El veintiocho pasado, precisamente, era un día de movimientos laborales, cosa que me tenía expectante y reflexiva.
Soy de las personas que creen que uno tiene que mover las fichas del tablero y no esperar sentado a que eso suceda; pero también creo que muchas veces, en las cosas que nos suceden, hay cierto margen librado al destino. Pasan porque tienen que pasar, como si estuviese escrito en algún lado. Hay situaciones donde hacemos todo lo que está a nuestro alcance y más también; pero llega un punto donde parece que no se puede hacer ya ningún movimiento; ahí, en esa grieta, entre moverse y esperar, me vuelvo un poco espiritual y creo en la energía, de la buena y de la mala, en el poder de mercurio retrógrado, en el karma, en las señales del Universo, en los encuentros que a simple vista parecen fortuitos aunque nada tienen que ver con la casualidad.
En ese mambo astral estaba el mediodía soleado del día veintiocho, mientras intentaba sacar el candado de la bici.
Que calor hace, por favor - escucho que dice una señora, como buscando con quien compartir esa mínima conversación de complicidad que tenemos cuando hablamos del clima. No había llegado a responderle cuando con total impunidad se para al lado mío y arranca un monólogo sobre el cambio climático, la naturaleza, las energías de las personas, los asteroides, la física cuántica y la verdad.
Yo estaba apurada, inquieta, con ganas de subirme a la bici y ponerme los auriculares. Pero ella no parecía nada dispuesta a dejar de hablar. Mientras tanto yo me agachaba y me volvía a parar, porque seguía intentando sacar el candado y a la vez me parecía una falta de respeto seguir intentándolo.
Finalmente me resigné y empecé a escucharla.
Algo de su discurso desordenado me resonaba; parecía de golpe estar hablando más pausado, con intenciones no ya de seguir hablando sola, sino de que haya un feedback entre nosotras. Empezaba a agradarme justo cuando la charla parecía estar llegando a su final; llegamos incluso a despedirnos aunque la señora seguía ahí, como si aun le quedara algo por decirme.
Que linda sos - insiste. ¿Qué haces vos?
Que pregunta difícil'; pienso, aunque no tardo nada en responderle - soy psicóloga.
Ah, me parecía, transmitís algo especial - contesta, agregando que ella escribe y que sabe detectar a quienes tienen la observación más afilada. - Yo no me pongo a hablar con todo el mundo, creo que los encuentros así se dan por algo - dice y sigue hablando.
En ese punto, ya estaba sospechando que por algún motivo, la señora se había acercado a mí y no a otra persona; que toda esa verborragia, aunque por momentos sonara delirante, me resonaba, como si estuviese hablando de todo aquello en lo que venía pensando y escribiendo. Yo asentía, acotaba, y ella seguía diciendo cosas que parecían estar reafirmando mis últimos pensamientos.
Hice un esfuerzo enorme para recordar las cosas que me dijo y como me las dijo, para después intentar llegar a alguna conclusión. Ella seguía. - Hay que agradecer. Así como cuando te atienden, que te dicen gracias, yo les digo, no, gracias a vos por tu atención y los vendedores se sorprenden porque no es lo que se acostumbra hoy, ser amable y agradecer (....) Hay que decirse las cosas, un amigo que no veía hace un montón, el otro día me mandó un mensaje y me dijo "necesito un abrazo" y yo también lo necesitaba -; reflexiona ya con la voz entrecortada.
Y entiendo, entiendo de lo que habla porque yo pienso todos los días en la amistad, en el paso del tiempo, en el destino, en la idea de que hay que hacer y decir las cosas hoy, que estamos vivos; cuando sino?. Probablemente lo que pensamos la gran mayoría de los seres humanos, sólo que rara vez frenamos a confirmarlo con un desconocido.
La señora sigue.
- Quédate tranquila, que sea lo que sea que estés atravesando, te va a ir bien, vas a ver a ver que lo que sea que te preocupe hoy, se va acomodar.
Sus palabras parecían estar llegando en el momento justo, metiéndose con insistencia en esa grieta entre moverme y esperar, en la que me aferro fuerte a las señales y pienso que finalmente estamos donde tenemos que estar.
Y concluye.
- A mi me gusta mucho una frase de un francés que dice "la vida es la suma de todas tus elecciones".
Finalmente, me pregunta el nombre, yo el suyo y nos deseamos suerte. Y se va, dejándome la certeza de que ese veintiocho no fue la excepción.
Si.
Podría pensar que la señora estaba loca, que yo tengo la costumbre de ver la vida como si se tratase de un cuento; pero a esta altura prefiero creer que si un día de cambios, decisiones y finales; una señora frena mi mundo en la vereda durante quince minutos para llenarme de palabras lindas y hacerme sentir que voy por buen camino, que estoy haciendo las cosas bien; es porque todo sucede por algo, porque todo llega en el momento en que tiene que llegar, incluso el encuentro a simple vista fortuito entre dos desconocidas, que nada tiene que ver con la casualidad.
La señora se llamaba Ivonne y era muy coqueta.
Ojalá también tengan la suerte de cruzársela.
No hay comentarios:
Publicar un comentario