Siendo una niña, fui una tarde a comprar medialunas a una cuadra de mi casa y un hombre estacionado en la esquina, bajo la ventanilla de su auto y me preguntó si quería dar una vuelta. Siendo una niña también, una vez caminaba con mis amigas por calles céntricas y otro hombre, escondido en un pasillo abría el tapado largo que llevaba puesto y nos exhibía gozoso su miembro erecto. En otra oportunidad, caminaba por el costado del cordón hacia la casa de una amiga y otro hombre que manejaba lentamente un duna blanco, se bajó del mismo para tocarme con su mano adulta, mi cola adolescente.
Años después, viajaba una mañana en colectivo por las calles porteñas y otro hombre, bajo el pretexto del amontonamiento de la hora pico, frotaba ligeramente su sexo en mi pierna.
No hace mucho, una mañana calurosa caminaba hacia el trabajo y otro hombre, pasó corriendo y como si se tratara de una acción cotidiana, a paso de trote, me tocó una teta.
Esa tarde, que fui a comprar las medialunas regresé a casa avergonzada por la invitación del desconocido. Como si algo de mi inocencia a flor de piel lo hubiese provocado a el con intención. Nunca se lo conté a mis padres. Temía que se avergonzaran conmigo.
La imagen de un pene enorme, enorme para nuestros dulces catorce años, asomado entre las solapas de un tapado abierto permanece intacta en mi recuerdo. El tipo no nos había tocado un pelo, sin embargo volvimos a casa sintiéndonos manoseadas, vulnerables y expuestas, como el tipo bien supo exponer su perversión.
El tipo del duna se bajo del auto solo para tocarme la cola. Y se volvió a subir y siguió andando como sigue andando la vida.
Y fue a trabajar y pago las cuentas. Y llevo a sus hijas a la escuela, ceno con amigos y se acostó a dormir con su mujer. Y a mi me dejó sintiéndome sucia por andar caminando por la calle con calzas cortas y apretadas.
El tipo que frotaba dichoso su sexo en el colectivo, iba perfumado, bien vestido y acompañado por su hija, que no tendría mas que siete años.
El tipo, que a paso de trote aprovecho para tocar una teta, se fue riéndose y vanagloriándose en su logro, mientras yo le gritaba mi impotencia con insultos vacíos de significación.
Hoy, cuento todo esto casi a modo anecdotico. Ya no me atemoriza ni me avergüenza, ya no queda ni asomo de las sensaciones que las intenciones de cada uno de estos tipos me dejó.
Me acostumbre a andar con remeras o camperas largas que taparan la sugerencia de mi cola.
Me acostumbre a usar un morral hacia atrás que la ocultara.
Me acostumbre a andar refugiada en la música al palo de mis auriculares, ajena a las groserías que algunos hombres te dicen al pasar.
Hoy evito los colectivos porque el amontonamiento me desespera. Hoy me tranquiliza ver que quien conduce el remis que pedí, sea una mujer.
Hoy me acostumbre horriblemente a pensar que el riesgo se corre. Y mas horriblemente, me acostumbre a pensar que hay algunos modos de evitarlo.
Que cerca que estamos todas, niñas, adolescentes, adultas y ancianas, de ser victimas de la cosificacion, del abuso y la violencia. A veces, desgraciadamente llega a los medios como una tragedia ya consumada y fatal. Y moviliza, afortunadamente al menos moviliza a la sociedad y promete aunque sea un poco de justicia y otro poco de concientizacion.
Otras veces, las mujeres la sufrimos en silencio, con hechos aislados, que quedan solapados bajo el pretexto de una calza demasiado apretada, una remera demasiado escotada o una niña con cuerpo de mujer.
No queremos mas. Ni tragedias consumadas que llegan a los medios ni hechos aislados que se guardan en el silencio.
Hoy todos a la marcha por Lucia Perez.
Hoy todos a la marcha por Yazmin Milagros.
hoy todos a la marcha por una sociedad, mas humana y menos atroz.

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