martes, 10 de julio de 2018

Los insatisfechos de siempre.



Hay otra clase de sujetos en la cual me gustaría detenerme, me arriesgo a decir que los mismos abarcan una buena porción de la sociedad posmoderna. Me refiero a aquellas personas que viven tras lo que no tienen o mejor aún, una vez que alcanzan lo que tanto han anhelado, el logro se les presenta como algo ínfimo e insustancial. Hoy voy a hablarles de los insatisfechos.

De chiquitos, podíamos pasarnos tardes enteras diagramando y construyendo una casita para que allí se desplegara a posteriori una familia de playmovil. Pensábamos que no podía faltar la cocina, el baño, una habitación para los padres, otra para los hijos y un parque. Buscábamos rincones apropiados para que su hogar no corriera ningún riesgo de derrumbe, usábamos cajas y cacharros para darle más dimensión a nuestro propósito. 
Y cuando la casita estaba en condiciones de ser habitada, en el momento preciso en que parecía que podíamos empezar a jugar, sucedía que el juego en realidad había concluido. 
Con los años entendí que el juego justamente consistía en lo que hasta entonces yo daba a llamar los preparativos.

Lo que quiero transmitir con esto, es que muchos crecimos con la idea de que vale más la trama que el desenlace, el recorrido que la meta; el aprendizaje más que el resultado. Lo cual, no es mejor ni peor; pero sucede que los insatisfechos viven saltando de trama en trama, de recorrido en recorrido, de aprendizaje en aprendizaje, sin detenerse un segundo en lo que han obtenido.

El insatisfecho vive atado a una queja crónica, buscándole el pelo al huevo o la quinta pata al gato, aun cuando sabe que no va a dar ni con uno ni con otro. 
Parece correr una maratón donde el punto de llegada se desplaza conforme a sus movimientos. Cuando llega a la meta, el deseo parece desvanecerse delante suyo. E inmediatamente se ve en la necesidad de ir detrás de alguna otra cosa que lo mantenga a trote. 
Sucede que el insatisfecho ve aquello que alcanzo y le parece poco. 
Y le parece poco precisamente, porque lo alcanzó. 
Ese es el carozo del asunto.

Como quien dedica un año en los preparativos de una fiesta y a la hora de festejar, ha perdido la motivación. 
Como quien destina siete años en concluir una carrera y al recibir el título, no tiene puta idea de qué hacer con él. 
Como quien se desvive por conquistar al amor de su vida y cuando lo logra, repentinamente se desenamora.

El insatisfecho quiere más y más y más. 
Su insatisfacción radica precisamente en no dar nunca de cara con la satisfacción.

Sin ánimos de ponerme lacaniana, es inevitable hablar de los insatisfechos sin emitir alguna referencia al deseo y a la falta. 
El deseo es ni más ni menos que el motor de la vida.¿Se entiende? 
Sin deseo, no hay sujeto. 
Piénsese unos segundos sin deseo alguno.

¿A dónde iría a parar?

La primera impresión nos conduce a un vacío absoluto, de solo pensarlo nos estremece. 
Entonces, el ser humano por ser humano indefectiblemente va detrás de aquello que desea.

Ahora, vuelva a pensar otros segundos.

¿Qué es aquello que desea?

¿Se desea lo que ya se tiene o se desea lo que nos falta?

Puede sonar un tanto nefasto, pero en palabras de Lacan es justamente la falta lo que genera el surgimiento del deseo.

Es así como la posición del insatisfecho puede resultarnos más comprensible.

El insatisfecho vive persiguiendo aquello que le falta, como buen sujeto deseante que es. 
No se contenta jamás con lo que tiene, porque si ya lo tiene, no le falta y si no le falta, pues entonces ya no lo desea.

Cuesta un huevo entenderlo. 
Porque es condición sine qua non del individuo, casi que nadie de esta sala sale invicto de esta categoría. Sin ir muy lejos, el consumo plantó sus bases sobre esta teoría y así nos tienen, más o menos renegados, pero presos de un sistema que nos ofrece justo aquello que estábamos deseando, en el mismísimo momento en que nos hace falta.

Ahora bien, no se desanimen, sino estamos situándonos nuevamente en ese vacío absoluto que por segundos fuimos a parar hace un ratito. 
La clave está en aceptar la falta, diría Lacan. 
Simple y llano. 
Se trata de aceptar que no se puede todo en la vida. 
No podés estar acá y allá a la vez, queriendo ser y hacer un poquito de cada cosa y dejando a todos contentos. 
Incluso a vos mismo. 
No podés tener la pareja perfecta, el laburo soñado, la carrera impoluta, la reputación inmaculada. 
No podés estar detrás de cada cosa que deseas, porque no dejarías de estar detrás.

Aceptar la falta supone plantarse por delante y elegir, ante todo. Esto sí, esto no. 
Y asumir, que aquello que se persigue por definición es imperfecto. Siempre faltan cinco para el peso, siempre. 
Hay que aceptarlo sin objeción, como asumimos que el sol sale de día y la luna anticipa la noche. 
No persigas la perfección porque te vas a topar una y otra vez con tu misma cara de amargado, por no haberla alcanzado.

La clave está; y acá dejamos de lado a Lacan, que nos llenó el culo de interrogantes y se fue sin dejarnos unas cuantas respuestas, decíamos, la clave está en disfrutar la trama, sin por ello perder de vista el valor del logro.
El quid de la cuestión está en perseguir aquello (imperfecto, no lo olviden) que deseamos, pudiendo permanecer en la conquista de haberlo conseguido.

Agradece, loco. 
Todo aquello que te rodea, lo obtuviste como buen sujeto deseante que sos. Tomate un mate y contempla tu vida como quien admira un paisaje. 
No corras desesperado tras algún otro propósito, como quien tacha productos de una lista de supermercado. 
No tiene sentido correr ni tachar. Como insatisfecha que soy, les aseguro que el deseo y la falta los acompañaran hasta el último de sus días.

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