Hacía tiempo ya que tenía asumido que me gustaban las mujeres. Aquello no había sido nado sencillo, meses y meses de terapia a su servicio.
Un año de sesiones invertidas en reconocerme.
Y otro año quizás invertido en buscar el modo más propicio para hablarlo con quienes creía los adversarios más severos en mi elección.
Mis padres.
Fundamentalmente, mi madre.
En mi casa nunca se habló de sexo.
Mucho menos de homo - sexo.
Mis hermanos y yo parecíamos salidos de un repollo y nuestros padres no manifestaban ningún indicio que contrariara esa hipótesis pueril.
Fue duro al comienzo. Nunca fui ejemplar de mi género.
De niña, mi madre no tardó en comprarme vestidos. De esos con flores, moños y volados, colores pasteles y lazos a la cintura.
Era la nena, finalmente, después de dos varones.
Un rosa, entre tanto celeste.
Una muñeca, entre tantos camiones.
Una Mujercita, entre tantos Pacos.
Tenía muñecas. Muchas. Cada una con su nombre, allí estaban sentaditas en mi cama, sobre la almohada, esperando que les llegue su papel protagónico. Pero ninguna de ellas lograba vencer el entusiasmo de un partido improvisado en el diminuto comedor de mi hogar. Ellas seguían allí en mi cama, mientras yo les quitaba la pelota a mis hermanos y le metía un gol a mi papa.
Nunca supe usar tacos. Ni quise aprender. Admiro a toda mujer que puede mantener sus uñas pintadas. El rímel me pegotea los ojos, los aros colgantes me pesan demasiado.
Vestidos, desterrados. Con los años pude decirle a mama que detestaba los vestidos, las flores, los moños y los volados, los colores pasteles y los lazos a la cintura.
Nunca fui ejemplar de mi género.
Pero pasaron unos cuantos años hasta reconocer que todos aquellos desvíos de la norma tenían alguna relación con mi sexualidad.
Diecinueve años tenía cuando me enamore por primera vez de una mujer. Meses atrás había concluido mi única relación heterosexual. Un noviazgo que insospechadamente duro tres años y medio. Un noviazgo en el que no podía precisar si mi novio era mi novio o un hijo más de mi madre. El afecto y la costumbre le concedieron un tiempo extra de perdurabilidad.
El flechazo de los ojos verdes de aquella primer mujer fueron lo suficientemente consistentes para que inaugurara un sinfín de preguntas existenciales.
Todavía lo recuerdo con la misma vehemencia de aquel día en que la conocí. Se clavaron en mí, sin compasión, dejándome inerme en un acervo de sensaciones sin precedente. Bastaron sus ojos clavándose en los míos, para darme cuenta que nunca antes me había enamorado.
No pude sostener mucho tiempo el engaño autoimpuesto que aseguraba que aquello no era más que una amistad potente, simbiótica y hasta un poco enfermiza.
Éramos amigas, sí. Pero no dejaba de imaginármela en la cama.
Claramente no funciono. Yo estaba aún demasiado verde para hacerle frente a mi elección. Y ella no hacía más que divertirse con la sola idea de haberse ganado el amor de una mujer sexualmente desorientada.
No solo me había enamorado de una mujer. Sino de una mujer, que solo ansiaba complacer su ego corrompido, con mi deseo.
Éramos dos inexpertas jugando a hacer el amor. Yo, por ignorancia. Ella, por desinterés.
Fue en esa decadencia sin aviso, cuando decidí comenzar una terapia.
En mi empeño por atraerle a aquella mujer, me había sometido a cierta exacerbación de mi semblante varonil. Parecía que el paulatino reconocimiento interior de mis elecciones sexuales debía ir escoltado por una extrema manifestación hacia afuera.
Quería dejarlo en evidencia sin necesidad de abrir la boca.
Sesión a sesión fui deshilvanando el nudo que me había llevado a comenzar. Había dejado una adolescencia tardía y resguardada bajo el manto de mi madre para toparme con una juventud convulsionada de la que sola debía hacerme cargo. De algún modo suponía un esfuerzo aceptar que todo aquello se trataba de una elección personal. En el fondo aun deseaba que los encantos de algún varón, cualquiera que fuese, me volvieran a situar en la norma. Era una batalla incesante y abrumadora, entre mi deseo y mi mandato, entre la autoridad de mi madre y mi oposición. Mi posición por fuera de lo impuesto.
