martes, 21 de julio de 2015

Podría haber sido peor.


El tipo labura veinte horas diarias cada temporada de verano. 
Maneja un camión de reparto y se carga al hombro toneladas de provisiones para abastecer sitios poblados de turistas. 
En invierno anda un poco más tranquilo, su jornada laboral se reduce a ocho horas diarias, “lo normal” diría la gente; recordándole así su condición humana y sujeta al ritmo de la sociedad. 
El tipo además es padre, es hijo, es hermano, es amigo. 
Es además y por sobre todas las cosas, un gran artista que tiene una manera perspicaz y distinguida de volver canción todo aquello que a unos cuántos no se les ocurre siquiera pensar. 
El tipo tiene un talento innato. Canta y uno inmediatamente se ubica en sus zapatos. 

Pasito a paso está logrando el reconocimiento que merece. 
A todo pulmón, con todo el sudor, poniéndole el pecho. 
Aun al volante del camión de reparto. 
Aun cargando toneladas de provisiones. 
Aun con los bolsillos flacos. 

El tipo se alquila una casita alejada del centro de la ciudad, lejos del ritmo ensordecedor y agitado de las calles que eligen como paso obligado esos turistas que el mismo abastece bajo treinta grados de temperatura. 
Una casita simplona, en un barrio que tiene como banda sonora el canto de los pajaritos. 
Una casita que él puede pagar, mes a mes. 
Así, sintiéndose como quien diría en su casa, puede mantener viva la inspiración para componer. 

Una noche de julio, llega a su casa junto a su hija y encuentra todo revuelto. 
Ha sido víctima de la delincuencia, una víctima más entre tantas. 
Le han revuelto su intimidad, le han dejado su privacidad patas para arriba. 
Él y su gente se consuela con la muletilla que hoy en día se repite con hipocresía, el tan escuchado “podría haber sido peor”. 
Lo despojaron de lo poco material que el tipo en cuestión necesita para ser feliz. 
Pero con la parsimonia que lo caracteriza, el tipo sigue. 
Esto a él no lo sacude. 
Solo un artista como él, puede ver la crudeza de la realidad que lo rodea desde ese lente. 
No conformes con el botín, al otro día los delincuentes vuelven a entrar a su casa para llevarse finalmente lo poquito de aquello material que habían tenido el gesto de dejar la noche anterior. 
Otra vez su intimidad toqueteada, otra vez el rastro impune del desconocido en el lugar más propio. 

En esta segunda visita, al tipo lo despojan de una guitarra. 
No cualquier guitarra. Aquella que le obsequiaron sus padres a sus siete años, con el mismo sudor que el ahora maneja su camión. Aquella con la cual, acorde tras acorde lograba volver canción todo aquello que a unos cuántos no se les ocurre siquiera pensar. 

Y el tipo sigue. 
Esto a él no lo sacude. 
Pero sí decide, casi sin poder de decisión y aun con la parsimonia que lo caracteriza; irse de su casita, cuál exiliado, cargando aquellas pocas ropas que los delincuentes le dejaron por pura cortesía. 

En cuestión de horas, ese hogar que prometía inspiración, en medio del verde y con pajaritos sonando, deja de ser su hogar. 
Y el tipo tiene que seguir manejando su camión, cargando toneladas de provisiones, abasteciendo sitios poblados de turistas para volver a comprarse una guitarra, que no será esa guitarra de sus siete años con toda su historia tallada en ella, pero sí alguna otra que le permita volver canción todo aquello que a unos cuántos, no se les ocurre siquiera pensar. 


Dedicado a mi hermano.



Felix Fritz, el tipo, mi hermano, tremendo artista.
                      

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