viernes, 27 de enero de 2017

Selfie del siglo XXI.

Esta es la historia de Franco. 
Y es la historia también, del siglo XXI. 


O al menos, de lo poco que va del mismo. Pero yo solo voy a contarles la historia de Franco. 












Franco Innocenti. Un tipo pelotudo, desde el punto de vista de esta historia. 

Y un tipo común, desde el punto de vista del siglo XXI. 

Franco era un laburante. Se pasaba ocho horas diarias en un call center, próximo al Obelisco, atendiendo las quejas más disparatadas sobre fallas en productos adquiridos, de una marca líder en el mercado del cuidado personal, “siempre a la vanguardia en la industria de la belleza y el peinado”, como bien dictaba su slogan. En verdad, cumplía el horario, pero eran contadas las ocasiones en que Franco recibía algún llamado. Más bien, transitaba la jornada acovachado en su puesto de dos por dos, viendo pasar su vida frente a una pantalla plana de diecisiete pulgadas y un sinfín de información innecesaria sobre la vida de los demás. 

Además de un empleo, mediocre para algunos, ideal para otros; Franco tenía 35 años, un departamento, un coche, una novia y una gata. De salud estaba bien, a excepción de una hernia de disco, que cada tanto lo devolvía por días enteros a la cama. 

Tenía amigos, también. No muchos. “Los suficientes para estar bien sostenido”-, solía decir. 

Se podría pensar que Franco tenía todo para ser feliz. 

Sin embargo, en el fondo Franco tenia ciertas inquietudes que parecían acrecentarse con el correr de los años, el avance de la tecnología y las ocho horas diarias que tenía acceso libre y gratuito a las redes sociales.

De la pc al móvil, del móvil a la pc. Podía pasarse horas, con el dedo índice de su mano más hábil deslizándose hacia abajo, los ojos entrecerrados y la boca semiabierta. Con esa expresión en piloto automático, en la que puede pillarse desprevenido a millones de personas hoy, alrededor del globo terráqueo y frente a una pantalla. Mirando sin mirar, como un ex compañero de primaria tuvo mellizos, como una novia de la secundaria exhibe con orgullo una bandera gay, como su tía despotrica con su tío, en pleno muro y en una mayúscula incomoda, como un amigo pasea por el sudeste asiático con la camiseta de Messi, como una mujer, de desconocida procedencia ofrece una recompensa por su pequines perdido.

Fotos, emoticones, videos, estados, noticias, publicidades, grupos, solicitudes, hashtags, recuerdos, me gusta, me encanta, me asombra, me entristece y me enoja. Todo eso, todo junto se le cruzaba a Franco por la cabeza cada vez que, con un clic, se enfrascaba por horas en esa efe de tonos azules y blancos. 

En realidad, lo que Franco no entendía era como podía ser que una persona tuviese dos mil quinientos treinta cuatro amigos. Hacía meses que él solo contaba con cuatrocientos siete. Y si esa cifra descendía, a solas y avergonzado, se tomaba el trabajo de averiguar quién había sido ese amigo que por algún motivo lo había eliminado. Y acto seguido, se tomaba el trabajo también, de enviarle una solicitud de amistad a quienquiera que fuese, para compensar ese amigo perdido. 

Franco nunca había sido un tipo popular. De esos que en la primaria cuentan chistes negros, en la secundaria se ratean y en la puerta de la facu, lucen facheros un cafecito para llevar. 

Él era un perfil bajo, humildon. De capa caída y pocas palabras. 

En su adolescencia, había padecido su timidez en más de una ocasión. Quería ser el ganador del curso, el carilindo con todas las minitas atrás. Pero se pasaba noche y día prendido al jockstick, persiguiendo malhechores en el desierto, matando dragones azules o luchando con una lanza en la Edad media.

A los 27 años conoció a Mariela. Era la prima de una vecina. Se pasaron cinco horas a solas en un ascensor del edificio, que se detuvo por un desperfecto técnico. Franco no tuvo más remedio que hablar. Y las cosas salieron mejor de lo que suponía. Otro vecino escuchó sus gritos desesperados, logró localizar a un técnico, quien llego tres horas y cuarto después del llamado y Franco y Mariela salieron del ascensor, de la mano, despeinados y riendo a carcajadas.

A los 28 años, alquilaron un departamento de dos ambientes en Villa Crespo. Y a los 32, se compraron un monoambiente a seis cuadras de Obelisco, próximo al call center donde Franco dio pie a esta historia.