Empujada por la obstinación de la psicóloga frente a mí demanda, fui poniéndole palabra a aquel berenjenal existencial que hasta el momento solo manifestaba con pantalones anchos, camisas a cuadros y un abrupto corte de pelo. No encontraba el momento oportuno ni mucho menos el modo apropiado de confesarle a mama que elegía a mi lado alguien que posiblemente vistiera esos vestidos que ella tanto se había empeñado en elegir para mí. No dejaba de verlo como una confesión que por ende evidenciara lo pecaminoso de mi comportamiento.
- “Mama, me gustan las mujeres”
- “Ma, tengo novia”
- “Ma, veni, necesito que hablemos”
- “Ma, hay algo que tengo que contarte”
- “Ma, ¿vos notas algo distinto en mí?”
- “Ma, te presento a mi pareja”
- “¿Qué opinión te merecen las lesbianas?”
- “Mama, soy gay”
Ensayaba mentalmente, una y otra vez posibles declaraciones, que se veían truncadas ni bien cruzaba la puerta de mi casa y me topaba con la cotideaneidad de la misma.
¿Cómo iba a romper con tanta estructura?
Mi necesidad de manifestarlo hacia afuera respondía a mi asfixia por dentro, pero sospechaba que explotar por dentro era aún menos fatídico que poner la bomba afuera.
Mi silencio solo significaba mi ruina. Abrir la boca parecía comprometer a unos cuantos más.
Mejor no hablar de ciertas cosas.
Recuerdo como si hubiese sido ayer la circunstancia precisa que allano el camino para que me dignara a hablar.
Era un almuerzo familiar bien típico de domingo, que incluía la visita excepcional de una de mis cuñadas, quien se caracterizaba por su destreza en meter la pata. Mi madre intentaba dominar la fuente de los fideos con tuco para servir la porción destinada a cada plato, cuando esta propulsora de la incomodidad se dirigió a mí, pero preguntando en voz alta, bien alta, para hacernos a todos participe de su interrogante.
- “¿Esa chica con la que estabas el otro día que te cruce en la calle cuando estaba yo con mi amiga, es lesbiana?, porque me dijo mi amiga que la conoce y me pregunto si vos también lo eras. Yo le dije que no sabía pero que (…)”.
Creo que mi madre perdió el dominio de la fuente. Creo que todos miramos para abajo, como si alguien estuviese avergonzándonos con blasfemias escupidas por un altavoz. Creo que se me hizo un nudo en la garganta o se terminó de desanudar aquel que venía intentando liberar. Creo. Porque ella siguió hablando sin percatarse de las caras pálidas y el silencio sobreentendido de todos y mi mente quedó en blanco.
- “Que ricos están los fideos, ma”. - Dijo mi hermano mayor.
Enseguida todos colaboramos para desentendernos de aquel comentario fuera de contexto.
Acá no pasó nada. Una vez más.
Vuelto el encuadre a su sitio, todos volcamos nuestra atención a los fideos que se enfriaban.
La quería acogotar. Aunque en el fondo agradecía que alguien, por más desbocado que resultase, dijese en voz alta aquello que me envenenaba en silencio.
Tres días después, me aferre a una insignificante amargura propiciada por una compra de un medicamento que no correspondía a aquel que me había sido recetado para el tratamiento de una candidiasis.
Era un ovillo de nervios, sobrepasada por la insistencia de mis hongos vaginales y la tozudez de tantas palabras no dichas. Los hongos no eran más que la expresión fehaciente de aquello que me infectaba por dentro.
No era casualidad que se manifestara en mi zona más íntima.
Entre a casa a moco tendido. Mi madre no tardó en dejar lo que estaba haciendo para ofrecerme asombrada un abrazo de consuelo.
- “¿Qué pasó hija, que te pasa?”
- “No aguanto más, no aguanto más. No te das cuenta mama, que me gustan las mujeres; Que hace tiempo quiero decírtelo y vos no te das cuenta”.
