miércoles, 12 de julio de 2017

Huele a rosas en la sala de espera.


Se miró al espejo. 


Rímel en las pestañas, sombra en los parpados, rubor en sus mejillas. Se humedeció los labios, que luego pintaría de color borgoña. Con un spray alborotó su cabello, que pese a su paciencia, aun caía a la altura de sus hombros. Se desprendió los primeros tres botones de la camisa, aquellos que hacía unos minutos había decidido dejar abotonados. Anudó en su cuello el pañuelo que más adoraba. Un Louis Vutton de tonos rojizos. 



Volvió los ojos a su reflejo. 

Estaba satisfecha con lo que veía.

Rebecca era una mujer presumida respecto a su belleza. 


Esa mañana había optado por el vestuario prototípico de una secretaria. Si bien ese era su oficio, solía rebuscárselas para no parecerlo. Se presentaba en el consultorio con atuendos inesperados, por el simple hecho de sortear cualquier pronóstico. De modo que vestirse ocasionalmente como secretaria, era igual de imprevisible. 

Subió su falda negra por encima de sus caderas, se calzó sus zapatos de tacón alto, los únicos que escogía para lucir aquella falda.



Miró la hora; a escasos minutos de las nueve, tomó su cartera, un abrigo al pasar, las llaves del departamento, que le recordaron las del coche, y salió. Esplendida. Como quien sale de su casa, después de haber pasado horas dedicadas al espejo. 

Mientras conducía hacia el trabajo, organizaba mentalmente su jornada. Era secretaria de un prestigioso especialista en ginecologia, quien gozaba de una antigüedad que le permitía cierta exquisitez respecto a sus pacientes. Era un sabihondo en su profesión, pero como todo especialista tenía sus mañas. Rebecca se las conocía todas, hacía diez años que trabajaba para él. Le gustaba su empleo, pero debía ingeniárselas para no rendirse al hábito, que tanto se empeñaba en esquivar.

A juzgar por los turnos agendados, podía preveer una mañana tranquila.
La señora Del Valle, vendría por un control. Gutierrez traería unos estudios. Barovero había cancelado el día anterior. Y una paciente nueva, que Rebbeca no recordaba el apellido. Conducía con las primeras letras del mismo en la punta de la lengua. Pero no.
Sería lo primero que averiguaría al llegar.
Si algo no toleraba a sus treinta y ocho años eran aquellas lagunas mentales, cada vez más pronunciadas. Y los años le habían enseñado que parecía recordar los apellidos de los pacientes, solo una vez que les conocía la cara.

Leblanc! Señora Leblanc. “Si lo tenía en la punta de la lengua”; pensó en voz alta Rebbeca, fastidiada con su olvido, pese a la fascinación que tenía por los apellidos franceses. 

Al menos la jornada le ofrecía una novedad. Una paciente a la que no le conocía el rostro.



El doctor aun no había llegado. No se caracterizaba por cumplir los horarios en que ella pactaba los turnos. Rebecca abrió los postigos para disfrutar la llovizna de una mañana otoñal, prendió las luces, el equipo de música y la calefacción. 

A media mañana, el Doctor ya había despachado a la Sra. Del Valle, atendía a Gutierrez y esperaba la llegada de Leblanc. Rebbeca se entretenía mirando páginas de decoración de interiores. 

Cerca de las once, sonó el timbre. Rebbeca sonrió burlona, sospechando que se trataría de la puntualidad de aquella paciente nueva. Leblanc se presentaba del otro lado del portero.

El sonido de los tacos subiendo la escalera le sugirió a Rebbeca que se trataba de una mujer elegante. 


- Buen día, tengo turno a las once con el Doctor.

Rebbeca levantó la vista y quedó atónita. Tenía en frente suyo una mujer bellísima. Esbelta, unos ojos verdes cautivadores, un rostro envidiable, o más bien apetecible, o…Ooh..Hola, buen día. - Tartamudeo Rebecca, sin salir del asombro de su reacción. - Leblanc, cierto?

- Si, llámeme Ananda.

- Bien, Ananda. Permítame su carnet de la obra social, por favor. 

