martes, 7 de junio de 2016

Testimonio abierto para mi abuela Josefina.



El domingo pasado fui a ver a mi abuela. Paterna. De raíces alemanas. Con buena mano para la cocina, como todas las abuelas. La que hace los “quibiqueles”, una pasta que se desenvuelve cual rollito de papel higiénico, que solo ella sabe darle el punto justo para agasajar a toda una familia que se agranda cada vez un poco más. 
La abuela, que en su adolescencia tocaba la batería, en una juventud hecha a los golpes en los principios del siglo pasado. 
La abuela Josefina. 
La mama de mi papa. La que compartió una porción enorme de su vida con mi abuelo Eduardo, que en paz descansa. 
Noventa y dos pirulos tiene, que solo se evidencian si uno se sienta a escuchar el sinfín de historias que guarda en su memoria. Una memoria intacta. Y una lucidez admirable que la preserva. 
Esto es lo que se de mi abuela. 
Quizás un tanto más, quizás un tanto menos. 
Admito que la visito poco. 
Hace unos cuantos años vive en la misma ciudad que yo, sin embargo mi régimen de visitas parece haber quedado sujeto a los seiscientos kilómetros que hasta hace un tiempo nos distanciaban. La veo en las fiestas, en algún que otro cumpleaños, en alguna oportunidad que detengo por un rato la vorágine diaria y me digno a visitarla. Y tomamos mate por horas, ella me pregunta por mis cosas y yo le pregunto por las suyas, rastreando anécdotas familiares que han quedado perdidas por ahí. Y finalmente la abrazo, sintiéndola cada vez más diminuta frente a mi contextura cada vez más adulta. 
Y me voy, prometiéndole a ella y a mí misma volver pronto, que sé que esto a ella le hace bien. Y a mí también. 
Y pasan los meses, pasa la vorágine diaria, pasan mis cosas, las suyas y otra vez queda lejos aquella tarde en que recordé lo lindo que se siente tener una abuela y ser una nieta. 
El domingo pasado fui a verla. 
Pero esta vez la visita no fue en su casa. No fue bajo el pretexto de unos cuantos mates. Hace unos quince días su edad le pasó factura, quizás por primera vez. Tuvo un accidente cerebro vascular, que le paralizó medio cuerpo pero dejó su lucidez inalterada. Allí está internada, haciéndole frente a su vejez, con la misma fortaleza con la que encaró cada achaque en su existencia. 
La vejez me entristece. Y si puedo evadirla, mejor. 
Me estremece ese sumiso registro de resignación. Ese bajar los brazos, ante el ciclo esperable de la vida. 

Postergué mi visita unos cuantos días excusándome tal vez bajo argumentos poco válidos. 
Que prefiero guardar la imagen de una abuela haciendo quibiqueles y no postrada. 
Que no somos tan cercanas a fin de cuentas. 
Que el horario de visita. 
Que lo lejos que queda el hospital. 
Que acaso siquiera este despierta. 
Que a mi estas situaciones no me agradan. 
A quien le agradan después de todo. 
Ojos que no ven. Corazón que no siente. Cuanto dejamos de hacer y cuanto dejamos de decir por no exponer nuestro costado más sensible, por no salir de nuestra zona de confort. Quedamos envueltos en la protesta cotidiana, nos quejamos del frio, de los precios, de la malaria. 
Es mucho más sencillo hacerse el pelotudo. 
Nos confinamos en una burbuja individualista de ocupaciones y preocupaciones, impermeabilizándonos ante aquellas circunstancias vitales donde uno debiera frenar y mirar a los costados. Mirar al otro. Mirarse a sí mismo, allí donde uno suele rehuirse. 
Me conmoví cuando me contaron que a una enfermera la llamó por mi nombre. Y ahí dejo de importarme la imagen de una abuela postrada, el horario de visita o que tan lejos quedaba el hospital.
El domingo pasado fui a verla. Desde su internación, tiene días buenos y otros no tan buenos. Precisamente ese domingo era de estos últimos. La habían cambiado de cama y el ajetreo la dejó extenuada. 
Estaba dormida cuando llegué. 
Entre a la habitación creyéndome fuerte. Dura, impasible. 
Me paré al lado de su cama, la llamé. Ella entreabrió los ojos y no dudo en reconocerme. 
“Magali” dijo; de un modo que me hizo suponer que me había estado esperando. 
En ese entreabrir de sus ojos, se me frunció hasta el apellido. 
En ese entreabrir de sus ojos, paso frente a los míos su vida, la de mi papa, la mía. 
La familia, mis raíces, mi historia.
La tomé de la mano y ella me la apretujo fuerte, repitiendo una y otra vez mi nombre, de un modo que afirmé que realmente me había estado esperando. No podía siquiera mirarla, no quería que mi flaqueza agudizara la suya. Y así me quedé unos cuantos minutos, mirando para un costado, paralizada en ese apretón de manos, en ese gesto amoroso, de abuela y de nieta. 
Escribo esto a modo de reflexión. 
Para mí y para todos aquellos que se hacen los duros. 
Los desentendidos. 
Los inexpresivos. 
Los de lagrimal seco. 
Hay cosas que se hacen y se dicen una única vez en la vida. El tren pasa y no sirve de nada arrepentirse o suponer tarde que debió haber sido distinto, cual espectador que mira su vida desde afuera. 
Implicarse, de eso se trata. 
Salirse un ratito de la burbuja egoísta y desarmarse, si es necesario. 
Te quiero abuela, creo haberlo dejado en evidencia en ese apretón de manos. En ese moco tendido. 
Y sino fue así, creo dejarlo claro en este puñado de palabras.

Abuela Josefina, que en paz descanses. 20-06-2017.

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