Sobre el día que rompí una taza con la mente.
Dos noches atrás, en mi ritual del té en la cama, al mirar la taza pensé en uso le había dado desde el día que una amiga me la regaló. Algo así como uno de esos pensamientos insignificantes, conversaciones con uno mismo, mientras se reproducen los actos más cotidianos.
Si me piden que lo transcriba, fue algo así como como: “Hace bocha que tengo esta taza y es la que más me gusta". Así de fugaz y aparentemente inocente. Sin embargo, de inmediato esa pequeña reflexión fue seguida por otra. “La puta, se me va a romper".
Basta que piense cuanto tiempo hace que aconteció tal o cual cosa, que tengo esto o aquello, para que finalmente en cuestión de días o incluso horas, aquello en lo que pensé; se eche a perder, se rompa, se pierda, me lo roben o se evapore en el aire.
Las veces que habré pinchado la bici solo por pensar que hacía mucho que no la pinchaba.
Claro está, en el medio de un pensamiento y el desenlace fatal, algo sucede. Y eso que sucede, se localiza pura y exclusivamente en la cabeza.
Continuando con la secuencia de la taza, adivinaran entonces que fue lo que sucedió.
Hoy, a media mañana, se me antojó tomar un té. Raro en mí, porque me cuesta horrores traicionar al mate.
Pero hoy, quise un té.
Puse la pava, busqué el saquito, saqué el limón de la heladera, tomé la taza y con la taza sostenida en la mano derecha, mientras la pava comenzaba a dar señales de aterrizaje, noté que el gato no tenía comida. Así fue que, sin pensarlo, me agaché, taza en mano derecha, a llenar con la mano izquierda el tachito de alimento. Me encontraba a unos veinte centímetros del piso, emprendiendo esa pequeña acción, cuando la taza se me cayó.
Más bien, créanme que la dejé caer.
La vi caer.
Se me resbaló torpemente de los dedos, como si no hubiera ningún otro final posible para esa situación.
En esos microsegundos que duró la caída, cual escena de película en cámara lenta miré anonadada a la nada misma e inmediatamente pensé:
“Ya lo sabía”.
Indignada, junte los pedazos de taza, regañándome a mí misma por esa maldita costumbre de andar rompiendo mentalmente las cosas que más quiero.
Si.
Ya sé.
Son cosas materiales.
Era una simple taza.
Había cumplido su ciclo.
Puedo incluso comprar una que se le parezca, si es que acaso no consigo otra idéntica.
Pero el carozo del asunto, va más allá de la taza que se rompió. Es aquello que lo precede, que como dije, encuentra su punto de partida en la mente.
Un sociólogo llamado Merton, al que posiblemente se le hayan roto unas cuantas tazas antes de llegar a alguna conclusión, hablaba de las profecías auto-cumplidas; una especie de predicción que, una vez hecha, es en sí misma la causa de que se haga realidad (…) Una vez que una persona se convence a sí misma de que una situación tiene un cierto significado, y al margen de que realmente lo tenga o no, adecuará su conducta a esa percepción, con consecuencias en el mundo real.
Llevado esto a la secuencia que tomamos como ejemplo, desde el momento en que yo reparé en el hecho de que hacía tiempo que tenía esa taza, ya en esa mínima porción de pensamiento había condenado a la misma a un destino de mierda.
Como si tuviese que romperla para confirmar que el loquito este de Merton tenía razón.
Lo tremendo de esto es que no solo se aplica a tazas, claro está. Usé ese ejemplo por ser el mismo lo suficientemente sencillo para graficar el asunto. Pero llévelo a su vida cotidiana, a sus experiencias vitales, a sus vínculos, a sus decisiones criticas y piense cuantas veces, las cosas que nos acontecen están atravesadas por este tipo de pensamientos aguafiestas. Sin ir más lejos, hace un tiempo hablaba de las andanzas de los gatos cuando comenté que mi gata nunca se había ido de casa.
Al otro día desapareció.
Cuanto poder tendrá la mente, que atraemos las cosas, situaciones, personas, con solo pensarlas.
Y esto vale tanto para la fortuna como para la fatalidad. Por lo que estaría piola que seamos mas conscientes a la hora de pensar como pensamos.
Ahora bien, las profecias autocumplidas explican porqué muchas veces pasa justo aquello que pensamos que iba a pasar, queda la pregunta de por qué el ser humano, en determinadas situaciones, se dispone a echar a perder precisamente aquello que más quiere.
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