Ayer se casaron dos amigas. Y aunque soy bastante reacia a la cosa protocolar, al evento, los votos, el cotillón y toda la parafernalia, vi en ellas lo genuino.
Ese amor que se elije, que se dice a viva voz, que se transmite con la mirada.
Ese amor que amerita un buen festejo, que sabe de imperfecciones pero también de complicidad.
Creo en el amor para toda la vida, no ese que se firma de acá para adelante, sino el que se construye, casi sin planearlo. El amor para toda la vida debería mirarse en retrospectiva, para ganarse así ese título ambicioso.
Creo también, en los amores fugaces, en el amor a distancia, en el amor más allá del sexo y del género, más allá de la edad y de la lengua.
Creo incluso en el poliamor, aunque todavía me deba masticarlo un poco.
Y creo también, que el amor puede mutar, sin por ello darlo por vencido. Y también puede concluir, aunque haya sido hermoso mientras duró.
Creo en el amor en cualquiera de sus formas, si por amor entiendo el dialogo, el respeto, la construcción, el acuerdo, la empatía y la lealtad.
Ah. Y el cuidado.
Y creo por sobre todas las cosas, que el amor empieza por casa, que hay que estar bien a gusto por dentro si se desea recibir visitas.
En fin. Creo en el amor.
Por suerte, todavía creo en el amor.
Y lo sigo celebrando con la copa en alto cada vez que flota en el aire.
Como ayer.
Como en ellas.
(*) Lo dijo Guillermo Cángaro, un tipo que admiro.

No hay comentarios:
Publicar un comentario