Él llegaba a su oficina, prendía la pc y daba comienzo a su jornada de RPA. Jornada de revisión de la popularidad ajena. Así llamaba él a su día laboral, pese a que alguna queja por la potencia de un secador de pelo aun lo sorprendía. Además de indignarse ante sujetos con dos mil quinientos treinta y cuatro amigos, Franco se cuestionaba como la foto de un pelotudo con gafas de sol, tomada en el comedor de su casa podía tener doscientos sesenta y cinco me gusta y cuarenta comentarios. O como una treintañera lograba ciento veinte me gusta, dieciocho me encanta y catorce me divierte, sacándose una selfie en el baño de su lugar de trabajo. 

A Franco lo indignaba el reconocimiento infundado, la exacerbación de la imagen, la ordinariez a mansalva, el fariseísmo subrepticio en la reacción del ser humano. En fin. Lo que a Franco le molestaba era no ser él, el pelotudo de la foto con gafas de sol, siquiera la treintañera de la selfie en el baño. 

Franco elegía una fotografía suya (por lo general optaba por una tomada en alguno de sus dos viajes al exterior), la seleccionaba como foto de perfil, agregaba una descripción (por lo general optaba por una estrofa de alguna canción de los Rolling que acompañara el paisaje) y esperaba con ansiedad la reacción de sus cuatrocientos siete amigos. Por lo general, a la mama y a Mariela le encantaban, a unos nueve amigos le gustaba, la tía se entristecía (por lo que suponía que no manejaba bien la red social) y para su sorpresa, una ex se asombraba. 

Salvando algunas excepciones, esta solía ser la reacción de sus contactos frente a sus publicaciones.

Franco empezó a investigar. Supo de las personas que se hacían conocer como influencers. 

UN INFLUENCER ES UNA PERSONA QUE CUENTA CON CIERTA CREDIBILIDAD SOBRE UN TEMA CONCRETO, Y POR SU PRESENCIA E INFLUENCIA EN REDES SOCIALES PUEDE LLEGAR A CONVERTIRSE EN UN PRESCRIPTOR INTERESANTE PARA UNA MARCA.

Supo que las personas influyentes no solo tenían miles de seguidores, sino que cobraban miles de pesos por tenerlos. 

Mas indagaba al respecto, más se indignaba. 

Habia quienes les llovía dinero por portar una cara bonita y hacerla circular y el, ahí metido hace una década, esperando que alguien se dignara a quejarse por una planchita de pelo. 

Franco no tenía una cara bonita, ni siquiera exótica. Él tenía una cara, digamos, común. No tenía grandes habilidades. No sabía cantar, ni tocar un instrumento. Se defendía dibujando. Pero lejos estaba su defensa de llevarlo a la fama. ¿Deportes? Su hernia de disco lo condenaba a limitadas posiciones. La cocina no era lo suyo, tampoco tenía un apellido de renombre, ni un contacto cercano que lo aproximara a ninguna marca. 

Franco no tenía con que ser una persona influyente. Y eso lo entristecía. 

Se pasaba horas stalkeando la vida de influencers, horas mirando publicaciones entre sus contactos, de aquellos que gratuitamente obtenían alguna reacción de los demás. Estudiaba sus movimientos, el modo en que describían diariamente sus estados, podía predecir estadísticamente cual sería el alcance de cada publicación ni bien asomaba en sus muros. Y se le hinchaba la vena cada vez que lo confirmaba. 

A esa altura, ya sabia que en determinadas franjas horarias, las publicaciones tenían mayor repercusión, que tres puntitos el día después, también colaboraba e intuía que exhibir el éxito de las relaciones amorosas causaba tanta sensación como las selfies con la mascota de la casa. 

Un día, Franco pensó que era momento de aplicar sus conocimientos. 

Si él, como Franco Innocenti no lograba el reconocimiento que aspiraba, quizás podría alcanzarlo imitando las publicaciones de quienes ya estaban en el podio. Revisaba el perfil de sus sujetos más estudiados, copiaba y pegaba en su muro sus estados más afamados, emulaba a la perfección sus fotos más comentadas. Tan a la perfección que el parecido lo estremecía. 

Con el correr de los meses, había cambiado su aspecto, sus pilchas, sus gustos musicales, sus expresiones al hablar. Nada de lo que él publicaba como Franco Innocenti en verdad lo identificaba. 

Y por otro lado, Mariela.

Mariela estaba alarmada. 

Veía como aquel hombre con el que dormía hace años iba mutando como un camaleón. 

Ya no la esperaba para cenar, ni veían una película juntos, ni hablaban de política en la sobremesa. En la cama, Franco se había vuelto un ególatra que no se quitaba la vista de encima. Y como si fuera poco, después de coger la atormentaba con la camarita. 