Lloraba con la conjoga de una niña refugiada en los brazos de su madre. Mientras las pocas palabras que yo podía pronunciar y que ella podía entender, entre sus sollozos y los míos, le revelaban sin tapujos que aquella niña ya era una mujer.
Una mujer a quien le gustaban otras mujeres. Y simplemente lo estaba contando.
Era la nena, finalmente, después de dos varones.
Un rosa, entre tanto celeste.
Una muñeca, entre tantos camiones.
Una Mujercita, entre tantos Pacos.
Tenía muñecas. Muchas. Cada una con su nombre, allí estaban sentaditas en mi cama, sobre la almohada, esperando que les llegue su papel protagónico. Pero ninguna de ellas lograba vencer el entusiasmo de un partido improvisado en el diminuto comedor de mi hogar. Ellas seguían allí en mi cama, mientras yo les quitaba la pelota a mis hermanos y le metía un gol a mi papa.
Nunca supe usar tacos. Ni quise aprender. Admiro a toda mujer que puede mantener sus uñas pintadas. El rímel me pegotea los ojos, los aros colgantes me pesan demasiado.
Vestidos, desterrados. Con los años pude decirle a mama que detestaba los vestidos, las flores, los moños y los volados, los colores pasteles y los lazos a la cintura.
Nunca fui ejemplar de mi género.
Pero pasaron unos cuantos años hasta reconocer que todos aquellos desvíos de la norma tenían alguna relación con mi sexualidad.
Diecinueve años tenía cuando me enamore por primera vez de una mujer. Meses atrás había concluido mi única relación heterosexual. Un noviazgo que insospechadamente duro tres años y medio. Un noviazgo en el que no podía precisar si mi novio era mi novio o un hijo más de mi madre. El afecto y la costumbre le concedieron un tiempo extra de perdurabilidad.
El flechazo de los ojos verdes de aquella primer mujer fueron lo suficientemente consistentes para que inaugurara un sinfín de preguntas existenciales.
Todavía lo recuerdo con la misma vehemencia de aquel día en que la conocí. Se clavaron en mí, sin compasión, dejándome inerme en un acervo de sensaciones sin precedente. Bastaron sus ojos clavándose en los míos, para darme cuenta que nunca antes me había enamorado.
No pude sostener mucho tiempo el engaño autoimpuesto que aseguraba que aquello no era más que una amistad potente, simbiótica y hasta un poco enfermiza.
Éramos amigas, sí. Pero no dejaba de imaginármela en la cama.
Claramente no funciono. Yo estaba aún demasiado verde para hacerle frente a mi elección. Y ella no hacía más que divertirse con la sola idea de haberse ganado el amor de una mujer sexualmente desorientada.
No solo me había enamorado de una mujer. Sino de una mujer, que solo ansiaba complacer su ego corrompido, con mi deseo.
Éramos dos inexpertas jugando a hacer el amor. Yo, por ignorancia. Ella, por desinterés.
Fue en esa decadencia sin aviso, cuando decidí comenzar una terapia.
En mi empeño por atraerle a aquella mujer, me había sometido a cierta exacerbación de mi semblante varonil. Parecía que el paulatino reconocimiento interior de mis elecciones sexuales debía ir escoltado por una extrema manifestación hacia afuera.
Quería dejarlo en evidencia sin necesidad de abrir la boca.
Sesión a sesión fui deshilvanando el nudo que me había llevado a comenzar. Había dejado una adolescencia tardía y resguardada bajo el manto de mi madre para toparme con una juventud convulsionada de la que sola debía hacerme cargo. De algún modo suponía un esfuerzo aceptar que todo aquello se trataba de una elección personal. En el fondo aun deseaba que los encantos de algún varón, cualquiera que fuese, me volvieran a situar en la norma. Era una batalla incesante y abrumadora, entre mi deseo y mi mandato, entre la autoridad de mi madre y mi oposición. Mi posición por fuera de lo impuesto.
