Era sin dudas, una persona sistemática, analítica, disciplinada como pocos.
Su compostura era tan rígida, como lo eran sus hábitos. Parecía inmune al vicio y a la imperfección. Todo aquello que emprendía encerraba un pretexto que lo justificaba sin equívocos. No conocía el sin sentido ni la contradicción. No había manchas en su ropa ni rastro alguno de noches largas en su rostro, no había día que saliera sin antes lustrarse con ahínco los zapatos, ni pelo descuidado que asomara en su barba candado.
No había nada por fuera del marco de los lentes con los que veía a su alrededor.
Su empeño en tenerlo todo calculado, propagaba la envidia de quienes lo admiraban al pasar.
Era un bicho raro, pero no podía negársele su astucia. ¿Cómo podía caminar sin que nada lo distrajera en su andar?
Su recurrente mal de ojo, cada tanto le recordaba que muchos le hundían una mirada celosa a su incansable voluntad.
Pero el, él no se creía dichoso. Quienes lo admiraban no percibían el tormento que le significaba ser un hombre de conducta intachable.
Más bien, adolecía cada estructura que se le imponía como un mandamiento insoslayable. Aborrecía cada día un poco más aquel ritual de manías y mañas, que lo dejaba constreñido entre la inercia y la repetición. No se permitía acto alguno por fuera de una agenda atestada de planes impostergables. No conocía la sorpresa ni el exceso y aquello que parecía asegurarle una vida sin sobresaltos, no hacía más que condenarlo a una existencia apática y cruel.
Sus hábitos rígidos parecían sentenciarlo a ser un hombre crónicamente solitario y ermitaño. Su talante despertaba la atención de unas cuantas mujeres, pero ninguna había logrado desordenarlo tanto como para que él le hiciese un lugar en su rutina.
Un día cualquiera, igual a tantos otros, por algún motivo su despertador no sonó. Se despertó atónito, unas trece horas después de aquel horario programado desde su uso de razón. No entendía como había sucedido algo así, tan libre de causa, tan imprevisto entre tanta previsión organizada con cautela. No podía siquiera improvisar. No sabía cómo ajustarse a la sacudida de una alarma que no había cumplido su única misión.
Estaba desconcertado. No sabía que debía hacer primero, si todo aquello que había dejado pasar mientras dormía sin interrupción o todo aquello que correspondía a la hora inusual en la que había despertado. Se preguntaba si debía desayunar o si debía cenar, si acaso debía salir a trabajar o plancharse la camisa que usaría el día siguiente. Tal era su desbarajuste, que tampoco podía determinar si cepillarse los dientes para dar comienzo al día o cepillarlos como parte de su ceremonial del dormir.
Aun perplejo, miro a su alrededor acostumbrando sus ojos a una extraña oscuridad. Este hombre no conocía el insomnio. Ni así tampoco, en efecto, a los fantasmas que suelen esperar ese resquicio con intenciones de pillar desprevenido al desvelado. Era de noche, a juzgar por la escasa claridad que asomaba desde las rendijas de su ventana.
De pronto, reparo en sus piernas distendidas. Sus hombros livianos, como nunca los había cargado. Experimentó con asombro la laxitud de sus dedos, la soltura al moverlos, de un lado a otro sin escucharlos crepitar. Definitivamente estaba descansado. No recordaba haber tenido un sueño tan profundo en muchos años. Todo su cuerpo parecía regocijarse de aquel reposo concedido de manera accidental. Y allí, a oscuras, aun perplejo, incapaz de saber aún que hacer primero, se sintió libre. Una liberación sin precedentes en su calculada existencia.
Y empezó a reír, a reír a carcajadas. Exageradas, desmedidas. Reía al escucharse el mismo reírse. Le dolían los músculos de la cara, oxidados por su atrofia de larga data.