Se pasaba horas en el baño, para terminar viendo su afeitada en una selfie. Y si decía amarla, era a modo de descripción de alguna foto retocada que el compartía para que otros lo vieran. 

Ese era el fin. Que otros lo vean, que lo admiren, que lo envidien, que lo sigan. 

Ya no más flores, ni caminatas, ni una nota con fibron que la sorprendiera a su vuelta. 

Ya no más Franco y Mariela, de la mano, despeinados y riendo a carcajadas.

Así fue que Mariela se hartó. No era más que un holograma en la vida de un perfecto desconocido. No era más que una publicación celebrada en el muro de un infeliz. 

Decidida, revolvió una caja de papeles viejos en busca de una fotografía. Allí se lo veía a Franco, dándole la espalda al Panteón de Agripa. Detrás, una birome azul le recordó la fecha. 

Mayo de 1999, Roma. 

Mariela buscó una lapicera y debajo de la fecha escribió:

Este es el Franco que a mí me enamoró. El Franco al natural.

El Franco cagado hasta las patas del ascensor.

El Franco, sin Facebook.

Eso era suficiente. 

No quería deberle ninguna explicación, ni rogarle nunca más un poco de atención. 

Yo estoy para más”-, decía en voz alta mientras metía a la fuerza sus prendas en una valija. 

Mientras tanto, Franco en su oficina miraba sin mirar las ultimas noticias de sus contactos. Estaba contento. Había logrado aumentar sus amistades un 60% en seis meses. Sus publicaciones definitivamente tenían mayor alcance. Y la última foto publicada había logrado el máximo de reacciones hasta el momento. Ciento trece me gusta, dieciocho me encanta y cuatro me asombra. De a poco Franco alcanzaba el reconocimiento que esperaba. Estaba aún lejos de ser un influencer, pero lejos también de aquel Franco con cuatrocientos siete amigos y una foto de perfil desprestigiada.

Al regresar del trabajo, en el ascensor recordó como había conocido a Mariela. Solía recapitular su relación en ese breve lapso que lo conducía a la puerta de su departamento. 

“Que tipo suertudo”-, pensaba. 

¿Qué probabilidades había de conocer al amor de su vida por un desperfecto técnico?

Ese último interrogante le pareció perfecto como remate de una fotografía juntos. 

Mientras preparaba la ducha, buscaba en su teléfono alguna postal que lo mostrara con Mariela, digna para esa publicación.

¿Qué probabilidades habia de conocer al amor de mi vida por un desperfecto técnico?. Te amo, Marielita. 
Y a un costado, ellos. 
Ellos, para el mundo. 
Congelados en una imagen de extrema felicidad, dichosos de haberse conocido.

Subida la foto, Franco busco a Mariela entre sus contactos para etiquetarla. 
Sabía que cuanto más etiquetas portaba una publicación, mas alcance tenia. 
Era buen augurio. 

Pero Mariela no estaba. 

No figuraba como Mariela Aicaide.

Tampoco como Mari Aicaide. 

Ni como Marielita Aicaide. 

Ni Mari Aica. 

Y Franco empezaba a desesperar. 

Dejó la publicación a medio camino y comenzó a llamarla. 

Mariela no atendía, los mensajes no le llegaban. 

Le habia dado donde más le dolía. Lo habia eliminado de todos lados.

Franco cerró la ducha. Estaba dispuesto a recorrer Capital entera para escuchar los motivos de Mariela. Apagó la luz, sin descuidar la costumbre previa de mirarse al espejo. Ese espejo donde había pasado horas mirándose, sin mirar. Ahí estaba el, reflejo del Franco editado que era y a un costado, pegada con cinta de papel, la foto que lo mostraba de espalda al Panteón de Agripa. 

Ahí estaba el. En una postal difusa por los años, sin pose, sin probabilidades, sin expectativas. Ahí estaba Franco Innocenti, sin pretensión de impresionar a nadie.

Mayo, 1999. Roma.

Este es el Franco que a mí me enamoró. El Franco al natural.

El Franco cagado hasta las patas del ascensor.

El Franco, sin Facebook.

Se le hizo un nudo en la garganta. Su aspiración lo había llevado a perder lo más preciado que tenía.

Se había perdido él mismo. 





Esta es la historia de Franco Innocenti. 

Un tipo pelotudo, desde el punto de vista de esta historia.

Y un tipo común, desde el punto de vista del siglo XXI.


1 comentario:

  1. Mirá adonde nos puede llevar la tecnología!!!!!!!!!!!!! Como siempre: me encantó!!

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