Hoy voy a hablarles del Universo.
De chiquitos nos hicieron creer que teníamos que mirar para arriba si queríamos saber de qué se trataba. Los adultos nos hablaban del cielo, de estrellas y planetas. Los libros, podían llegar a ofrecernos alguna que otra explicación más sofisticada, hablándonos de satélites, astros, cometas y asteroides.
Yo no entendía nada. Pero iba a la heladería, pedía crema del cielo y sentía que la respuesta estaba en mis manos, al menos por un ratito.
Nos hicieron creer, además, que el Universo lo era todo, con mayúscula. Era el espacio y el tiempo, como si estuviésemos dentro de una burbuja con nombre de tierra y la misma girara robóticamente alrededor del sol, otro cuerpo esférico, que en realidad es una estrella. ¡Una estrella! Y como si fuera poco, todo esto sucede en los límites demarcados por el Universo, que de tan extenso parece infinito, pero no lo es.
En fin. Lo que intento transmitirles es que, pese a toda esta maraña astronómica, el Universo no está tan alejado de nuestros actos. No hay que mirar para arriba, ni pedirse un cuarto de crema del cielo ni tampoco es necesario recurrir a explicaciones científicas. El Universo está a la vuelta de la esquina, quizás no tan literal, claro. Pero basta con creer en él y aparece. Como el genio de Aladino, cuando frota su lámpara mágica.
Desde que tengo esta hipótesis, estoy a la pesca de aquellos hechos que puedan confirmarla. Así he comprobado que en estos tiempos, la gente recurre al Universo de manera descarada. Están quienes depositan en él toda su confianza y permanecen sentados, a la espera de que se alineen los planetas. Están también los presumidos que sostienen que el Universo está en sus manos o conspira a su favor. Y otros que prefieren correr el riesgo de desafiarlo una y otra vez, como si buscaran que el Universo algún día pise el palito, para evaluar las consecuencias.
Como sea, el Universo está, muchachos.
En boca de todos, en el día a día, en las canciones, en las conversaciones existenciales, entre mate y mate, en las redes sociales, plasmado en alguna remera, en agendas o anotadores, grafitteado en alguna pared del barrio. El Universo está y mucho más cerca de lo que nos hicieron creer cuando éramos chiquitos.
¿Cómo es qué le pedimos algo al Universo?
Para simplificarlo, pongamosle que se asemeja al servicio del delivery. Por ejemplo, supóngase el caso de la persona que se antoja con unas empanadas. Primero viene el deseo, después la delimitación del mismo (Entiéndase que no es lo mismo seis empanadas de carne cortada a cuchillo que tres de humita, dos de atún y una de jamón y queso). A esto le sigue el pedido correspondiente y finalmente la satisfacción. Siempre y cuando lo entregado por el delivery sea coincidente con aquello que se deseó.
Suena absurdo, lo sé. Pero este dispositivo aplica también para el Universo.
Por eso es fundamental y aquí viene lo importante y en negrita; uno tiene que ser lo más preciso posible en el pedido que pretende realizar.
Es elemental que el deseo sea claro y específico, de bordes bien delimitados, que no tenga en sí mismo ningún punto de fuga. Debe ser expresado en voz alta o por escrito; preferentemente con pocas palabras, las justas y necesarias para que el Universo sepa comprender el encargo sin lugar a dudas. Porque ante la primera, el Universo manda la que le parece. No llama para consultar. Y uno termina conformándose con lo que trajo.
Es lo que se conoce como es lo que hay.
Y ante todo, sea cauteloso.
No pida por pedir.
Porque después llega la encomienda y hay que hacerle frente.
Todo esto nos lleva a concluir que el Universo nos escucha.
Te escucha.
A todos y a cada uno de nosotros. Llámenlo energía, deseo, buena vibra, destino, fortuna, fe o convicción. Llámenlo como quieran, pero llámenlo con respeto y evitando ambigüedades.
Confía. Si deseas algo, hacelo fuerte y claro.
Tarde o temprano, el Universo se las arreglará de algún modo para complacerte, lo hará a su tiempo quizás, o en cómodas cuotas para que no te atosigues de golpe.
Pero sin dudas, se las arreglará.
Tal como se las arregló el genio de Aladino o el servicio del delivery.
Después no digan que no les avise.
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