabula rasa; se encuentra atravesada por discursos de diversa índole que la moldean: un entramado social, cultural, económico, institucional, tecnológico e ideológico que produce determinadas formas de subjetividad y no otras.
Esto nos conduce inevitablemente a analizar las coordenadas del contexto contemporáneo y sus efectos subjetivos. Nos encontramos inmersos en un escenario caracterizado por la caída de los grandes relatos modernos, la fragilidad del lazo social y el auge del individualismo neoliberal. Estas condiciones han favorecido la emergencia de nuevas figuras en redes sociales y plataformas audiovisuales, tales como los llamados influencers espirituales o gurúes del desarrollo personal, entre otras autodenominaciones.
Frente al debilitamiento de aquellas narrativas que, en la modernidad, ofrecían respuestas a la incertidumbre subjetiva, emergen nuevos discursos que prometen sentido allí donde algo falta. Es en este punto donde los influencers espirituales adquieren relevancia, ofreciendo respuestas rápidas, fórmulas de bienestar y nuevos modos de identificación. En muchos casos, estas figuras de autoridad simbólica reconfiguran antiguas ilusiones religiosas en clave neoliberal, bajo la promesa de autosuperación, éxito personal y plenitud “en el nombre de Dios”.
El presente trabajo, realizado en el marco del seminario Problemas Contemporáneos del Psicoanálisis surge inicialmente de una observación de campo vinculada a una inquietud personal acerca de la proliferación de estos discursos y de la adhesión masiva que generan. A partir de ello, me propuse indagar cómo ciertos contenidos logran viralizarse hasta conformar comunidades de seguidores que reproducen, muchas veces sin cuestionamiento crítico, las ideas y mandatos de estas figuras.
Considero que este fenómeno exige, al menos, una reflexión crítica.
¿Qué condiciones de época favorecen la emergencia de estos discursos? ¿Qué necesidades subjetivas interpelan? ¿Qué promesas ofrecen? ¿Qué vacío intentan colmar?
A partir de aportes del psicoanálisis y de autores contemporáneos que abordan las vicisitudes de la subjetividad actual, este trabajo intentará aproximarse a alguna respuesta posible sin perder de vista aquello que, justamente, se encuentra en riesgo: la subjetividad misma.
DESARROLLO
Para arribar a alguna respuesta a las preguntas suscitadas en la introducción respecto a la emergencia de los influencers en el contexto actual, es preciso inicialmente recuperar el concepto de subjetividad. En este sentido, partimos de la distinción entre subjetividad y sujeto que hace Mario Pujó (2023) afirmando que ‘’el sujeto no es sino el efecto del lenguaje sobre el organismo viviente’’, precisamente por eso es un sujeto dividido. En cambio ‘’la subjetividad nombra las representaciones que la sociedad de una época ofrece al sujeto para vivir su división más íntima, los recursos y alternativas que propone para suturarla, dando un sentido y una dirección a la vida, que asume colectivamente la forma de un estilo, una tendencia, una modalidad más o menos caracterizada históricamente ’’ (Pujó, 2023)
Entonces, el espíritu de la época, tal como lo plantea el autor, configura un conjunto de representaciones que moldean la subjetividad.
Ahora bien; ¿Cuáles son las coordenadas de la época actual?
Si profundizamos las expresiones que suelen utilizarse desde diversos estudios contemporáneos para describir al escenario social, económico y cultural que asistimos hoy; léase entre muchas otras; capitalismo neoliberal, sociedad postindustrial, modernidad tardía o postmodernidad, nos encontramos con un conjunto de conceptualizaciones que, más allá de sus diferencias, coinciden en señalar la crisis de las instituciones e ideales característicos de la modernidad. Uno de los titulares que resume este pasaje es la caída de los grandes relatos, que apunta no necesariamente a la desaparición pero si al debilitamiento de ideales que en la modernidad ofrecían sentido; respuestas, valores, pertenencia colectiva, entre los que se destacan el Estado, la familia tradicional, la religión. Instituciones que por su solidez calmaban de algún modo la angustia de la existencia. Freud lo dijo sin pelos en la lengua, ‘’es la vida difícil de soportar’’ (Freud, 1927) y esos relatos cumplieron la función de soporte hasta que empezaron a debilitarse. Hubo algo que paulatinamente dejó de funcionar, por lo que fue necesario introducir nuevas coordenadas.
Si la modernidad encontraba en las instituciones tradicionales una fuente relativamente estable de identificación y sentido, la contemporaneidad obliga a los sujetos a orientarse en un escenario mucho más fragmentado en el que prima el individualismo, el relativismo, el consumo de sentidos múltiples. El impacto en la subjetividad puede ser leído como mayor libertad pero también mayor fragilidad, búsqueda constante y auto exigencia ilimitada. Basta con permanecer un rato en alguna red social para evidenciarlo.
En este contexto emergen nuevas figuras capaces de ofrecer referencias identitarias, modelos de vida y respuestas frente a la incertidumbre. Es precisamente en este punto donde el fenómeno de los influencers adquiere relevancia.
¿Qué hace un influencer?
Partiendo de lo que nos hace suponer el término, es una persona que influencia a otra, en este caso a su audiencia. Esto nos lleva a pensar que su discurso cuenta con cierta legitimidad, más aun a medida que aumenta su alcance. Yendo al caso particular de los influencers que hacen contenido vinculado al bienestar y al desarrollo personal, en general transmiten la idea de que todo aquello que comparten como modelo a seguir es fruto de su experiencia. ‘’El influencer personifica los contenidos, los baja a un territorio íntimo, comparte confidencias, conoce a sus audiencias, sabe lo que necesitan, intuye lo que buscan saber. El influencer es creíble, porque se muestra como alguien que vive lo que enseña, encarna lo que sugiere, experimenta antes que uno lo que vende o comunica’’ (Zerega Garaycoa et al., 2024)
Esto es muy diferente a la autoridad clásica propia de la modernidad; el influencer no habla desde la institución, el saber experto o la formación universitaria, sino desde sus vivencias buscando fomentar cercanía e identificación por parte de sus seguidores. Por eso puede funcionar simultáneamente como amigo, consejero, mentor, ejemplo, lanzando premisas con fuerza de certeza como: si quieres el éxito, acércate a las personas que tienen los resultados que deseas conseguir. ‘’Si hay un personaje que ha ganado resonancia y presencialidad viral en las redes sociales, ese es el influencer. Este poder de persuasión se ejerce en tiempos de posverdad y de incredulidades generalizadas’’. (Zerega Garaycoa et al., 2024)
Retomando la conceptualización que propone Pujó (2023) y a la que adhieren otros autores contemporáneos, si pensamos la subjetividad como un conjunto de representaciones que una época ofrece para tramitar la falta, los influencers espirituales podrían pensarse justamente como una de esas representaciones destinadas a suturar el vacío estructural. En un contexto caracterizado por la declinación de los ideales modernos y el avance de la lógica neoliberal, estas nuevas figuras de autoridad ofrecen respuestas identitarias y promesas de completud allí donde la subjetividad contemporánea se encuentra confrontada con la incertidumbre y el desamparo. El neoliberalismo no solo organiza la economía sino también una ética subjetiva en la que cada individuo es concebido como empresario de sí mismo. ‘’Los influencers del bienestar intuyen lo que está sucediendo, sopesan las demandas tácitas de las personas en situaciones de auxilio emocional y asumen este nuevo ethos psíquico y esta crisis epocal como una oportunidad’’ (Zerega Garaycoa et al., 2024)
Lo distintivo de estos influencers es que no venden un determinado producto sino más bien un estilo de vida ejemplar que incluye levantarse a las 5 am, hacer burpees, glorificar el gimnasio, el ayuno y las duchas frías; que quien lo compra, luego también puede promocionar. Se sirven de palabras como abundancia, bienestar, manifestación, propósito. Romantizan la disciplina estricta y la autosuperacion permanente, invisibilizandose las circunstancias concretas que habita cada persona.
