jueves, 8 de diciembre de 2022

LAS MUDANZAS.



Cada vez que me mudo, me pinta reflexionar.

Es que al menos para mí las mudanzas suponen una gran sacudida en medio de la rutina. Será porque en cada casa que habito, me gusta echar raíces, convertirla en hogar y cuando toca desarmarlo, termino tironeando de las raíces, que con el tiempo se volvieron resistentes. "Es meter historias en cajas" me dijo una amiga. Y como las cosas, hay historias que se pierden, otras que perduran o se resignifican. Ese sabor agridulce de cerrar una puerta para abrir otra, que te lleva a otro barrio, otros almacenes, otras plazas, otras historias que parecen haber estado esperándote en calles que ni siquiera sabías que existían.

Guardo el recuerdo de la última vez que pise cada casa en la que viví. Ese momento en que te volves a ver la casa vacía y haces una especie de rebobinado (si, soy de los 90) en el bocho, como si te llevaras de suvenir un casete con los recuerdos más significativos que viviste entre esas cuatro paredes.

Todo muy naif, hasta acá.

Pero la posta que es un bardo mudarse. Arrancando por la parte de embalar.

Por lo general quien afronta una mudanza empieza la misma con cierta organización, pensando milimétricamente que cosa entra en cada caja que consiguió, hasta que en un momento determinado, llegando al día crucial, se mezcla el último calzón todavía sucio, con cubiertos, la cera de depilar y un frasco de arroz yamaní.

A esa altura ya no importa nada.

No hay etiqueta que valga.

Hay que mudarse.

Creo que no sería mudanza si no se reconociera la existencia de una caja random, que puede llamársele chucherías donde se guardan cosas que se transportan de casa en casa, sin tener ninguna utilidad. Incluso muchas veces sucede que la caja ni se abre, solo se archiva en el placard a la espera de un próximo movimiento.

El flete. Que fenómeno extraño. Todavía no me entra en la cabeza como meten una casa en una camioneta con acoplado. Se siente como cuando volves de la verdulería con cuatro bolsas de acelga y al hervirla, te entra en una mano. Como hacen, no sé. Pero lo logran. Uno mientras tanto se va colgando de los brazos lo que puede cual arbolito de navidad para que el trámite sea más rápido y más barato, custodiando a la par que los fleteros no se olviden de tratar con cariño a cada caja que dice bien grande "frágil" con fibrón negro.

Tener animales puede volver la mudanza una travesía. Los perros no paran de ladrar, parece que preguntan con aullidos porqué su hogar se vacía poco a poco. La jaula en la que transportas el gato no entra en ningún lado y de yapa, se mea por el estrés de estar encerrado en el medio del caos.

No sé qué es más desesperante, sacar las cosas de la casa que dejas o apilarlas en la entrada de la casa a la que te mudas.

Después pasa que despedís al fletero y terminas abriendo con desesperación todas las cajas en busca de lo único urgente en ese momento; la pava, porque no hay cosa más necesaria que tomarse un mate antes de arrancar, lo que sea que arranques. Esa costumbre bien argenta de suponer que un par de yuyos puede resolverlo todo.

Pero no. Todavía te falta surfear la cúspide de la ola.

Hay un momento particular en la mudanza que miras alrededor y ves la base de la cama en la cocina, el colchón tapándote la ventana, el gato maullando como loco todavía en la jaula, las cajas frágiles resistiendo el peso de veinte bolsas de consorcio llenas de ropa, que de a poco tendrás que ir lavando, aunque el lavarropas pesa un huevo y te quedó al final del pasillo porque fue lo primero que bajaron, entonces empezas a buscar las cosas del baño, porque te parece que por ahí se empieza, agarras el shampoo, el papel higiénico, los cepillos de dientes, pensas donde habrá quedado esa cajita donde guarde todo lo demás, sin recordar tampoco que será todo lo demás, mientras pasas por encima de las cajas ya abiertas y revueltas de cuando buscaste la pava con desesperación, pero ni bien prendes la luz, notas que todavía hay rastro de los inquilinos anteriores y ahí te ves, en el medio de un tsunami que dice ser tu nuevo hogar, limpiando un inodoro todavía ajeno. ¿Cómo no vas a querer salir corriendo?

Con los días te vas dando cuenta que no era tan terrible, de a poco las cajas se van vaciando, los muebles encuentran su lugar, los animales se adaptan, la casa se ventila y va tomando forma. Solo resta esperar que venga tu hermano con su amoladora una vez más, a colgar el perchero, el espejo, la biblioteca y un par de cuadritos para así finalmente respirar profundo y sentirte en casa.

Home

sweet

home.

Hasta que te toca la puerta el nuevo vecino.

Pero eso ya es un capítulo aparte.

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