Nueve de la noche, abro la heladera pensando qué cenar.
No tengo mucha verdura.
Voy a hacer unas bombas de papa, resuelvo en voz alta.
Mientras me dispongo a pelarlas, escucho un ruidito que no logro identificar.
Pongo las papas al fuego y me distraigo un rato de la cocina.
Al rato vuelvo y veo la hornalla apagada.
La puta madre, se me terminó el tubo.
Bueno, en algun momento iba a pasar, soy hija del rigor.
Peor sería en plena ducha.
En fin.
Pincho las papas. Algunas zafan. Pienso como maquillarlas un poco.
Ya fue, hago arroz en el microondas. Siempre lo hice en la olla.
Será cuestión de googlearlo, hay gente que hace todo en el microondas, pienso
mientras
veo que queda poco arroz.
Será menos de una taza.
Está bien, pienso, siempre sobra.
Lo pongo en un bol, echo sal, un chorro de aceite y el agua hirviendo y lo tapo con film siguiendo las instrucciones como si estuviese haciendo un pollo al disco.
Una vez listo, lo meto.
Algo pasa.
La puerta no cierra.
La puta madre, de vuelta.
Me acuerdo del ruidito.
Era el resorte que traba la puerta del microondas.
Y si la puerta no traba, este aparato por momentos vital, se vuelve totalmente insignificante;
no cumple ninguna función.
Me quedo en silencio.
A esta altura de mercurio retrógrado, ni ganas de quejarme.
Agarro un paquete de criollitas y me siento a comer la papa a medio hacer,
pensando cual sera la moraleja,
mientras la perra
parada en el medio de la cocina
parece preguntarse
como es que todavía
en esta casa
no huele a comida.
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