Asombra la frecuencia con que estos influencer comparten contenido, muchas veces reiterando el mismo mensaje en diversos formatos. Ellos lo llaman ‘’documentar su vida’’, es decir publican lo privado como si no hubiera un límite entre uno y otro e invitan a su comunidad a documentar las suyas. Este acto de exhibicionismo se lleva adelante con el fin de crear una marca personal, un concepto en auge que mínimo nos tiene que llamar la atención. ‘’Marca personal es ser quien sos’’; con el añadido del imperativo epocal de ser visto.
Se autoproclaman mentores, maestros, gurúes. Ellos ya atravesaron la experiencia que el consumidor todavía no alcanzó. Lo paradójico es que detrás de la promesa de crecimiento personal lo que aparece es un modelo en serie. Todos terminan haciendo lo mismo en nombre de su propia singularidad. Como sugiere Marcelo Barros (2021) ‘’La homogeneidad generalizada que Hannah Arendt nombró como la ‘’perversión de lo igual’’, es un pilar del orden simbólico del capitalismo tardío’’.
El autor nos transmite la idea de una realidad configurable según la demanda del mercado. ‘’Una realidad aplanada en lo que nada sobresale ni se distingue’’ (Barros, 2021).
El influencer ofrece fórmulas de ‘’éxito’’ que toma de otro influencer y da por supuesto que todos pueden lograrlo si se lo proponen y más aún, que todos desean lo mismo. La singularidad del sujeto queda subsumida bajo categorías amplias que prometen una explicación rápida y universal, lo que haría estremecer a cualquier psicoanalista y con justificación.
Se observa también que estos discursos no se conforman con pulir las diferencias entre individuos, muchos de ellos además apelan a discursos religiosos que refuerzan la legitimidad de sus enunciados. La referencia a Dios ya no aparece necesariamente como pertenencia institucional sino como recurso para respaldar sus promesas cuando baja el engagement.
Esto no implica negar la experiencia religiosa ni discutir la verdad o falsedad de sus enunciados. Más bien apunta a analizar qué función discursiva cumple dentro de ciertos modelos contemporáneos de influencia que circulan en las redes sociales u otras plataformas audiovisuales. No por nada se está hablando de una ‘’moda de Dios’’.
En este punto resulta pertinente retomar a Freud en El porvenir de una ilusión, donde analiza la religión como una respuesta psíquica frente al desvalimiento humano. ‘’Significa un enorme alivio para la psique del individuo que se le quiten de encima los conflictos, nunca superados del todo, que nacieron en su infancia en torno del complejo paterno, y se le provea una solución universalmente admitida’’ (Freud, 1927).
Según su planteo, las creencias religiosas ofrecen una explicación del sufrimiento y una promesa de protección que permiten aliviar la angustia existencial. Por eso define a la religión como una ilusión: no necesariamente porque sea falsa, sino porque su fuerza proviene fundamentalmente del cumplimiento de deseos y necesidades humanas. Como señala Freud, se trata de doctrinas cuyo valor de realidad no puede demostrarse ni refutarse de manera concluyente.
Desde esta perspectiva, la referencia a Dios en ciertos discursos contemporáneos puede entenderse como algo más que una manifestación de fe personal. Al invocar una voluntad superior, los influencers desplazan parcialmente la responsabilidad de sus promesas hacia una instancia trascendente. De este modo, cuando los resultados prometidos no llegan, la ausencia de eficacia no invalida el discurso, ya que puede apelarse a fórmulas incomprobables como “los tiempos de Dios son perfectos”. La religión opera entonces como un recurso que otorga legitimidad al mensaje y, al mismo tiempo, amortigua las exigencias de ‘’garantía’’ que recaerían sobre quien lo enuncia, si acaso realmente esto tendría consecuencia alguna.
Por último, hay una realidad innegable.
Vivimos en un contexto donde el trabajo es precario, las trayectorias vitales son inestables, los vínculos más frágiles, las instituciones se debilitaron. En ese escenario, la idea de un plan divino ofrece algo valiosísimo; sentido. Aunque no garantice resultados materiales, la religión todavía preserva su valor como narrativa capaz de organizar la experiencia del sufrimiento. Y los influencers, crean o no crean en Dios, se sirven de la gloria del mismo para captar la atención de las masas.
Parece que nos queda a los psicoanalistas, pagar los platos rotos.
CONCLUSION
Considerando el recorrido previo, reservo este último apartado para una consideración personal del tema abordado. Como mencione anteriormente, esta inquietud surge de la observación de una tendencia ‘’masiva’’ en las redes sociales de cuentas que ofician de consejería emocional, física y psicológica bajo la autocalificación de ejemplo a seguir.
Si algo puedo decir al respecto es en gran parte por el seguimiento casi obsesivo de un influencer en particular y no precisamente porque me guste su contenido sino porque me llama mucho la atención como este tipo de perfil captura a la audiencia hasta el punto de hablar de un mentor y su comunidad. El algoritmo además hizo su trabajo y me fue llevando a muchísimos perfiles más que publican un contenido similar, con un discurso y determinadas expresiones que no varían mucho entre unos y otros. Se venden como gurúes que te ayudan a dejar los vicios, a tener disciplina y a crear tu emprendimiento. Se muestran como bestias, maquinas, dioses que pueden mostrarte como trascender lo que ellos ya trascendieron. Hablan de vínculos tóxicos, de depresión, de ansiedad, de adicciones, de trauma. Banalizan la salud mental. Desprecian la formación académica, para ellos lo que vale es la experiencia de vida. Dirigen comunidades y responden con convicción acerca de cuestiones que exceden por lejos sus áreas de conocimiento. Se meten en terrenos pantanosos de los que salen diciendo que todo depende de uno, ‘’de hacer lo que tenes que hacer y dejar de hacer lo que estás haciendo’’.
Da la sensación que pueden decir cualquier barbaridad porque no tienen ningún marco ético o moral al que atenerse.
Al observar en el tiempo la evolución de este influencer pude notar también como fue modificando su contenido y adaptándolo a las necesidades de los usuarios, porque no hay que olvidarse que todo esto sucede dentro de una plataforma que responde a lógicas de consumo. Esto explica como un influencer que antes hacia comentarios gordofobicos, clasistas y ofensivos por doquier, a los meses esté leyendo salmos y proverbios y grabando videos en ‘’La Igle’’.
Me preguntaba que lleva a una persona de pronto a colocar a Dios detrás de todo lo que publica y los seguidores no tardaron en darme la respuesta, llamándolo ‘’un enviado, un hijo del Señor, un elegido que viene a traer el mensaje’’.
La religión aunque aggiornada sigue siendo un soporte frente al desamparo y si hay algo que caracteriza a la subjetividad actual es la pérdida de un norte. Ahí es donde los influencers aprovechan el hueco y entran en escena.
Claro está que gran parte del éxito de estos discursos responde a una necesidad de orientación en un contexto incierto. Sin embargo, suele tener como costo una reducción de la complejidad subjetiva. Porque no hay soluciones universales, ni respuestas objetivas, ni mucho menos un plan de vida basado en el sacrificio radical. Estos gurúes espirituales se encargan de derribar lo que tanto trabajo nos lleva a los analistas, reconocer la singularidad del deseo y aceptar la castración.
Allí donde el psicoanálisis escucha a un sujeto, estos discursos escuchan las necesidades del mercado o aún más las suyas propias, hoy que está tan en boga el (mal) uso del concepto narcisismo y si encuentran tanta adhesión no es únicamente por su capacidad de persuasión, sino porque responden a un malestar de la época que es preciso suturar.
Podría decirse que mientras el influencer busca ocupar el lugar de quien sabe qué le conviene al otro, el analista intenta sostener un lugar de no saber respecto del deseo del paciente. No le indica cómo vivir ni qué decisión tomar; más bien acompaña la producción de un saber singular que el propio sujeto desconoce de sí mismo.
