lunes, 7 de julio de 2025

EN CONSTRUCCION.



Acá se está escribiendo una historia. 


I.

Le conocí la cara a la soledad en el paraíso. La vi de frente, invitándome a pasar con amabilidad, en un gesto que parecía advertir un largo camino.

No era la primera vez que nos cruzábamos, pero si la primera en hacerle caso. ¿Qué iba a hacer yo en una cabaña alejada del ruido de la ciudad sino encontrarme conmigo? El día de la mudanza, con todas mis pertenencias agolpadas en la puerta de entrada, me preparé el mate y me senté en el pasto a contemplar mi nuevo hogar.

Hogar dulce hogar.

Solía decir que una serie de eventos desafortunados me habían traído hasta ahí. Cada tanto hay que retirarse del mundo para saber cómo volver. Y la cabaña se presentaba como el escenario ideal, una casita de cuentos que más tarde serían escritos. 

Tenía dos camas, una de una plaza y otra doble. La grande fue directo a la habitación, frente al ventanal más pintoresco de la casa. Le puse mesitas de luz a los costados, un acolchado de plumas y hasta una alfombra para los pies, convencida de que ahí dormiría.

Pero las primeras noches el comedor, todavía lleno de cajas y cosas que faltaba ordenar, se me volvió más acogedor. Sin pensarlo demasiado de ahí en adelante dormí en la cama simple, donde sólo cabía yo.

Ese invierno también conocí el frio, que a la vez me enseñó sobre el fuego. Llegué a dormir con gorro de lana y guantes y aun así despertar con los labios pálidos. Así fui aprendiendo a guardar papel y cartón como si se tratase de un tesoro,

a juntar ramas secas durante las caminatas,

a cortar quebracho para tener reserva.

Quemé apuntes, cartas, cancioneros, sillas que ya habían cumplido su ciclo vital.

Quemé cosas que lamenté ver arder en intentos desesperados por avivar la llama.

Aprendí a prever, a mantener el fuego durante el día para combatir la helada de la noche.

De a poco lo que era el único modo de calefaccionar la casa, se volvió un ritual. Muchas veces, agachada removiendo las brasas, recordaba a Tom Hanks en Náufrago, con la diferencia de que yo no le hablaba a una pelota, sino a las llamas. Porque el fuego pide atención y paciencia, saber cuándo alimentar y cuando dejar respirar. No se puede apurar. Hay que entenderlo primero, como a las plantas. Y a medida que vas conociéndolo, aprendes a contemplarlo, a sacarle mucho más provecho que el calor que irradia.

El fuego es hogar, es abrigo, es alquimia – como dijo mi psicóloga.

En ese momento, no sabía bien que quería decir, así que la busque. Tenía que ver con la transformación, con convertir una cosa en otra. Y me quedo resonando, como quedan dando vueltas las palabras que nos muestran que estamos en proceso.

Una bisagra, tal vez un antes y un después.

Hay algo que me di cuenta observando como flamean las llamas. El fuego te invita a pensar; un pensar liviano, reflexivo, presente. Es la sobremesa con uno mismo.

Una noche se me vino a la mente una frase con tanta fuerza que tuve que levantarme a buscar un cuaderno, revolví las cajas hasta dar con uno que recordaba no haber estrenado todavía. Anoté la frase y otras que aparecieron después, cerré el cuaderno y lo deje cerca del hogar, al alcance de la mano para cuando fuera necesario. 

Acostumbrada a la civilización había perdido el hábito de escribir a mano y me pareció que era un buen momento para recuperarlo. La única consigna que me prometí cumplir al respecto fue el curso libre de las ideas, bajarlas al papel tal como se presentaran en mi mente con el único fin de no perderlas.

Hubo días que escribí una palabra, otros sólo preguntas y también alguna ocasión en que mi mano parecía expresarse por sí sola como si no mediase el pensamiento. Pero la diferencia substancial respecto a lo anterior, es que esta vez no escribía para los demás, sino para mí, para habitar la soledad y conocerme.

Un domingo mientras preparaba la cena me di cuenta que había pasado todo el fin de semana en silencio, aunque aún no pudiese precisar si me sentía a gusto en soledad o la padecía.

De a poco la cabaña se convirtió en una especie de trinchera, porque el afuera por ese tiempo me confrontaba con una realidad. ‘’Cuanto más conozco al ser humano, menos lo comprendo’’. Lógicamente, yo era parte de la paradoja. Porque las personas somos complejas y por ende, los vínculos también.

Me preguntaba si el padecimiento del ser humano no tenía que ver en gran medida con el lugar que ocupamos para el otro, si acaso el malestar subjetivo no suele implicar la mayoría de las veces un conflicto con el otro. En ese momento me preguntaba por todo, como si se me hubiesen caído los esquemas que hasta ahí parecían incuestionables. Todo era con signos de interrogación, como los nenes que preguntan por todo lo que ven y lo que piensan; pero con la aceptación madura de que no hay certezas.  

Y a mí quien me escucha? Doy lo que espero recibir de los demás?

Pensaba cosas como que quizás el ser humano por naturaleza es auto-conservativo,

entonces si cada quien cuida su jardín,

su historia,

su dolor,

sus miedos.

Que dos personas puedan encontrarse parecía ser una cuestión de azar. 

Pero cuando sucede, suele ser transformador.

Y en esa dicotomía me encontraba.

Entre la auto supervivencia y el plus del encuentro.

Entre un no quiero ver a nadie y un sin embargo lo espero.

Anos atrás había escrito un relato sobre la contradicción que en esos primeros meses en la cabaña parecía personificar al pie de la letra. Me sentía escindida en dos partes, una que parecia buscar una y otra vez la calma, las cosas claras, lo simple y otra que se anclaba en lo complejo, lo oscuro, lo ambiguo ..

Cuando empezamos a sentirnos a gusto en soledad, hay que estar atento de no pasarse al otro extremo, porque si, uno se preserva puertas para adentro pero corre el riesgo de perderse lo que esta afuera.

Curiosamente en esos días me habia topado con ‘’el síndrome de la cabana’’ un termino postpandemico que hacia referencia al confinamiento y que yo con ironia tome prestado para la ocasión.

Pase de una ciudad turística con mar a un pueblo rodeado de sierras a tan solo un colectivo de corta distancia. De pronto era frecuente encontrarme una gallina al salir del almacén o dejar la bicicleta sin candado . Me fui dejando llevar por este ritmo mas sereno, volviendo a la pava común, cambiando pantalla ....)

No hay comentarios:

Publicar un comentario

Ultima entrada:

ESTAMOS TRABAJANDO PARA OFRECERLES UN MEJOR SERVICIO.

Usted puede leer en: