miércoles, 1 de marzo de 2017

Que levante la mano quien no sepa bailar.



No me gusta bailar. O creo que no me sale nada bien. Como sea, lejos está de ser un acto espontáneo, un movimiento que responde naturalmente al compás de la música que suena. Más bien es una actividad atravesada por el pensamiento, la duda, la crítica y finalmente la resignación. Lejos está de la soltura y la destreza que lo promueve.

En realidad, hace rato vengo pensando que se trata de una disposición genética con la que no cuenta ninguno de mi generación y me arriesgo a decir que probablemente esta carencia se extienda en todo el árbol genealógico. No está en nuestros genes, así de sencillo. No estábamos presentes en ese reparto. Y estoy convencida que este déficit tiene consecuencias fatídicas en la vida social de quienes lo portamos. Es sumamente trabajoso explicarle a cualquier competente en la materia, que no bailamos por falta de algún cromosoma que aún no se especificó científicamente. Que nada tiene que ver con nuestras ganas. Es en vano que se nos pida seguir el ritmo, es como pedirle a un afónico que cante y suene lindo. 
Con los años, esto me condujo a una conducta mayormente evitativa. Evite los boliches, las pistas, las fiestas, las personas que aparentaban tener este don a flor de piel. Admito que esto me condujo a una adolescencia de mierda.
Ser mujer y no saber bailar no es una buena combinación a los catorce años, cuando te pesan bien pesados, los mandatos sobre los hombros. En el boom de las fiestas de 15, la matinée y los primeros boliches de noche, quien no sabe mover las cachas, sufre en silencio la torpeza que Dios le dio. Porque el baile une, masifica, vuelve a todos hermanados y uniformes. Y el que no baila, queda por fuera.

Piense un segundo en el meneaito.


Levanta las manos si tu quieres bailar, 
mueve tu pie con ritmo sin parar. 
De izquierda a derecha si tu quieres gozar, 
de derecha a izquierda si tu quieres bailar. 
El nuevo meneaito ponga a todos a cantar.



Siempre me sorprendió el fenómeno extraño que provoca esta canción. Apenas es identificada por los partícipes de una fiesta de cualquier índole, estos se acomodan en el espacio con una organización envidiable, dispuestos en filas, uno detrás del otro, dejando a un lado el género, la orientación sexual y las ideologías políticas que sostengan. Una gran masa homogénea de personas que se mueven de acá para allá, siguiendo determinadas pautas sin oponerse ni rebelarse. Y encima sonríen. Es tremendamente enigmático. El meneaito es una norma social. Y en mi adolescencia me dolía no ser parte de la misma. Tal es así, que ni bien comenzaba a sonar, me venían unas impostergables ganas de mear. Calculaba que el meneaito duraba lo que tardaría en llegar al baño y sofocar mi repentina incontinencia. Siempre volvía a la pista justo para el final.

Pero brinca y salta para ver si tu estas gozando 
¿quien más? 
Pero brinca y salta porque este meneo si es original.

Y reía, como reían todos. 
Ellos porque habían gozado. 
Yo, porque el mayor martirio finalmente había pasado.

Seria hipócrita si culpara al meneaito de mis males en la pubertad. También había otras canciones. En general, mi dificultad en la pista siempre estuvo relacionada con seguir a la masa.


Todos para abajo, 
todos para arriba, 
bien agarraditos, 
manito con manito 
dando un golpesito.

Cuando todos iban para abajo, yo iba para arriba. 
Cuando todos iban para arriba, yo iba para abajo. 
Ni hablar de derecha e izquierda. Menos coordinación que un viaje de egresados. Entonces reía y hacia morisquetas para distraer a los habilidosos. Y decía que yo bailaba a mi manera, que no me gustaban los pasos prefijados. Siempre había algún pelotudo que me agarraba la mano con insistencia y pretendía que lo siga sin chistar. A la primer pisada de pies, le decía que había perdido a mis amigas y me camuflaba con rapidez en el tumulto.

Ya más grande, recurría también al viejo truco del trago firme en la mano. Se entiende que no es sencillo bailar y tomar a la vez, de modo que el vaso resultaba un escudo infalible para superar la noche. 

Y así pase la adolescencia. Evitando, inventando recursos, haciendo payasadas, en el patio, en los baños, en la cola de la barra, en la puerta tomando aire, cuidando las camperas, deseando que la noche termine de una buena vez. Y llegara finalmente el amanecer, junto al pancho con papas pay, recompensandome la farsa.

Ahora, a los treinta, voy al boliche o a la fiesta, pero no bailo ni en pedo. 
Y si alguno me pregunta porque no lo hago, le explico mi teoría de los cromosomas. Y si no le gusta, le piso los pies adrede, sin camuflarme en el tumulto. No suelto mi vaso, ni salgo corriendo a mear.

Lo acepto. Soy así. Sin genes de baile. 

Que levante la mano quien no sepa bailar. 
Y sepan disculpar los habilidosos en la materia, si esto sepulta hoy y para siempre, al mítico meneaito.



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