Tal vez el desafío para el psicoanálisis en la actualidad no sea competir con estos discursos actuales ni ofrecer respuestas más atractivas que las del mercado. Su apuesta sigue siendo otra: preservar ese espacio donde el sujeto pueda interrogar aquello que lo determina, incluso cuando la época misma empuja hacia el otro lado.
Y como siempre, resistir.
BIBLIOGRAFIA
· Barros, M. (2021). El aplanamiento de la clínica y los últimos hombres. En Anatomía de la modernidad. Grama Ediciones. Pág. 9 – 24.
· Freud, S. (1927). El porvenir de una ilusión. En J. L. Etcheverry (Trad.), Obras completas (Vol. 21). Amorrortu.
· Lacan, J. (1953). Función y campo de la palabra y del lenguaje en psicoanálisis. En Escritos 1. (2.ª ed.). Siglo XXI Editores.
· Pujó, M. (2023). Zeitgeist. El espíritu de época. En Psicoanálisis y el Hospital, Año 20. N 39. Junio 2011. Pág. 12 – 22.
· Zerega Garaycoa, M. M., Tutivén-Román, C., Cisternas-Osorio, R., Labate, C., & Becker Cantariño, L. M. (2024). Influencers hispanohablantes del bienestar en la era de los cuidados: Corrientes y temas durante el año 2023. Vivat Academia, 157, 1–25. https://doi.org/10.15178/va.2024.157.e1533.
viernes, 22 de mayo de 2026
FURIA ETERNA.
En medio del desvelo, mientras calentaba el agua para el té, me acordé de algo.
Hacía poco menos de un año, como en otras oportunidades, mi mamá me había traído un recorte del Clarín; deduje mientras lo sacaba del bolso que sería de la sección de mundos íntimos, gusto que siempre compartimos. Conociendo mi sensibilidad en el asunto, me anticipó ‘’es de una chica que al morir su gata dijo que nunca más (….)” Bastó que me dijera eso para que yo decidiera archivarlo para otro momento. Dejé el recorte arriba de la biblioteca con el asomo de una punta que me recordaba su existencia y ahí estuvo hasta hace unas semanas atrás, en ocasión de esa noche tormentosa con aroma a final, que junté valor y lo leí.
La historia de Frida, la gata de Nuria, la chica del relato que luego de su partida adoptó a McFly, además de llorar, inevitablemente me llevó a pensar que le contaría yo al mundo sobre Furia. Porque aunque pueda sonar extraña la expresión, cada mascota tiene su ‘’personalidad’’ (u animalidad, sí existiese) y eso hace a lo singular del vínculo que cada cual tiene con su compañero humano (me rehúso a usar el término dueño).
Quizás todos piensen lo mismo de sus mascotas y está perfecto pero no tengo ninguna duda de que Furia era especial. Su temperamento era la antítesis de su nombre. No había otra igual, igual de buena, de cariñosa, de compañera de aventuras. También era una chupadora serial con predilección por las piernas, no importaba de quien fueran. Amante de la playa y fan del zapallo. Y de mis milanesas de berenjena. Y del queso crema. Y de las bombas de papa. Y el veterinario, que para nuestra fortuna; es mi papá, recordándome una y otra vez que al perro no se le puede dar cualquier cosa; aunque a excepción de algunas ocasiones, Furia se recomponía de cualquier síntoma ni bien cruzábamos la puerta. Cada ida a la veterinaria, se paraba en dos patas en la estantería de los ‘’chiches’’ y elegía el que quería cual niño inspeccionando a dos manos la juguetería. Y hasta que no le dabas el que pedía a ladridos, no paraba.
No paraba nunca. Para ella, todo lo que tuviese forma circular era un chiche. Las mandarinas, los limones, la semilla de la palta que alguna vez intenté plantar. Si rodaba, ella iba detrás.
Tenía además una habilidad sorprendente para cabecear globos; he llegado a contar hasta 15 pases sin que caiga al piso y se ha llevado todos los halagos por ir de copiloto en el canasto de la bicicleta, uno de sus momentos favoritos, que tuvo que ceder a sus seis años cuando adopté a Fauna y los paseos inevitablemente cambiaron de tenor.
Una tarde las llevé a la plaza y en cuestión de segundos las perdí de vista. Parecía que se las había tragado la tierra. Grité sus nombres hasta quedarme sin voz, pero el tiempo pasaba y la incertidumbre crecía. Fue tal mi desesperación que logré convocar a un operativo de cinco policías que se encontraban por la zona. Finalmente las encontramos en la otra punta de la plaza, las dos sentadas bajo un árbol custodiando su pelota.
En otra oportunidad, se lastimó las orejas con la espina de un rosal y le sangraron de una manera cinematográfica desde la plaza hasta llegar a casa, aunque ella nunca se enteró.
Tengo muchísimas anécdotas porque afortunadamente compartimos 15 años, desde que era una cachorrita de 2 meses con una hernia en su pancita como marca identificatoria. Furia me acompañó durante toda mi carrera, yo creo que llegó a distinguir cuando hablaba de Freud y cuando hablaba de Lacan. Estuvo en todos mis hogares desde aquel primer departamento de mi independencia que tantas alegrías nos dio hasta esta casa en las sierras que supo disfrutar a su manera. Fue testigo de todos mis vínculos y estuvo al pie del cañón en todos mis duelos, sin pedirme nada a cambio. Han llegado a celarla por mi atención, como si tuviese que elegir pareja o perra, cuando a la vista está que se trata de vínculos incomparables. Porque el amor del animal es incondicional y eso a algunos les incomoda bastante; es un sentimiento limpio de las miserias que se juegan a veces entre las personas y que se evidencian en lo complejo que resulta vincularnos.
El amor del animal en cambio, no se guarda nada. Lo deja expuesto sobre la mesa.
Es transparente e incuestionable.
Pero no me quiero ir de tema.
Volvamos a Furia, que hasta sus 11 años, mantuvo la energía de un cachorro. Hasta que un ACV la hizo envejecer de golpe. Quedó cieguita y ya no le resultaba tan fácil correr tras sus chiches de turno. Con el tiempo fue volviéndose más serena, aunque hasta sus últimos días al alzarla por reflejo seguía moviendo sus patas como si nunca hubiese perdido la agilidad.
Era tan fuerte el lazo que nos unía que tuve que prepararme mentalmente durante mucho tiempo para afrontar este momento, porque sentía que no iba a poder soportar su ausencia.
Muchas veces la miraba intentando retener esa escena en mi memoria para cuando ya no fuese posible, otras tantas me pescaba anticipando escenarios fatalistas y me pellizcaba para traerme de vuelta a la realidad, porque sí, su vejez fue repentina pero todavía la tenía conmigo, sentadita al sol, esperando al lado del horno, disfrutando el calor del hogar, acostada encima de mi ropa, pidiendo mimos cuando me sentía cerca.
Solía decirle que gozaba de una jubilación envidiable.
Hasta hace un mes, que le noté algo en su labio y apareció la palabra tan temida. Le había salido un tumor y por su edad, no había mucho que pudiese hacerse más que brindarle la mejor calidad de vida el tiempo que le quedara, que por las caras de mi papá frente al diagnóstico, supe que no sería mucho. A partir de ese momento, entendí que cada día que pasara con ella era un regalo que agradecería dándole todos los gustos, más de los que ya acostumbraba. Le di pollo dos veces por día, le hice una sesión de mimos cada noche y he llegado a comer en el piso para que se acercase al plato.
No sabía si se la iba a llevar la vida naturalmente o si iba a tener que tomar la decisión tan difícil de dormirla para siempre.
Lo único que tenía claro es que no iba a exponerla al dolor.
Como dice mi mamá, a veces el ser humano en su afán de evitar la pérdida, termina prolongando el sufrimiento del animal.
Y esa noche, ante los primeros indicios de agonía y tras intentar estirarle la vida con calmantes, decidí que era momento de dejarla descansar en paz.
“Tranquila Fufita, te prometo que mañana se termina’’
No podía pedirle más.
