Estábamos en el entretiempo, en el medio del sin sabor de un cero a cero, tibio como el agua que había quedado en el termo. Mezcla de esperanza y amargura, esa cosa del argento de querer salvar a su país en una cancha. Querés más mate me preguntaste, mientras yo sin responder, me sentaba arriba tuyo y estiraba los brazos como el diez en el ochenta y seis logró tocar el cielo con la mano. Nací en el año de La mano de Dios, pensé con la vista clavada en el ángulo del techo. Salí al mundo, apenas cinco meses después del último mundial que ganamos. ¿Lo habré festejado en la panza de mi vieja? ¿Se habrá gritado el gol de la victoria lo suficientemente fuerte como para que yo ahí adentro lo escuche?. Porque de algún lado tiene que haber salido mi hambre de triunfo.
En eso estaba cuando bajé la cabeza y te miré a los ojos. Me acordé de Galaxia, un personaje hermoso de Solá, a quien la abuela le decía que en el fondo de sus ojos oscuros se podía ver la infinidad del universo. Puedo ver lo profundo de tus ojos, te dije, sintiendome esa abuela frente a la mirada de Galaxia. Que ves, me preguntaste. Te miré unos segundo en silencio y sonreí con la satisfacción de quien siente que todo va a salir bien. Te vas a cagar de risa si te digo lo que veo. Dale, que ves. Esto va a sonar muy a fiebre mundialista, te aviso, pero veo mi reflejo y así como estoy, con los brazos levantados, veo una copa en tus ojos.
Y no veo solo una, veo dos.
Cuarenta y cinco minutos después, Argentina cerraba un dos a cero, con un primer gol fundamental de la mano del diez.
Creer o reventar.
Como dicen los Piojos, se necesita siempre una pasión. Eso somos los argentinos. Y así nos mantenemos de pie.
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