martes, 5 de enero de 2021

EL COLECTIVO FANTASMA.

Fernando está impaciente. O ansioso. O ansioso e impaciente si en algo se diferencian los ansiosos de los impacientes. Levanta los hombros, se toca la nariz, hace esa mueca particular que le sale cuando algo lo altera. Mira el celular. Nueve y cuarto. Tiene tres mensajes nuevos. Un audio de Silvina, su mujer, otro de Pedro, su vecino del quinto y un sticker de Ángel, el hermano. Escucha los audios y abre la conversación de Ángel. Esboza una sonrisa pero cierra el whatsapp sin responderle a ninguno. Vuelve a mirar la hora. Nueve y veintitrés. Guarda el telefono en el bolsillo del morral y vuelve a mostrarse inquieto. Tiene miedo de llegar tarde. Hace meses que espera esta oportunidad. Hace meses que espera cualquier oportunidad.

Sabe que se juega la última con Silvina, que le juro que si no conseguía un trabajo como la gente, a la larga se iba a ir todo a la mierda. Un trabajo como la gente, que es un trabajo como la gente en este pais fundido, piensa Fernando. Está cansado de remarla en dulce de leche, de ser actor y trabajar de mozo, delivery o lavaplatos. Hasta llegó a bancarse un traje de Pepa Pig con cuarenta grados bajo el rayo de sol por seiscientos pesos al día. Nada le sale como él espera. Y entonces se vuelve pesimista, inseguro y renegado. Y así, así sabe que no hace más que echarse tierra encima. Encima Silvina. Fernando piensa todo lo anterior con su mirada fija en un chicle pegoteado en el piso, hasta que levanta la cabeza y por primera vez desde que subió, mira por la ventanilla. Ve el cartel de la esquina, al que solo le queda de pie, el nombre de la calle que corta.

14 de Julio. ¿14 de Julio? ¿Cómo puede ser? ¿Qué me tome?. Fernando recordaba haber subido al 511, pero no recordaba que el 511 cruzara la calle 14 de Julio en algún momento del recorrido. Bueno, en realidad ahora que lo piensa mejor, no frecuentaba esa linea. O si lo hizo alguna vez, fue hace muchos años. Estoy hecho un boludo, protesta y vuelve a mirar la hora. Nueve y cuarenta. La entrevista es a las diez y no tengo puta idea de dónde estoy, comienza a pensar otra vez. Se acuerda de Silvina y se muerde involuntariamente la lengua.También le sucede cuando se altera. El colectivero aumenta la velocidad y sigue derecho, derecho derecho por esa calle que en algún momento cortó 14 de Julio. Va tan rápido ahora, que Fernando no alcanza a entender que dicen los carteles de cada esquina y comienza a sospechar que algo anda mal. Se da cuenta que hace rato que el chofer no frena en ninguna parada. Parece un tren fantasma, piensa mientras se da vuelta a mirar a los otros pasajeros. Son cinco en total. Dos hombres de mediana edad, una mujer anciana, otra adolescente y él. Fernando los observa, uno por uno.

No parecen inquietarse con esto que él si nota. La piba no suelta el celular, piensa. Y la vieja esta no sabe ni donde vive, agrega. Los hombres miran hacia afuera, pero no se los ve preocupados, ni por el recorrido ni por la velocidad. Quiero fumarme un pucho ya, dice sin querer en voz alta. Necesito bajarme de este colectivo de mierda, la puta que lo parió, descarga en un grito que suelta tan involuntariamente como hace minutos se mordía la lengua.

Los otros cuatro no dudan en mirarlo. Lo escuchó hasta la adolescente, que llevaba sus auriculares puestos. Todos lo miran, se miran entre ellos, pero nadie dice nada y vuelven a sus cosas. ¿Nadie más nota que este pibe no freno nunca en todo el recorrido? ¿Me estoy volviendo loco? A ver. A Fernando la situación lo supera y se levanta del asiento de un salto.

No se aguanta más ahi sentado y sin reaccionar.

- A ver, gente, puede que yo este apurado y tenga los huevos al plato, pero ¿este colectivo para en algun momento o estamos todos yendo a la casa del chabon?

Nadie le responde.

Tampoco levantan la mirada.

El colectivo sigue a toda velocidad, por esa calle que Fernando nunca alcanza a leer.

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