Hoy, con el diario del lunes, puedo decir que esa sensación incómoda que anticipaba su muerte me dio la oportunidad de despedirla, de entregarme en cuerpo y alma a su cuidado.
En estas circunstancias, la eutanasia se convierte en un gran acto de amor, el último que podemos brindarles. Ponerlos por delante de nuestra necesidad. Evitarles el sufrimiento que no pueden transmitir con palabras.
El amor no necesita tantas palabras.
‘’La vamos a acompañar’’ me dijo mi papá al día siguiente; intentaba tranquilizarme aunque a él siempre le tocara la parte más difícil en estas situaciones. Yo agradezco que se haya ido en sus manos, un domingo soleado, en nuestro hogar y conmigo al lado hasta el final.
El dolor de la pérdida es inevitable. Pero aún en la tristeza podemos reconocer cierta calma. La satisfacción de haberles devuelto una buena vida.
Las mascotas se van, en la mayoría de los casos, antes que los seres humanos, aunque nos dejan una lección profunda sobre el valor de la presencia, la empatía y el cuidado del otro.
Me va a llevar tiempo acostumbrarme a su ausencia. Fueron 15 años, aunque para mí, Furia tenía 39, porque en mi memoria ella estuvo siempre. Y permanece aún en los lugares de la casa que habitaba, con particular predilección por un rincón del comedor al que Fauna todavía corre a anunciar nuestro regreso, como solía hacer cada vez que salíamos de paseo. Ahora, al encontrarse con ese espacio vacío, me mira, desconcertada, como preguntándome donde está su compañera.
Aun no sé bien qué responderle.
Al principio volver a casa representaba una escena desgarradora como también lo fue sacudir las mantas donde dormía y ver sus pelos grises dejando en el aire un último rastro tangible de su existencia.
Duele porque aún hay demasiadas huellas.
Pero día a día acepto que la magnitud de su pérdida es proporcional al lazo que construimos.
Y ahí el dolor cobra otro sentido, porque no podemos ir en contra de la finitud de la vida, pero sí podemos resignificar la experiencia.
De a poco voy encontrando maneras de tenerla presente,
En el recuerdo inmutable de fotos y videos.
En la escritura.
En el ritual del fuego.
En mi historia.
Hoy descansa en el parque de casa, bajo un jazmín que intuyo crecerá con fuerza,
Como florecen ciertas formas del amor incluso después de la despedida.
| Hasta siempre, compañera de vida. |
viernes, 30 de enero de 2026
LO QUE NO SE DICE SE HACE SINTOMA.
¿Por qué será que a veces cuesta tanto decir lo que tenemos atragantado?
Quizás tenemos la fantasía de que al no decirlo, de algún modo eso que no largamos, con el tiempo se va a a evaporar y vamos a olvidarnos del asunto, ocupándonos de otras cosas que sí podemos afrontar.
Muchas veces nos detiene el hecho de pensar que si hablamos, habrá consecuencias; cuando en realidad ya sufrimos las consecuencias por no hablar. Imaginamos una infinidad de escenarios posibles, ensayamos una y otra vez qué decir y cómo decirlo y hasta que respuesta podemos llegar a recibir; olvidándonos que siempre va a ser mejor actuar que especular, porque suponer requiere de muchísimo tiempo y energía que se consume por inercia, como si dejaras que la batería del celular se vaya agotando hasta apagarse, sólo por el paso del tiempo.
Pero eso que no decís, eso que te quita el sueño y te lleva a comerte las uñas, a darte un atracón o a fumarte un atado de cigarrillos en un par de horas, eso que no decis y pateas siempre para adelante esperando ilusoriamente que llegue el momento ideal; no sólo no se va, sino que se reserva un lugar cada vez más grande en tu cabeza y desde ahí, hace estragos. Impacta en la salud, en el sueño, en el apetito y en la manera en la que nos relacionamos. Precisamente porque lo que no decimos con palabras, lo decimos con actitudes, olvidándonos también que para tener vínculos sanos, en muchas circunstancias, hay que tener conversaciones incómodas (lo leí por ahí y lo tomé como premisa). Y porque lo que no decimos con palabras, se instala en el cuerpo y se hace sintoma.
Es increíble a cuanto malestar nos exponemos por no abrir la boca; por no dejar salir lo que tiene que salir. Y es increible porque desestimamos que el mismo acto de hablar ya es liberador, más allá de lo que el otro nos responda. Simplemente porque te lo sacas de adentro. Y para sorpresa, pasa muchas veces que al decir eso que viene carcomiendote el coco hace rato, te das cuenta que no era ni tan difícil ni tan terrible.
No importa que no salga como esperabas, lo que importa es que salga.
Muchas personas se distancian por años por no sentarse a hablar. O lo que se lamenta aun más; muchos se van de este plano y dejan la herida sin cicatrizar de una conversación pendiente.
Y ahí si, ya es demasiado tarde.
Por eso deseo que puedas decir eso que tenes atragantado.
Hay que atravesar la trinchera que imponen las primeras tres palabras.
TENEMOS QUE HABLAR.
El resto medio que sale solo.
¿Te animás?
sábado, 3 de enero de 2026
¿QUIEN ALOJA A LOS PSICOLOGOS?
Existe cierta fantasía social de que el psicólogo/a sabe cómo arreglárselas solo, algo así como ser su propio terapeuta, como el arquitecto que construye su propia casa. Sin embargo, en el terreno de las emociones y más aun de las propias, no alcanza con saber el ‘’cómo’’. Ni tampoco tiene por qué alcanzar. A veces los psicólogos, más allá de nuestro espacio terapéutico personal e ineludible, también necesitamos que nos escuchen, que validen eso que nos duele, nos enoja o nos genera malestar, que el otro pueda permanecer un rato en la incomodidad de no tener respuestas.
No hace falta teoría para acompañar a un psicólogo/a que está atravesando un momento difícil. Un simple ‘’Te entiendo’’ muchas veces puede resultar profundamente reparador.
Y justamente, porque día a día, estemos como estemos por dentro, ponemos el cuerpo y la mente en modo alojamiento, al servicio de quienes nos confían su padecer; sostener esa tarea muchas veces requiere un esfuerzo extra cuando atravesamos situaciones adversas en lo personal.
Los psicólogos/as no estamos inmunizados frente al dolor. Atravesamos pérdidas, duelos, desamores, desilusiones, deudas, preocupaciones. La diferencia es que no corresponde descargarlas en nuestra jornada laboral y asumimos esa abstinencia con gran compromiso ético, dejando lo propio por fuera del tablero.
Por eso, también por el cuidado de nuestros pacientes, qué importante es saber que una vez que salimos del consultorio, tenemos donde descansar un poco cuando las cosas se ponen difíciles.
Un recordatorio para todos aquellos que conozcan a un psicólogo/a o para los mismos psicólogos/as que por momentos también nos creemos ese cuento de que podemos solos.
No.
No podemos ni debemos.
Detrás del rol profesional, hay una persona que también necesita un abrazo.
viernes, 12 de diciembre de 2025
MI INTERPRETACION SOBRE LA INTERPRETACION DE LOS SUEÑOS.
La originalidad de su obra se debe en gran parte al hecho de que en su desarrollo describe diferentes mecanismos que según él, se activarían en la mente del ser humano mientras reposa cómodamente en su cama. Sería plagio si repitiera al pie de la letra lo que Freud argumentó, por lo que intentaré contarlo en criollo para todo aquel que pretenda encontrarle un sentido a eso absurdo que soñó y que a gatas recuerda. Para esto, es crucial que dejes a un costado las búsquedas de google que sugieren un significado universal para determinados contenidos oníricos, precisamente porque lo más hermoso de soñar, es que representa una elaboración única e irrepetible, que sólo puede atribuírsele a la psiquis de quien lo soñó.
Dicho esto, empecemos.