Empujada por la obstinación de la psicóloga frente a mí demanda, fui poniéndole palabra a aquel berenjenal existencial que hasta el momento solo manifestaba con pantalones anchos, camisas a cuadros y un abrupto corte de pelo. No encontraba el momento oportuno ni mucho menos el modo apropiado de confesarle a mama que elegía a mi lado alguien que posiblemente vistiera esos vestidos que ella tanto se había empeñado en elegir para mí. No dejaba de verlo como una confesión que por ende evidenciara lo pecaminoso de mi comportamiento.
- “Mama, me gustan las mujeres”
- “Ma, tengo novia”
- “Ma, veni, necesito que hablemos”
- “Ma, hay algo que tengo que contarte”
- “Ma, ¿vos notas algo distinto en mí?”
- “Ma, te presento a mi pareja”
- “¿Qué opinión te merecen las lesbianas?”
- “Mama, soy gay”
Ensayaba mentalmente, una y otra vez posibles declaraciones, que se veían truncadas ni bien cruzaba la puerta de mi casa y me topaba con la cotideaneidad de la misma.
¿Cómo iba a romper con tanta estructura?
Mi necesidad de manifestarlo hacia afuera respondía a mi asfixia por dentro, pero sospechaba que explotar por dentro era aún menos fatídico que poner la bomba afuera.
Mi silencio solo significaba mi ruina. Abrir la boca parecía comprometer a unos cuantos más.
Mejor no hablar de ciertas cosas.
Recuerdo como si hubiese sido ayer la circunstancia precisa que allano el camino para que me dignara a hablar.
Era un almuerzo familiar bien típico de domingo, que incluía la visita excepcional de una de mis cuñadas, quien se caracterizaba por su destreza en meter la pata. Mi madre intentaba dominar la fuente de los fideos con tuco para servir la porción destinada a cada plato, cuando esta propulsora de la incomodidad se dirigió a mí, pero preguntando en voz alta, bien alta, para hacernos a todos participe de su interrogante.
- “¿Esa chica con la que estabas el otro día que te cruce en la calle cuando estaba yo con mi amiga, es lesbiana?, porque me dijo mi amiga que la conoce y me pregunto si vos también lo eras. Yo le dije que no sabía pero que (…)”.
Creo que mi madre perdió el dominio de la fuente. Creo que todos miramos para abajo, como si alguien estuviese avergonzándonos con blasfemias escupidas por un altavoz. Creo que se me hizo un nudo en la garganta o se terminó de desanudar aquel que venía intentando liberar. Creo. Porque ella siguió hablando sin percatarse de las caras pálidas y el silencio sobreentendido de todos y mi mente quedó en blanco.
- “Que ricos están los fideos, ma”. - Dijo mi hermano mayor.
Enseguida todos colaboramos para desentendernos de aquel comentario fuera de contexto.
Acá no pasó nada. Una vez más.
Vuelto el encuadre a su sitio, todos volcamos nuestra atención a los fideos que se enfriaban.
La quería acogotar. Aunque en el fondo agradecía que alguien, por más desbocado que resultase, dijese en voz alta aquello que me envenenaba en silencio.
Tres días después, me aferre a una insignificante amargura propiciada por una compra de un medicamento que no correspondía a aquel que me había sido recetado para el tratamiento de una candidiasis.
Era un ovillo de nervios, sobrepasada por la insistencia de mis hongos vaginales y la tozudez de tantas palabras no dichas. Los hongos no eran más que la expresión fehaciente de aquello que me infectaba por dentro.
No era casualidad que se manifestara en mi zona más íntima.
Entre a casa a moco tendido. Mi madre no tardó en dejar lo que estaba haciendo para ofrecerme asombrada un abrazo de consuelo.
- “¿Qué pasó hija, que te pasa?”
- “No aguanto más, no aguanto más. No te das cuenta mama, que me gustan las mujeres; Que hace tiempo quiero decírtelo y vos no te das cuenta”.
Lloraba con la conjoga de una niña refugiada en los brazos de su madre. Mientras las pocas palabras que yo podía pronunciar y que ella podía entender, entre sus sollozos y los míos, le revelaban sin tapujos que aquella niña ya era una mujer.
Una mujer a quien le gustaban otras mujeres. Y simplemente lo estaba contando.
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