Esa mañana se levantó decidido. Si no abría la boca y dejaba salir todo aquello cuanto le quemaba por dentro, su disgusto no tardaría en aparecérsele disfrazado de llaga, de herpes, de tos. Estaba harto de somatizar.
Su cuerpo le estaba pasando factura, sus entrañas le ordenaban que se expresara de una buena vez.
Ni siquiera le exigían una composición determinada a su discurso, simplemente se contentaban con que lo intente.
La noche anterior, había tendido algunas lágrimas impotentes sobre la soledad de su almohada. Se había prometido a si mismo que no pasaría de esa semana, que diría todo aquello que debía decir, a quien debía escucharlo. Que le cantaría las cuarenta, que le pondría los puntos sobre las ies y las cartas sobre la mesa.
El tipo era un buenudo.
De esos que los vivos describen sin objeción; - “un poco bueno, un poco boludo”.
Era un cuarentón, desprovisto de carácter.
Él podía no estar de acuerdo con un punto de vista y enumerar un inventario extenso de contra-argumentos que lo dejaran bien parado, lo que no podía era atestiguarlo.
No podía decir que no.
No podía verse nunca en primer lugar.
Y esa propiedad no hacía más que dejarlo una y otra vez en una posición desventajosa respecto al mundo.
Meses atrás, le había prestado a un ex compañero de trabajo una buena suma de dinero.
Aquel no tardó en percibir su incompetencia para denegar favores y días antes de renunciar al empleo que los vinculaba, le preguntó si por esas casualidades no contaba con unos pesos para sacarlo de un apuro.
El tipo no era de fiar. Siquiera había alimentado su pedido con pretextos. No hizo más que repetirle cuanto podría remediar con su préstamo. Y cuan pronto lo devolvería.
El buenudo accedió. Ni un asomo de vacilación ante la congoja manifiesta de aquel compañero aparentemente en problemas.
Y el ventajista lo abrazó, le dió una palmada animada en la espalda, le dijo cuanto le devolvería el universo por tal gesto desinteresado.
- “Vos, José, te acabas de ganar el cielo”, vaticinó entre otras flores, mientras le anotaba en un papelito rosado el número de cuenta bancaria donde pretendía recibir la transferencia salvadora.
José no estaba seguro.
En realidad dudaba si alguna vez había tenido seguridad en algún orden de su vida. Esa falta de determinación lo había llevado a cometer un error tras otro.
Era mucho el dinero que este hombre pretendía. Y a él tampoco le sobraba, era sostén de familia.
Dos hijos, menores de diez años.
Colegio privado.
Un labrador de mascota.
Vivían en una casita que aún le significaba pagar un crédito.
Una familia de clase media, de esas que se ubican por encima de la canasta básica y por debajo de unas vacaciones en el exterior.
José no estaba seguro.
No lo consultó tampoco con su mujer, sospechaba que la misma no haría más que regañarle su constante falta de límites.
Optó por hacerse el desentendido, quizás unos días bastarían para que el ventajista buscara otra salida y acabara finalmente con esta disyuntiva que lo había dejado paralizado entre la espada y la pared.
Pero no.
El ventajista se lo recordó en cada oportunidad que encontró viable para hacerlo.
Unos días después de aquel pedido inicial, José estaba frente a un cajero automático que le indicaba como hacer la transferencia. Le temblaban las manos mientras la pantalla le preguntaba si el número de cuenta destinataria era correcto.
En lo que tarda un suspiro, había cumplido con la petición desmedida de un oportunista.
Dos semanas después, el ventajista mandó el telegrama de renuncia.
Sus compañeros, sin salirse del asombro, comentaban y aplaudían su decisión. Al parecer, dejaría la empresa telefónica para abrirse una cervecería y atenderla él mismo, con el sudor de su frente arrugada.
José se enojó.
Se enojó con el mismo.
Con su poco carácter.
Con su incapacidad para decir que no.
Le había prestado dinero a un conocido, que le hizo el cuento del tío para terminar vendiendo cerveza tras una barra, cual adolescente emprendedor.
Y él. El había cancelado las vacaciones familiares en el Sur.
Él había puesto en duda la educación paga de sus hijos.
Había recortado cenas en restaurantes, salidas al cine y al teatro.
Y todo esto, sin contarle una palabra de lo sucedido a su mujer. Quien al anoticiarse, no haría más que regañarle su constante falta de límites.
Once meses después, José no había visto ni un centavo de aquella suma, ni mucho menos una devolución del universo.
Ni que decir de un lugar en el cielo.