El contenido de los sueños es una composición que se arma a partir de fantasías de las cuales probablemente ni te des por aludido porque parten de tu inconsciente. Estas aparecen mezcladas con lo que Freud llamó restos diurnos; fragmentos del día; imagenes, palabras, percepciones, tal vez algo que dijiste, alguna cosa que probablemente pasó desapercibida mientras estás despierto; que por algún motivo guarda un lugar en el guión. Su propósito pareciera ser decorar la trama, como si se tratara de la escenografía de la obra que estás a punto de estrenar.
Ahora bien, esas fantasías que parten de tu inconsciente no pueden subirse al escenario sin antes hacerse de un buen disfraz, por el hecho de que tu conciencia de otra manera no las toleraría, dado que las mismas por su contenido exceden por lejos el límite de lo admisible.
Ahí la cosa se empieza a poner más interesante, porque Freud redobla la puesta y dice: "El sueño es la realización de un deseo inconsciente" asumiendo de antemano las controversias que semejante afirmación podía generar. Porque claro, ahí los descreídos salieron a decir que ni en sueños desearían eso que soñaron, poniendo a la pesadilla como mayor objeción; ¿Cómo voy a desear que pase una cosa así?
Pero para eso Freud también encontró una explicación.
Para que un deseo inconsciente se acerque a su satisfacción, algo tiene que ceder, porque a fin de cuentas, el sueño es el guardián del dormir; su propósito final es que vos no te despiertes.
Es así que Freud propone pensar al sueño como una especie de compromiso, un punto medio entre la fantasía descocada que quiere entrar al boliche y el patova que sabe que si atraviesa la puerta, adentro se pudre el rancho. El sueño como buen conciliador, trata de mantener a todos medianamente satisfechos.
Volviendo a las fantasías, se preguntarán como hacen entonces para encubrir su verdadera naturaleza y salir a escena.
En ese punto son llamados a intervenir los obreros del sueño (sí, yo también me imagino a unos tipitos trepando hasta mi cabeza). Su tarea es esencial en tanto son los encargados de desfigurar las fantasías para que las mismas puedan entrar a escena; es decir son los responsables del carácter absurdo de lo que soñas. Así, mediante mecanismos que Freud da a conocer como condensación y desplazamiento es que se mezclan y se superponen los diversos elementos de manera que a simple vista parezca que nada tiene sentido. Ahí es cuando en el intento de explicar lo que soñaste decis algo así como "estaba en mi casa pero era como la parte de atrás de un supermercado y entonces aparecía un amigo que no veo hace un montón y cuando le iba a abrir la puerta, de golpe estábamos en una estación de trenes y yo pensaba que viejo que está, aunque ahora que lo pienso, era mi amigo pero tenía la cara de un profesor que tuve en la secundaria, que un día me dijo que era una falta de respeto bostezar en la clase".
Ponele.
De esta manera, irreconocibles; las fantasías engañan la censura y logran ingresar a tu conciencia. Y ya adentro, se las rebuscan para hacerte saber que ahí están, mezclándose con los restos diurnos en una fiesta loca de esas en las que no parece haber ni un límite.
Cabe aclarar además, que eso que recordas al despertar, esa secuencia bizarra que le contas a un amigo sin asumir ninguna responsabilidad al respecto; es lo que Freud llamó el contenido manifiesto del sueño; dicho de otro modo la obra ya consumada, montada sobre el escenario, frente a su unico espectador; vos, que estás viendo de afuera el interior de tu psiquismo. Ahora bien, el trabajo de interpretación de los sueños, el fin último de la obra de Freud; lo que hacía él en su consultorio y que aun hoy reproducen una gran proporción de psicólogos devotos a su teoria; ese trabajo de ir armando el rompecabezas, pieza por pieza a partir de lo que el paciente trae a colación del sueño, es lo que le permitiría a cada soñante que se analice; ir por detrás del telón y conocer qué es lo que se esconde tras toda esa parafernalia que recuerda al despertar; lo cual no es tarea sencilla, porque les aseguro que los obreros suelen hacer muy bien su trabajo.
En conclusión, si queres encontrarle algún sentido a lo que soñas, tendrás que estar dispuesto a cavar bien profundo en tu cabeza e ir sorteando los obstáculos que se presenten en el camino, para llegar así al corazón de la teoria freudiana, el inconsciente.
Pero vale la pena el intento.
Nada más saludable que conocernos a nosotros mismos en profundidad.
Un último comentario, no significa esto que todo sueño amerite semejante esfuerzo. Hay algunos que mejor dejarlos como están, porque así como se nos presentan son maravillosos.
Mi vieja, por ejemplo, ya se casó dos veces con Fito Paez.
Dicho esto, que descansen.
martes, 18 de noviembre de 2025
''DIAS PERFECTOS'', UN ANALISIS DEL FILM DESDE EL MINDFULNESS.
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| El protagonista disfrutando de lo que los japoneses llaman Komorebi. |
INTRODUCCIÓN
El presente trabajo responde al requisito final del Curso de Introducción a la Teoría Cognitiva Conductual brindado por el Hospital Moyano en el transcurso del 2025 y a riesgo de convertirse en un ensayo pretende profundizar algunos lineamientos de la Teoría Cognitiva Conductual(TCC) y el mindfulness a través del análisis de la película ‘Días Perfectos’’ de Wim Wenders (2023). La elección de la temática está motivada en primer lugar por un interés personal en dicha práctica como estilo de vida y porque mi labor como psicóloga clínica dentro del contexto sociohistórico en el que estamos inmersos da cuenta del impacto del mismo en los consultantes; asistimos a una época regida por imperativos de hiperproductividad, conectividad digital permanente, multitasking y su consecuente burn out, individualismo y como si esto fuera poco, la inteligencia artificial que va dando pasos agigantados sin medir las consecuencias. En un mundo en el que vivimos corriendo atrás de la zanahoria; me pregunto ¿Cómo podemos hacer para centrarnos en el aquí y ahora? ¿O aún más, es esto posible?
En un intento de arribar a una conclusión que al menos nos deje pensando, es que me propongo analizar la trama de dicha película desde algunos lineamientos de las llamadas “terapias de tercera ola” dentro del enfoque cognitivo-conductual; más precisamente desde el mindfulness como herramienta transversal y la terapia de aceptación y compromiso (ACT); con el objetivo no sólo de abordar diversos aspectos de la teoría que resultan de utilidad en la práctica, sino también a modo de reflexionar acerca de cómo las personas habitamos la cotidianidad, realzando con especial énfasis el valor que tiene el momento presente y la importancia de transitar los procesos a su debido tiempo.
DESARROLLO
Antes de profundizar en la trama de la película es importante precisar algunos conceptos del marco teórico que tomé en consideración para su análisis. En lo que concierne a la teoría cognitiva propiamente dicha desarrollada por Aaron Beck en los años 60 y abocada al tratamiento de la depresión; se toma la descripción de Judith Beck (1995) que siguiendo los pasos de su padre afirma que ‘’el modelo cognitivo propone que todas las perturbaciones psicológicas tienen en común una distorsión del pensamiento, que influye en el estado de ánimo y en la conducta de los pacientes (…) El terapeuta busca, mediante diversos recursos, producir un cambio cognitivo – un cambio en el pensamiento y en el sistema de creencias del paciente – para conseguir, a partir de allí, una transformación duradera de sus emociones y comportamientos’’ (Beck, J. S, 1995).
En el manual citado, que nos brinda una profundización de la teoría ineludible para su práctica, se describen los principios básicos de la terapia cognitiva, destacando que la misma requiere de una sólida alianza terapéutica que enfatice la colaboración mutua y la participación activa; que inicialmente se centra en el presente y está orientada hacia objetivos y problemas determinados, que a fin de cuentas lo que busca es ayudar a los pacientes a identificar y a evaluar sus pensamientos y comportamientos disfuncionales y a actuar en consecuencia.