Decidido a comenzar su día o su noche, de un soplo se levantó de la cama y se burló de la misma, dejándola deshecha. Se quitó el pijama y se dirigió al cesto de ropa sucia, en busca de aquellas prendas más malolientes que encontrara. Puso luego, a lavar su camisa, esquivo al espejo con sarcasmo y salió en pantuflas a comprar comida chatarra en el primer autoservicio que hallara abierto a esas horas de una supuesta madrugada. No miro la hora, más bien opto por deshacerse de todo aquel artefacto que lo sujetara a una planificación. Relojes de pared, de arena, de mano. Despertadores, calendarios, agendas. Todo aquello que hasta entonces lo tenían sometido a la obligación fue a parar a la basura. Su reloj biológico seria ahora, su única medida de tiempo.
Reía, no dejaba de reír. Exageradamente, desmedidamente. Camino unas cuadras, encontró una pizzería iluminada, se pidió una calabresa y la devoro sin culpas en un regreso sin apuro.
A partir de allí, no volvió a ser aquel hombre sistemático, analítico y disciplinado como pocos.
Dejo el empleo que lo tenía condenado a traje y corbata en cuatro paredes del último piso de un edificio de lujo, puso en venta todos aquellos bienes materiales que no hacían más que reforzar su monotonía, reemplazo su automóvil de alta gama por una bicicleta usada, su notebook por lápiz y papel. Y comenzó a escribir. Como si supiera hacerlo. Como si le hubiese dedicado años de entrenamiento a aquella destreza. Escribía cuentos, fabulas, crónicas, relatos, poesía, novelas. No importaba que; cuanto más ficticio fuese lo que escribía, más entusiasmado lo dejaba.
Escribía tanto como reía. Y eso que desde aquella noche, no dejaba de reír.
Al cabo de unos pocos meses, el tipo era otro. Amaba su barba desaliñada y sus zapatos sin pomada camuflándole su paso. Se acostaba a la mañana y amanecía de noche. Dormía con la ropa sudada del día en el sillón. Por las noches se embriagaba con café y desayunaba una copa de vino tinto al levantarse. Se acostaba con mujeres a las que solo le conocía unos pocos lunares y no se indignaba con aquellas que amanecia. Comía sentado en la mesa, con el plato apoyado en su regazo mirando la televisión.
Tal era su afán de no volver a ser el mismo, que sus hábitos rozaban lo absurdo. La sopa la tomaba congelada y calentaba las ensaladas en una cacerola. Escribía cartas que nunca enviaba y respondía cartas que no recibía. Durante el día prendía las luces y por las noches las apagaba. Se duchaba con agua caliente los días calurosos y en invierno disfrutaba un chapuzón bien frio. Se reía con los dramas y se lloraba todas las comedias que veía. Leía libros de fin a principio y vivía conforme a lo que escribía. Sus plantas lucían la maceta de sombrero, al gato lo paseaba con correa y dejaba que el perro se lamiera todo el día. Se quitaba sus lentes al despertar dejándoselos puestos mientras dormía. Guardaba el dinero cuando le sobraba y lo gastaba cuando menos tenía.
Aquellos que bien lo conocían, lo miraban atónitos, con aquel asombro que hasta entonces el desconocía. De un momento a otro, se había convertido en lo que cualquiera calificaría como un bohemio andrajoso, despreocupado e imprevisor. ¿Cómo podía ser que algo lo hubiese distraído en su andar? Ahora lo miraban ya sin admirarlo, como a un bicho raro pero sin astucia.
Sin embargo él; el no dejaba de reír. Hacía rato de su ultimo mal de ojo y no recordaba tampoco lo último que había hecho en su vida con premeditación.
Reía, no dejaba de reír. A carcajadas, exageradas y desmedidas.
Reía mucho más y calculaba mucho menos, a partir de aquel despertador que sonó y sonó y sonó pero por fortuna, el nunca escuchó.
No hay comentarios:
Publicar un comentario