Lo único que había recibido después del préstamo fue otra palmada animada en la espalda.
Y unas empalagosas palabras de agradecimiento.
Los meses pasaban. Y Jose enfurecía, llenándose de síntomas. Que llaga, que herpes, que tos.
Intentaba comunicarse con él, en cada oportunidad que encontraba viable para hacerlo. Si no se creía en condiciones de hablarle por teléfono, al menos le enviaba un mensaje, recordándole la magnitud del favor concedido.
Faltaba poco para cumplirse un año de aquel episodio desacertado y la cervecería del oportunista parecía estar proporcionándole al mismo un buen ingreso.
Cuando José se encolerizaba demasiado con el asunto, desfilaba en su auto por el frente del bar, que solía encontrar atiborrado de jóvenes embebidos en sus pintas.
Esa mañana decidió que no lo llamaría.
Ni le enviaría un mensaje.
Tampoco desfilaría por la entrada de la cervecería.
Sospechaba que si el tipo laburaba de noche, estaría despertándose cerca del mediodía.
Era momento de tocarle la puerta de su casa y dejarlo expuesto frente a su familia.
José salió del trabajo a la una, fue hasta su casa, estacionó su auto afuera y buscó su bicicleta del garaje.
Cuando algo lo atosigaba, José le hacía frente pedaleando.
Tenía unas cuantas cuadras hasta la casa del ventajista, las suficientes para ensayar una y otra vez aquello que debía decirle ni bien le abriera la puerta.
“(…) ¿Que te pensas, que yo no tengo una familia que sostener? ¿Que mis hijos no comen como los tuyos? Yo no trabajo por amor al arte, no te confundas. ¿Me viste cara de boludo vos?.
Hace casi un año que venís esquivándome, venís pedaleándome como si fuera un ingenuo, no tengo cuarenta y cuatro años al pedo. No vi un centavo del dineral que te presté para sacarte de un apuro y paso todas las noches por el tremendo bar que te montaste y veo como la venís juntando con pala. Eh, eh. Yo tendré cara de bueno y mucha paciencia, pero te estas yendo al carajo, esto termina acá. Me voy a atrincherar a la puerta de tu casa hasta que me devuelvas peso a peso lo que te presté. Por vos, farsante de poca monta, mi familia se pierde las vacaciones en el sur, a mi mujer no puedo invitarle ni una margarita y yo voy a terminar con una ulcera gástrica. Mientras vos servís cer-ve-cita artesanal al ritmo del punchi punchi. Cincuenta años tenes y ni un gramo de decencia (…)”.
Lo había practicado frente al espejo, bajo la ducha, sobre la almohada.
Eso era todo lo que pensaba decirle, sin respiro de por medio.
No iba a darle oportunidad alguna para que el ventajista lo chantajeara con otra palmadita animada en su espalda. Ya no le importaba ni el gesto del universo ni el pedacito de cielo.
Finalmente llegó.
El rostro de José hervía, de transpiración y de ira.
Dejó la bicicleta al costado de la puerta y con el ceño fruncido tocó timbre.
“Ya me va a escuchar este hijo de re mil”; pensó.
A los pocos segundos, el ventajista le abrió la puerta.
Con cara de recién me levanto, un jogging de marca y una remera de alguna banda de heavy metal le dijo;
- Joooosé, que alegría verte! ¿Te trajo el olor a lasagna?
No sabes lo que le sale a la María, es para chuparse los dedos. Justo llegaste, estaba poniendo la mesa. Te contamos, no?
José quedó mudo.
La campechanía de este hombre no hizo más que desencajarlo.
En un soplo, su cabeza había desordenado todo aquello que pensaba decirle.
Y no le salía nada.
Ni una palabra.
Ni un quejido.
Solo lo miraba desorbitado.
Y el oportunista, seguía.
- Veni, pasa. Siempre hay un plato en la mesa para vos. Ah, pero te viniste en bicicleta, todo un atleta resultaste. Dale, dale, no te hagas rogar que no va a salir la María con la fuente.
En unos diez minutos ya está la comida. Ni que supieras a qué hora almorzamos, eh.
El oportunista no se callaba. Le hablaba, codeandolo jocosamente.
Y José accedió.
No podía decir que no.
Y mucho menos recobrar la indignación que lo había conducido hasta esa casa.
“Quizás no sea el mejor momento”; pensó.
- Bueno, acepto. Parece que no puedo perderme esa lasagna.
Almuerzo y me voy eh, que tengo que volver al trabajo.
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