Basta con frenar y escucharnos. Vivimos mal, vivimos cansados, sin registrar a qué costo nos mantenemos en movimiento. VIvimos a mil, porque sí, a como están las cosas, creemos que no podemos darnos el lujo de frenar si se pretende llegar a algún lado. A veces, ni siquiera sabemos con certeza a dónde queremos llegar, pero igual, seguimos corriendo. Y en el medio nos pasan cosas, le pasan cosas a los que más queremos, que también están corriendo y entonces pareciera que ahí el cuerpo prende las alarmas y en algún momento dice basta.
Basta para mi, basta para todos.
Pero aun así, no aprendemos. Enseguida nos levantamos otra vez y volvemos a correr, aunque nos pesen las piernas, aunque se nos parta la cabeza en mil pedazos, aunque nos duela el pecho; hay que seguir. En la era del rendimiento y el multitasking, la pausa se vive como un obstaculo en el camino; un signo de debilidad, al que no parece posible sacarle provecho alguno. Sigue participando del juego solo quien se exprima hasta la última gota de sudor. Y bajo esa lógica es que percibimos también el paso del tiempo. Cuantas veces decimos "se me pasó volando la semana"; como si los relojes por si solos se apuraran por terminar lo suyo, desentendiendonos totalmente del asunto.
El que vuela acá sos vos, hermano, no el tiempo.
¿Será que en algun punto el ser humano necesita creerse inmortal?
Supongo que de otra manera la vida se tornaría insoportable; pero ese autoengaño que sostenemos y nos sostiene, es lo que nos hace suponer que podemos con todo y con todo a la vez. Así es como en el afán de no perderse nada, paradojicamente el ser humano corre el riesgo de perderse a si mismo, descuidando lo más importante que tiene: su salud, su cuerpo, su vida.
Quizás un buen ejercicio para aplicar en estos tiempos fugaces, sea tener presente que el camino es tan importante como llegar a la meta o aun más, como lo canta Drexler: "amar la trama, más que el desenlace". Que si tu cuerpo te está pidiendo a gritos un respiro, se lo concedas, porque siempre va a ser preferible llegar tarde que nunca haber llegado. Si lo pensamos un poco, no son muchas las situaciones en la vida que ameriten realmente andar apurado, a menos que se viva en modo urgente.
Dale, baja un cambio, disfruta el camino, cuidate.
Quizás un buen ejercicio para aplicar en estos tiempos fugaces, sea tener presente que el camino es tan importante como llegar a la meta o aun más, como lo canta Drexler: "amar la trama, más que el desenlace". Que si tu cuerpo te está pidiendo a gritos un respiro, se lo concedas, porque siempre va a ser preferible llegar tarde que nunca haber llegado. Si lo pensamos un poco, no son muchas las situaciones en la vida que ameriten realmente andar apurado, a menos que se viva en modo urgente.
Dale, baja un cambio, disfruta el camino, cuidate.
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