Es preciso señalar que a medida que el enfoque cognitivo se fue consolidando a base de estudios e investigaciones con evidencia científica, también fue ampliándose al punto de integrarse con los principios del ya fortalecido conductismo, dándole origen a la bien llamada teoría cognitivo conductual que tuvo su auge y consecuente expansión en la década del 70. Siguiendo los lineamientos de diversos autores contemporáneos, ‘’el enfoque cognitivo más puro, se halla orientado al proceso de reestructuración cognitiva, su fin consiste en rediseñar, remodelar, cambiar el sistema de pensamientos, ideas, creencias que presenta el paciente a fin de transformarlas en más racionales, más realistas, más funcionales mientras que el enfoque conductual se fundamenta en la concepción de que el comportamiento en general y los desórdenes emocionales en particular, responden a contingencias ambientales de acuerdo con las leyes del condicionamiento. No obstante los orígenes relativamente independientes de ambas líneas de trabajo, en la actualidad la mayoría de los psicólogos dedicados a la práctica clínica aceptan que la integración de ambos paradigmas conduce a la mayor eficiencia terapéutica” (Minici, A , Dahab, J & Rivadeneira, C, 2003). Tal integración en su finalidad de identificar y modificar patrones de pensamientos disfuncionales promueve la implementación por parte del profesional de técnicas diversas en el marco de un trabajo colaborativo entre terapeuta y consultante que implicará que este último se lleve ‘’tareas para el hogar’’ que refuerzan el proceso terapeutico0; entre estas herramientas se destacan la reestructuración cognitiva, el registro de pensamientos por escrito, el dialogo socrático, la exposición gradual, el modelo ABC; que funciona como una herramienta que ayuda a comprender la relación entre los sucesos, los pensamientos y las emociones, poniendo el acento en la interpretación que hacemos de los eventos.
En consonancia con lo anterior, la evolución de la terapia cognitivo conductual a lo largo de los años da cuenta de una sucesión de periodos denominados primera, segunda y tercera ola, que aunque se delimitan con fines teóricos a fin de cuentas se trata de cómo el modelo va incorporando diversos aportes que responden, para decirlo sencillamente, a los problemas usuales que atraviesan las personas en cada momento sociohistórico.
La primer ola se circunscribe a los años 50 y refiere al auge del conductismo y a la idea de que la psicología debe ser una ciencia objetiva centrada en el estudio del comportamiento observable y medible; la segunda surge en la década del 60 y comprende el periodo descripto con anterioridad en el que se integran los procesos cognitivos al enfoque conductista tradicional. Por último y a los fines de acercarnos al núcleo del trabajo presente, nos centraremos en la tercera ola, la cual surge alrededor de los años 90 y continúa hasta la actualidad y que tiene como referentes a Steven Hayes, Marsha Linehan, Jon Kabat Ziin, entre otros; cada uno de ellos desde un enfoque distinto. Esta tercera ola incluye fundamentalmente a la ACT (terapia de aceptación y compromiso), a la DBT (terapia dialectico conductual), a la MBCT (terapia cognitiva basada en mindfulness), a la FAP (psicoterapia analítica funcional); dándole a este periodo de la TCC también llamado ‘’ola de terapias contextuales’’; una pluralidad de perspectivas teóricas y técnicas que la enriquecen.
Como esencia de las terapias de tercera ola, que pretenden ir un paso más allá de la teoría cognitiva conductual pura, se destacan la aceptación respecto al malestar, la conciencia plena en el momento presente, los valores que motorizan las acciones, las experiencias como fuente de aprendizaje y el contexto; según Hayes (2004), este periodo de la teoría cognitivo conductual se caracteriza por un enfoque contextual, empírico y basado en la experiencia, prestando atención no solo a la forma de los fenómenos psicológicos, sino a su función.
La diferencia sustancial respecto a las olas anteriores se basa en que las terapias contextuales no buscan eliminar ni modificar pensamientos negativos, sino aceptarlos cambiando el modo en que afrontamos las vivencias y entendiendo al sufrimiento como una característica propia de la existencia humana, que no debe evadirse ni negarse. En este marco el mindfulness se presenta como una herramienta que puede utilizarse tanto dentro del proceso terapéutico como en la vida diaria. Si bien hay una terapia que asienta sus bases específicamente en el mindfulness (la ya mencionada MBCT), es considerado un recurso que toman otras terapias de la tercera ola o al menos reconocen el valor de su aplicación como práctica cotidiana, por ejemplo en el simple acto de sentarse a comer prestando atención a los sabores, las texturas, el aroma.
El mindfulness tiene su origen en el budismo Theravada, una doctrina filosófica fundada por el buda Sidharta Gautama, aunque en Occidente se populariza en el 70 a partir de los aportes de Jon Kabat – Zinn, quien la define como “la conciencia que surge de prestar atención, de forma intencional (voluntaria), a la experiencia tal y como es en el momento presente, sin juzgarla y sin reaccionar a ella.” (Rodríguez, J.R, 2018)
El mindfulness como práctica de la atención plena tiene su anclaje en el presente y busca justamente eso: aprender a estar en el aquí y ahora en una actitud voluntaria de no juzgar. El fin de esta práctica es aquietar la mente, lo cual requiere de algún modo salirse del piloto automático, promoviendo también un seguimiento consciente de la respiración y de las sensaciones corporales. ‘Kabat- Zinn propone siete actitudes que constituyen los principales soportes de la práctica del Mindfulness: no juzgar, la paciencia, la mentalidad de principiante, la confianza, el no esforzarse, la aceptación y el ceder. Estas actitudes son interdependientes, cada una influye en las demás y cultivar alguna mejora a las otras. Otras actitudes, tales como la generosidad, la gratitud, el dominio de uno mismo, el perdón, la amabilidad, la compasión, la ecuanimidad, etc. se desarrollan mediante el cultivo de aquellas siete actitudes fundamentales’’. (Rodríguez, J.R, 2018)
De algún modo podría decirse que más allá de la técnica; el mindfulness es un estilo de vida, un modo de habitar lo cotidiano y de afrontar las experiencias que atravesamos.
Ahora bien; ¿Qué aspectos de la película ‘’Días perfectos’’ remite a esta práctica?
En primer lugar la trama ofrece una representación no sólo de los principios centrales del mindfulness sino también de otras teorías de la TCC, fundamentalmente de la tercera ola. El protagonista llamado Hirayama transita una rutina simple —trabaja limpiando baños públicos, pasa mucho tiempo en soledad, cuida con dedicación sus plantas, lee novelas antes de disponerse a dormir, escucha casetes mientras conduce; cada una de las acciones que realiza, las lleva adelante de un modo apacible y con una actitud de plena atención al momento presente. Esta forma de habitar su cotidianeidad refleja la práctica del mindfulness en la vida cotidiana, que propone estar presentes en la experiencia tal como es, incluso en su aparente monotonía.
Por otro lado y como dato de color, no es casualidad que el protagonista sea coreano y que la historia transcurra en Tokio, pese a que su director sea alemán; dado que la filosofía oriental tiene mucho que enseñarnos al respecto. La película puede interpretarse también como una representación del concepto japonés de ikigai, que se emparenta con los cimientos del mindfulness. Ikigai, entendido este como el sentido o propósito cotidiano, refiere a “estar inmerso en el momento presente y obtener placer de ello, prestando atención al mismo tiempo al más mínimo detalle es la esencia del arte de la ceremonia del té’(Mogi, K, 2017).
El protagonista encuentra valor en pequeñas acciones realizadas con presencia plena. Vemos a Hirayama detenerse y contemplar el cielo cada día que sale de su casa para ir a trabajar. Nos muestra también su afición diaria por sacar fotos al sol filtrándose entre las hojas de los árboles con una cámara analógica, aun en una época en la que los dispositivos móviles parecen haber derribado todo lo anterior.
En efecto, la película nos convierte en testigos de su día a día y es eso quizás lo más interesante que ofrece; porque en la trama el protagonista no hace absolutamente nada para sorprendernos ni para ganar audiencia ni para ser reconocido por sus acciones; hasta diría no hace absolutamente nada como para convencerlo a uno de que se quede sentado hasta el final; más bien continúa su rutina como si no hubiera nadie mirándolo.