La fecha de nacimiento que figuraba en el carnet dejó en evidencia que la Señora Leblanc llevaba encima unos diez años más que Rebbeca. “Que bien se mantiene”.- pensó, mientras le indicaba que ya podía tomar asiento, que el doctor en breve la atendería. 

Ananda miró la sala de espera. Era suya entera. Tomó una revista farandulera, se quitó el tapado de paño que llevaba puesto y se sentó justo enfrente del escritorio, donde Rebbeca intentaba torpemente recuperar la compostura. 

Ananda ojeaba la revista con indiferencia. Hoja tras hoja, sin detenerse en ninguna primicia. Cada tanto apartaba su vista de los chismes fijándola en Rebbeca, quien no tardaba en percibirlo. La miraba a los ojos, miraba sus pechos, asomados detrás de los primeros botones desprendidos. Le miraba las piernas descubiertas y cruzadas, que lucía debajo del escritorio. 


“Que descarada para mirar”; - pensó Rebbeca a punto de incomodarse. Aunque en el fondo, se sentía halagada.


La sala de espera de un consultorio ginecológico. Ella vestida como secretaria, flamante en su escritorio. Un chill out de fondo sonando sutilmente. Una única paciente esperando su turno, guapísima, clavándole sus ojos sin escrúpulos. 


“Menudo banquete para sus fantasías. Y las de cualquier doctor”; - se dijo para sí misma. 


Rebbeca se encontraba montándose toda una escena cuando el doctor abrió la puerta del consultorio para despedir a la Sra. Gutierrez. Una vez que esta salió, le dio paso a Ananda que ya se disponía a levantarse de la silla.


El doctor la saludo, la hizo pasar y cerró la puerta. Rebbeca quedo allí, sumida en su escena montada, en la soledad de la sala de espera que aun olía al perfume floral de la Sra. Lebland.


Rebbeca deseó por un momento ser quien le indicara a Ananda que se desvistiera. 


“Quítate la blusa, el pantalón y la ropa interior. Ponte esta bata y recuéstate en la camilla”. Podía imaginarla con sus largas piernas extendidas, dejando su sexo al descubierto, expedito para toda intromisión. Deseaba ser ella, quien palpara con sus dedos la intimidad de la Sr. Lebland. Imaginaba que introducía sus dedos, uno a uno, que en cada movimiento exploraba toda su cavidad. La quería paciente, para ella. 

Sospechaba que su sexo también olía a rosas, como aun podía inhalar su rastro reciente en la sala. Quería la punta de su lengua lamiéndola los labios, justo allí donde su olvido había dejado suspendido el apellido Lebland. Rebbeca se excitó, sus fantasías la tenían en una nebulosa. Podía sentir como su mente humedecía el encaje de su ropa más intima. Con el desenfreno de una adolescente, abrió sus piernas y comenzó a tocarse.  Imaginaba a Ananda al desnudo, sentada en su escritorio, desprendiéndole la camisa, quitándole el sostén, acariciando sus pezones, invitándola a coger. 

Rebbeca soltó un gemido, sin que pudiera antes contenerlo. Era la primera vez en diez años que se masturbaba en su horario de trabajo.
Después de todo, alguien como la Sra. Lebland merecía ese honor. 

Todavía recomponiéndose de su agitación, Rebbeca escuchó al doctor despidiendo a Ananda. Después de un saludo afectivo, volvió a cerrar la puerta del consultorio, dejando a la paciente otra vez en aquella sala, que ahora olía a rosas y excitación. 

Ananda se acercó al escritorio. Rebbeca temía que sus mejillas sonrojadas la dejaran en evidencia. Siquiera había recuperado el ritmo natural de su respiración. 


- Dígame, el doctor le prescribió alguna receta?


- Si, debe hacerme esta orden para un estudio. Y esta otra, para esta medicación.
Ananda le entregó las indicaciones del doctor, sin quitarle los ojos de encima. 


- Bien, ya mismo te las preparo.


- Y te pido un turno también.


- Barbaro, a ver, ya te digo que te puedo ofrecer. – Rebbeca tomo la agenda. 

Buscaba nerviosamente el mes siguiente, cuando la Sra. Lebland la interrumpió sujetándola de la muñeca.

- No lo busques en esta agenda. Búscala en la tuya. 
Quiero un turno para invitarte un café.


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