miércoles, 18 de enero de 2023

BAJO LA SOMBRA DE LA HIGUERA.

 

Elsa tiene ochenta y ocho años y los ojos verde cristalino de tanto llorar. Es que perdió al amor de su vida, se lo llevó en tres días una gripe fuerte, cuenta. Sin embargo, se muestra inmutable, como si una pérdida semejante no tuviese ningún impacto en su cotidianidad, como si la ausencia repentina del hombre que la acompaño durante más de la mitad de su vida, no tuviese efecto alguno. Sigue levantándose con el primer rayo de sol que entra por la ventana, sigue cortando cuatro rodajas de pan de salvado, cuando ella tiene permitido solo dos en el desayuno y sigue sacudiendo el edredón de plumas de pecho de ganso, riéndose por lo bajo porque sabe que a él, donde quiera que esté, lo hace estornudar y acto seguido reniega, como si una cosa se encadenara  a la otra.

Sus hijos, anticipando las consecuencias de la muerte del padre, dos meses después convierten la parte frontal de su casa en un pequeño hogar de ancianos; así mamá no va a enfermar de soledad, se dijeron, temiendo que sus padres fueran uno de esos casos en que el segundo muere de tristeza, tras la perdida del primero.
Pero Elsa a Oscar lo nombra cada vez menos, como si en su partida, él se hubiese llevado los recuerdos de su historia y estos hubieran quedado desperdigados por ahí, vueltos cenizas.
De a poco, para tranquilidad de sus hijos, Elsa comienza a compartir con otros abuelos, no sólo el patio que comunica la parte trasera de la casa con el hogar del frente, sino también la mirada perdida en algun fragmento del pasado que todavía resiste y los mates tibios, que pese a la mala fama, se toman cada media mañana, bajo la sombra de la higuera, asumiendo cada uno en su interior, cierta probabilidad de que sean los últimos.
Por suerte algunas cosas se olvida, dijo su hijo mayor cuando el médico les comunicó que Elsa tenía un principio de demencia que podría comenzar a afectar su autonomía, razón por la cual le indica una serie de ejercicios para mantener activa la memoria. Así, los días de Elsa después de la muerte del amor de su vida, se esfuman entre sopas de letras y crucigramas sin terminar; ante la primer palabra que cree tener en la punta de la lengua, se rinde, suelta la birome y se prepara para salir a hacer las compras. Siempre el mismo recorrido, pese a que el médico le sugirió también que haga alguna pequeña modificación en su rutina, para salir del automatismo y evitar así que se le atrofien más rápido las neuronas. Pero Elsa no está dispuesta a cambiar nada de lo que todavia se acuerda y continúa su itinerario de todas las mañanas, de su casa al almacén de la vuelta, del almacén de la vuelta a la verduleria de la otra cuadra y de la verduleria de la otra cuadra a la carnicería de Beto, que le corta la bola de lomo, como a ella le gusta; así ni tan finita ni tan gruesa, ideal para su milanesa, Doña. Camina lento como asumiendo en cada paso su vejez, un poco por sus tobillos hinchados, otro poco para perder con el transcurso de las horas, la noción del tiempo. Así, con los meses se acostumbra a tostar solo las dos rodajas del pan de salvado que tiene permitidas y abandona el hábito de sonreír cada vez que sacude el edredón.
Los primeros olvidos son inofensivos, nada de todo aquello que fue olvidando en la primer etapa de su enfermedad la perturba demasiado. Aunque sí quedó paralizada frente al hervor de la olla, el primer día que reparó en el hecho de haberse olvidado que es lo que iba a cocinar.
De un momento a otro, las palabras del médico se vuelven más agudas, en cada visita le indica más ejercicios a Elsa y más recomendaciones a sus hijos. Un día recorren hospitales y comisarías hasta encontrarla sentada en el porch de una casa a treinta cuadras de la suya, en la que espera tercamente que una tía a la que nunca nombró, le invite un café. Dos semanas después, su hija del medio tiene que salir volando del trabajo, porque un vecino de Elsa le avisa que su mamá anda caminando desnuda por la vereda en dirección a la avenida, haciendo ademanes extraños con las manos. No reconoce el almacen, tampoco la verduleria ni la carniceria de Beto. Olvida también como hacer las milanesas. A sus nietos, ya no quiere ni verlos, dice que son unos pobres diablos y los saca de la casa a escobazos. Las lagunas se vuelven cada vez más pantanosas, cada vez les lleva más tiempo recordarle como se llama, donde vive y que año es.
Hasta que un día, ya no lo intentan más.
El ultimátum del médico es devastador. 
Déjenla divagar en sus últimos días.
Así Elsa se va de a poco, creyéndose la adolescente que fue en los años cuarenta, confundiendo a sus hijos con sus hermanos, a los abuelos del hogar con los vecinos de adelante de la primer piecita que pudo alquilar y afirmando hasta el último atardecer, que una tía a la que nunca nombró, sigue esperándola para el café. 
Una mañana cualquiera, que a simple vista no parece tener ninguna particularidad, más que el hecho de cumplirse dos años y seis días después de la muerte de su marido, Elsa finalmente toma sus últimos mates tibios, bajo la sombra de la higuera, que creer o reventar, se seca de golpe la mañana que sigue a la noche que se queda dormida para siempre.
Segun lo que relatan sus hijos, en el último tramo de su enfermedad, Elsa estaba convencida que en la higuera, alrededor de las diez, se sentaba a conversar un rato con Oscar.





En honor, un poco a mi abuela, (que dicen que se parecía mucho a mi) y a todos los abuelos que transitan la demencia, a veces como el único camino que encuentran,
para mantenerse vivos.


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