Viéndolo de este modo, podría decirse que la trama no sólo representa la esencia del mindfulness, sino también que el ritmo sosegado de la película conduce al espectador a un estado de atención plena a lo que está observando. “Días Perfectos” promueve esa misma actitud de observación y presencia en el aquí y ahora.
A su vez, las acciones diarias de Himaraya parecen estar motorizadas por la simpleza, la gratitud, la aceptación, la humildad; valores que se alinean con los principios de la Terapia de Aceptación y Compromiso (ACT) que tiene su basamento en la premisa de vivir con sentido más allá del malestar y sobre la base de los valores personales.
El protagonista no busca huir de su realidad ni transformarla, sino habitarla plenamente. Puede interpretarse que el personaje no se deja llevar por pensamientos automáticos disfuncionales ni por expectativas externas y se conecta con pequeñas fuentes de bienestar. En este sentido podríamos pensar que si el personaje se viera afectado y/o condicionado por pensamientos negativos, distorsiones cognitivas o vivencias del pasado, incluso arriesgar que sí Himaraya comenzara un proceso terapéutico desde la TCC pura; el objetivo de esta sería intentar modificar tales pensamientos, reemplazándolos por otros más funcionales, dándole a su rutina y por ende a la trama, un giro radical, que cambiaría por completo
la enseñanza que pretende dejar y que hoy nos permite pensar que hay otras maneras de transitar el día a día.
CONCLUSION
Entonces, a los fines de dar un cierre abierto a la reflexión, retomamos el interrogante inicial; ¿Cómo podemos hacer para centrarnos en el aquí y ahora?
Siendo profesional de la salud mental y yendo más allá de las subjetividades, observo un común denominador en las consultas; un malestar en lo diario que se repite una y otra vez en el discurso; que me lleva a pensar que sea por las experiencias en sí mismas o por el modo en que las interpretamos, en líneas generales ‘’vivimos mal’’, quiero decir con esto que cotidianamente lidiamos con situaciones, emociones y pensamientos que nos mantienen en un constante estado de tensión, de inquietud, de incertidumbre, de querer estar un paso más allá de donde estamos, para que ya no duela, para saber que va a suceder. Y los síntomas de ansiedad y depresión, los ataques de pánico, el síndrome del burn out, la fobia social, entre muchos otros indicadores y/o diagnósticos que no cesan sino que aumentan, lo evidencia. Vivimos exigiéndonos, siguiendo imperativos; si miras para los costados los que no están corriendo detrás de algo que se presenta de repente como un acto impostergable, están absortos en las pantallas de sus celulares, al punto de que ya se predice que el cuerpo humano va camino a encorvarse.
Vivimos la mayor parte del tiempo ignorando el hecho de que hoy, estamos.
Lo damos por sentado, como si fuéramos infinitos.
Y algo de esto nos viene a enseñar la película en cuestión. Nos viene a recordar lo importante de estar presentes, de permitirse una pausa para conectar con los sentidos, de dejarse conmover por lo que está. Está bien, es ficción. Pero una ficción que transmite muy bien el concepto de vivir una vida ‘’minimalista’’, en la que menos es más y en la que la simpleza de las cosas es invaluable; de ahí quizás el nombre; ‘’Días perfectos’’. Días perfectos pueden ser todos los días si simplemente los vivimos. Sin embargo y sin por eso negar sus beneficios; el mundo digital o aún más, las redes sociales; no parecen estar colaborando. En un sistema que prioriza la productividad por encima de todo y que nos vende la idea de que el éxito y la felicidad se miden por la cantidad de seguidores y de likes; ¿Cuánto del momento presente se nos esfuma en una publicación? ¿Cuánto de lo que hacemos y posteamos queda supeditado a la reacción u aprobación de los demás? ¿Se dan cuenta porqué es más valioso vivir el instante que publicar la foto?
Vivir el presente es lo más parecido en mi experiencia a estar de viaje. Será que cuando viajamos, ponemos en marcha todos los sentidos al servicio de la exploración. Estamos ahí. Somos conscientes de nuestra existencia y de lo que nos rodea. Nos dejamos sorprender por lo que acontece, nos detenemos en detalles que probablemente inmersos en la rutina y al ritmo que vivimos, ignoramos por completo.
Por eso, por lo valioso que me parece la experiencia de detenerse y siempre que las circunstancias subjetivas lo permitan, es que invito a mis pacientes a frenar, a darse un respiro, un gusto, un momento; a los matices, al silencio, a conocerse, a escribir, a estar un rato en contacto con la naturaleza, a admirar, a contemplar lo que hay alrededor, a intentar al menos por un momento la aceptación de las cosas tal como son o se presentan.
Porque sé que es un desafío para muchos, pero confió que podemos vivir mejor.
Es este el horizonte en mi práctica. Una mejor calidad de vida en lo cotidiano.
Y más allá del marco teórico, de la rigidez o flexibilidad que tengamos los psicólogos respecto a las técnicas que implementamos, hay algo de la esencia del mindfulness y del ACT que no se puede negar. La aceptación de la finitud del tiempo.
Hoy estamos acá.
Entonces; ¿Es posible vivir en el aquí y ahora?
Fácil no es, pero hagamos el intento, un día a la vez.
BIBLIOGRAFIA
Beck, J. S. (1995). Terapia cognitiva: Teoría, práctica y aplicaciones. Ediciones Paidós.
Hayes, S. C. (2004). Acceptance and Commitment Therapy, Relational Frame Theory, and the third wave of behavior therapy [Terapia de aceptación y compromiso, teoría del marco relacional y la tercera ola de la terapia de conducta].
Minici, A., Dahab, J., & Rivadeneira, C (2003). Por qué terapia cognitivo conductual. Revista de Terapia Cognitivo Conductual, (4). Recuperado de http://revista.cognitivoconductual.org/
Mogi, K. (2017). Ikigai esencial: La sabiduría milenaria japonesa que dará sentido a cada día de tu vida (P. Vicens, Trad.). Lectulandia. (Trabajo original publicado en 2017 como The Little Book of Ikigai)
Rodríguez, J.R. (2018). Cuadernillo de Introducción al mindfulness. Hospital General de Agudos Argerich.
Wenders, W. (Director). (2023). Días perfectos [Película]. Japón, Alemania.
martes, 12 de agosto de 2025
LA ESPINA DE LA INSATISFACCION.
¿Será porque vivimos el presente en estado de falta?
No voy a aburrirlos con toda la teoría de Lacan, porque no la sé, pero hay algo clarito que dice respecto a la falta; que es el motor del deseo. Es verdad, ahí le damos la derecha, eso que no tenemos, nos pone en movimiento, nos corre de la inercia. Dejando de lado las presiones, podríamos decir que sí, que sin dudas somos todos deseantes. Para donde mires, estamos todos corriendo atrás de una zanahoria; todos en una, dirían los pibes. Ahora bien, es raro cruzarse a alguien que te salude y te diga, acá estoy feliz de la vida, persiguiendo mi deseo; más frecuente quizas es que diga acá estoy, exhausto, buscando lo que me falta.
No por nada se recetan tanto los ansioliticos y los antidepresivos.
En general solemos mirar el vaso medio vacío, vivimos en un constante estado de insatisfacción. Y de yapa, agotamiento.
Por eso quizás nos cuesta tanto detenernos en el presente, respirar el momento, como dice Calle 13. Y por eso quizás también es que solemos valorar el pasado, cuando ya pasó; porque nos damos cuenta que finalmente conseguimos eso que estabamos buscando, sólo que ahora estamos buscando otra cosa y esta sí que parece inalcanzable.
Capaz es un poco atrevido, pero yo le cambiaría el concepto a Lacan, diría que sí, que la falta es el motor del deseo, pero también muchas veces es el palo en la rueda que nos impide disfrutar el presente.
No sé, a esta altura no creo que me de bola, pero quizás a alguno le sume mi aporte.
Con qué alguien detenga su marcha, estoy satisfecha.
Bueno, tal vez lo este en el futuro.
