Jorge Isaias era un hombre muy previsor.
La historia de sus antepasados le hacía suponer que la fatalidad era su destino y por eso día a día, con empeño, se proponía evitar su propia tragedia. Sabía que por obra de la naturaleza llegaría su momento, pero por justicia a la muerte cruel y accidental de su padre, de su abuelo y su tatarabuelo, haría lo imposible por ser él quien rompiese tal condena familiar.
Acerca de su bisabuelo, nunca nadie supo contarle la causa del deceso, pero Jorge sospechaba que no había logrado librarse del infortunio que los acechaba. Tal vez había sido atropellado por una carreta, pensaba.
O se quebró la cadera al podar un árbol.
O se prendió fuego en soledad.
Tantos desenlaces posibles. En el fondo a Jorge era poco lo que le interesaba su bisabuelo, dado que lógicamente no lo había tratado, solo buscaba asegurarse que contaba con suficientes evidencias que confirmaran su premisa.
Por circunstancias de diversa índole, Jorge entendía que las múltiples formas de fallecimiento cruel o accidental, variaban en función del contexto sociocultural, económico y político,en el que acontecían. Pensaba que no era lo mismo morir en 1870, fecha en que el impacto de un rayo arrastró a su tatarabuelo a la tumba, qué morir hoy, en el 2013. Eso lo estresaba a Jorge, porque había factores que él, por más previsor que fuese, no podría nunca controlar. De todas maneras, salía de su casa solo cuando era estrictamente necesario y cuando lo hacía, salía preparado para la guerra, armado para enfrentar cualquier calamidad.
En su mochila, de esas enormes que llevan los trotamundos en sus aventuras, llevaba un botiquín de primeros auxilios, certificado y con cada producto en fecha y en perfectas condiciones. Vendas, gasas, algodón, sueros, desinfectante, curitas, cinta de papel. Y medicamentos, en mayor medida, calmantes, por si sufría una caída o una quemadura. Sin dudas, también llevaba consigo comprimidos para el dolor de cabeza, los cólicos, infecciones, estado gripal y acidez estomacal, pese a que reconocia que no eran estas, dolencias que fuesen a provocarle una muerte inmediata.
Pero pueden cooperar, pensaba.
Y como decían las abuelas, más vale prevenir que curar.
Papel higiénico no debía faltar, dos o tres pares de medias y calzoncillos limpios, una cantimplora con agua fría, otra con agua caliente, navaja, gas pimienta y cuatro o cinco encendedores, porque sabía que siempre que lo necesita, es difícil encontrarlo.
Y podía sacarlo de un apuro.
El mismo pretexto justificaba que cargase también con un destornillador, clavos, tornillos y tarugos, un martillo y dos pinzas. Tres metros de red, arrollados en un palo de amasar y un ladrillo, por si debía partírselo a alguien por la cabeza.
No era un hombre violento pero su hipótesis lo había conducido a tomar clases de taekwondo y boxeo, por si debía defenderse de algún animal salvaje o algún ladrón. También llevaba una cartuchera sencilla, con los útiles básicos que puede portar cualquier niño y un cuaderno, porque con cierta probabilidad debería escribir una nota de despedida, solo si el destino le dejaba unos minutos para hacerlo. Una flauta, para distraer a la muerte (no sabía tocarla pero era un instrumento que ocupaba poco espacio), naranjas siempre frescas para mantenerse vitaminado y mate, porque el mate siempre espanta los males.
Había dos cosas que a veces las cargaba y otras tantas le significaban mucho peso y entonces decidía dejarlas; dependiendo esto de su estado anímico:
- Su gato embalsamado, Patricio, que lo había acompañado hasta hace unos meses, muriéndose de simple vejez,
- Un matafuego, por su miedo recurrente a morir calcinado, tal vez como su bisabuelo.
Pese al extremo cuidado y minuciosidad con que había elegido todas sus provisiones para evitar la mayor de las fatalidades, el 12 de Noviembre de 2013 alrededor de las cuatro de la madrugada, Jorge falleció de un ataque al corazón, mientras dormía plácidamente junto al cuerpo duro y frío de Patricio.
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