lunes, 26 de julio de 2021

LAPIZ LABIAL ROJO INTENSO.

“Hoy es perfecto” dijo mirándose al espejo. Se afeitó las patillas y la barba mal crecida del mentón. Al bigote no se había acostumbrado nunca. Decía que le resultaba incómodo, pero era el modo que encontraba de rebelarse ante un rasgo típicamente varonil. Ese día cumplía dieciocho años. Ya había recibido la palmada en la espalda de su papá y las zapatillas Nike que había elegido su mamá. Faltaban minutos para la llegada de sus abuelos y los tíos del campo, junto con los tres más pequeños de la familia. El padre haría sus clásicas pizzas a la parrilla y de postre, el tiramisú de la abuela Gladys. Lo mismo de siempre. Tomás estaba cansado de lo mismo de siempre. Estaba harto de fingir para no incomodar a los demás.
Ya tenía todo pensado. Hacía meses que venía planificándolo como si se tratara de una gran hazaña. Sabía que lo más conveniente era esperar una ocasión en la que se juntaran todos para evitar tener que pasar por lo mismo otra vez. Sospechaba que la primera impresión no iba a ser fácil. Lo mirarían como a un bicho raro, hablarían de él a sus espaldas. Tal vez su papá no volvería a mirarlo a los ojos y su mamá buscaría el modo de apañarlo, aunque tampoco terminara de aceptarlo. Los abuelos probablemente llorarían, para sus tíos sería un desacato y sus primitos se lo festejarían como si se tratara de una broma.


Nada lo hacía dudar. Esa noche dejaría de ser Tomás.

Se lavó la cara. Del neceser de su mamá sacó la base, el rímel y el rubor. Con las yemas de sus dedos se aplicó la base, dando golpecitos suaves sobre sus mejillas. Se curvó las pestañas como había visto en tutoriales y reavivó sus pómulos coloreándolos. Buscó de su mochila las cosas que había comprado el día anterior. Una peluca rubia ondulada y un lápiz labial rojo intenso. Supo desde siempre de qué color pintaría sus labios en esa oportunidad. Se sonrió al verse femenino.

Fue a su habitación y levantó el colchón. Allí tenía escondido su vestuario hace meses. Una remera de chiffon aleopardada y una mini de cuero engomado. Del placard sacó una caja cerrada con candado donde guardaba unas bucaneras negras y un corpiño push up. Todo lo había comprado en la feria americana más próxima a su casa.

Primero se quitó el sweater verde oscuro y la chomba del Saint Julles que lo hacía ver semejante a sus compañeros de quinta segunda; rellenó el corpiño con algodón para darle más volumen y ajustó los breteles a su medida. No había sido un problema conseguir prendas de su talla, su contextura mediana lo favorecía. Después se bajó los pantalones color gris pardo que tanto odiaba. Para disimular sus genitales, sostuvo los testículos en su lugar con una mano y con la otra, tiro cuidadosamente del pene hacia abajo y atrás en dirección al espacio entre las nalgas. Tal como había leído en internet.

Finalmente se vistió, se calzó las bucaneras y se puso la peluca. Desde la planta alta, podía escuchar la llegada de las visitas. Por los gritos dedujo que ya estaban sus tíos con los nenes. Siempre eran los últimos, porque les llevaba tiempo bañarlos y vestirlos. Volvió al baño, se paró sobre el inodoro para verse mejor la parte inferior. La altura de las botas cubría buena parte del vello de sus piernas. Le hubiese gustado usar tacos, pero aún no se sentía a gusto con sus gemelos, que creía demasiado toscos para su pretensión. Con el tiempo iría puliendo esos detalles. No era algo que resolvería esa noche.

Esperó al aviso para bajar a cenar. Su madre siempre rezongaba por lo mismo. Él se encerraba en su habitación con los auriculares y ella tenía que estar a los gritos. Tomás, Tomás, baja que se enfría. Tomás, Tomás, te estamos esperando. Temió que subieran los nenes y sean los primeros en verlo. No era así como él quería que suceda. La reacción de los chiquitos le era indiferente, pero no quería que un descuido arruine su plan. Se miró al espejo y con el lápiz labial dio el toque final. Sus labios eran finos, pero el rojo intenso los hacia parecer carnosos. Era tal como se había imaginado, cada paso pensado con precisión. Estoy hermosa, se dijo en voz alta. Apagó la luz del baño, respiró hondo y comenzó a bajar las escaleras. Exageró sus pisadas, apoyando con fuerza el taco de las bucaneras, reafirmando su decisión. Los nenes ya estaban peleándose. Sus abuelas intentando llamarles la atención. Su papá daba cátedra de malbec. Desde el último escalón podía verlos a todos, sentados en la mesa. Esperándolo. Esperándola.

Hola, dijo.

Los que estaban de frente, levantaron la vista. Su papá al verla, escupió el sorbo de vino. Los que estaban de espaldas, se voltearon para ver qué era lo que estaba pasando.

Hola, volvió a decir, sin que se le tiemble la voz. A partir de hoy, llámenme Marina.

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