Frenemos de a ratos, que mientras corremos lo que se nos va;
es la vida.
PD.
Todavía sigo lavando los platos.
QUEMÉ TODO.
Quemé sillas que encontré en la calle que ya habían cumplido su ciclo vital, apuntes de cursos que creía que iba a retomar, quemé libros viejos que había encontrado en una suelta, cancioneros y agendas que vaya a saber por qué guardé.
miércoles, 6 de agosto de 2025
DE REBOBINAR A SCROLLEAR.
En mi familia, solía ser planazo del sábado a la noche, el día más esperado con mis hermanos, porque de postre también solía haber helado. Más allá de la mística de ir al videoclub, de compartir ese momento y pasarse una hora metidos en las contratapas para debatir cual llevar; había algo en ese acto que tenía un gran valor.
Hoy, muchas veces nos pasamos esas dos horas, eligiendo que ver para finalmente no detenernos en ninguna en concreto. O miramos los primeros quince minutos de una película pensando en que otra tal vez podría estar mejor. No entramos a la cancha, no nos metemos de lleno en la experiencia. No hay enganche.
Antes rebobinábamos, hoy scrolleamos.
Si, los tiempos cambiaron y no hay que renegar de los avances. Pero hay algo de las viejas costumbres que estaría piola preservar. Permanecer, elegir, jugársela.
A veces, menos es más.
Y no hablo de películas solamente.
lunes, 7 de julio de 2025
EN CONSTRUCCION.
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| Acá se está escribiendo una historia. |
I.
Le conocí la cara a la soledad en el paraíso. La vi de
frente, invitándome a pasar con amabilidad, en un gesto que parecía advertir un
largo camino.
No era la primera vez que nos cruzábamos, pero si la primera
en hacerle caso. ¿Qué iba a hacer yo en una cabaña alejada del ruido de la
ciudad sino encontrarme conmigo? El día de la mudanza, con todas mis
pertenencias agolpadas en la puerta de entrada, me preparé el mate y me senté
en el pasto a contemplar mi nuevo hogar.
Hogar dulce hogar.
Solía decir que una serie de eventos desafortunados me
habían traído hasta ahí. Cada tanto hay que retirarse del mundo para saber cómo
volver. Y la cabaña se presentaba como el escenario ideal, una casita de
cuentos que más tarde serían escritos.
Tenía dos camas, una de una plaza y otra doble. La grande
fue directo a la habitación, frente al ventanal más pintoresco de la casa. Le
puse mesitas de luz a los costados, un acolchado de plumas y hasta una alfombra
para los pies, convencida de que ahí dormiría.
Pero las primeras noches el comedor, todavía lleno de cajas
y cosas que faltaba ordenar, se me volvió más acogedor. Sin pensarlo demasiado
de ahí en adelante dormí en la cama simple, donde sólo cabía yo.
Ese invierno también conocí el frio, que a la vez me enseñó
sobre el fuego. Llegué a dormir con gorro de lana y guantes y aun así despertar
con los labios pálidos. Así fui aprendiendo a guardar papel y cartón como si se
tratase de un tesoro,
a juntar ramas secas durante las caminatas,
a cortar quebracho para tener reserva.
Quemé apuntes, cartas, cancioneros, sillas que ya habían cumplido
su ciclo vital.
Quemé cosas que lamenté ver arder en intentos desesperados
por avivar la llama.
Aprendí a prever, a mantener el fuego durante el día para combatir
la helada de la noche.
De a poco lo que era el único modo de calefaccionar la casa,
se volvió un ritual. Muchas veces, agachada removiendo las brasas, recordaba a
Tom Hanks en Náufrago, con la diferencia de que yo no le hablaba a una pelota,
sino a las llamas. Porque el fuego pide atención y paciencia, saber cuándo
alimentar y cuando dejar respirar. No se puede apurar. Hay que entenderlo
primero, como a las plantas. Y a medida que vas conociéndolo, aprendes a
contemplarlo, a sacarle mucho más provecho que el calor que irradia.
El fuego es hogar, es abrigo, es alquimia – como dijo mi
psicóloga.
En ese momento, no sabía bien que quería decir, así que la
busque. Tenía que ver con la transformación, con convertir una cosa en otra. Y
me quedo resonando, como quedan dando vueltas las palabras que nos muestran que
estamos en proceso.
Una bisagra, tal vez un antes y un después.
Hay algo que me di cuenta observando como flamean las llamas.
El fuego te invita a pensar; un pensar liviano, reflexivo, presente. Es la
sobremesa con uno mismo.
Una noche se me vino a la mente una frase con tanta fuerza
que tuve que levantarme a buscar un cuaderno, revolví las cajas hasta dar con
uno que recordaba no haber estrenado todavía. Anoté la frase y otras que
aparecieron después, cerré el cuaderno y lo deje cerca del hogar, al alcance de
la mano para cuando fuera necesario.
Acostumbrada a la civilización había perdido el hábito de
escribir a mano y me pareció que era un buen momento para recuperarlo. La única
consigna que me prometí cumplir al respecto fue el curso libre de las ideas,
bajarlas al papel tal como se presentaran en mi mente con el único fin de no
perderlas.
Hubo días que escribí una palabra, otros sólo preguntas y
también alguna ocasión en que mi mano parecía expresarse por sí sola como si no
mediase el pensamiento. Pero la diferencia substancial respecto a lo anterior,
es que esta vez no escribía para los demás, sino para mí, para habitar la
soledad y conocerme.
Un domingo mientras preparaba la cena me di cuenta que había
pasado todo el fin de semana en silencio, aunque aún no pudiese precisar si me
sentía a gusto en soledad o la padecía.
De a poco la cabaña se convirtió en una especie de
trinchera, porque el afuera por ese tiempo me confrontaba con una realidad.
‘’Cuanto más conozco al ser humano, menos lo comprendo’’. Lógicamente, yo era
parte de la paradoja. Porque las personas somos complejas y por ende, los
vínculos también.
Me preguntaba si el padecimiento del ser humano no tenía que
ver en gran medida con el lugar que ocupamos para el otro, si acaso el malestar
subjetivo no suele implicar la mayoría de las veces un conflicto con el otro. En
ese momento me preguntaba por todo, como si se me hubiesen caído los esquemas
que hasta ahí parecían incuestionables. Todo era con signos de interrogación,
como los nenes que preguntan por todo lo que ven y lo que piensan; pero con la
aceptación madura de que no hay certezas.
Y a mí quien me escucha? Doy lo que espero recibir de los
demás?
Pensaba cosas como que quizás el ser humano por naturaleza
es auto-conservativo,
entonces si cada quien cuida su jardín,
su historia,
su dolor,
sus miedos.
Que dos personas puedan encontrarse parecía ser una cuestión de azar.
Pero cuando sucede, suele ser transformador.
Y en esa dicotomía me encontraba.
Entre la auto supervivencia y el plus del encuentro.
Entre un no quiero ver a nadie y un sin embargo lo espero.
Anos atrás había escrito un relato sobre la contradicción
que en esos primeros meses en la cabaña parecía personificar al pie de la
letra. Me sentía escindida en dos partes, una que parecia buscar una y otra vez
la calma, las cosas claras, lo simple y otra que se anclaba en lo complejo, lo
oscuro, lo ambiguo ..
Cuando empezamos a sentirnos a gusto en soledad, hay que
estar atento de no pasarse al otro extremo, porque si, uno se preserva puertas
para adentro pero corre el riesgo de perderse lo que esta afuera.
Curiosamente en esos días me habia topado con ‘’el síndrome
de la cabana’’ un termino postpandemico que hacia referencia al confinamiento y
que yo con ironia tome prestado para la ocasión.
Pase de una ciudad turística con mar a un pueblo rodeado de sierras a tan solo un colectivo de corta distancia. De pronto era frecuente encontrarme una gallina al salir del almacén o dejar la bicicleta sin candado . Me fui dejando llevar por este ritmo mas sereno, volviendo a la pava común, cambiando pantalla ....)





