viernes, 28 de septiembre de 2018

"Amor, hoy no ceno en casa, tengo una cita"



Hace un tiempo escribí un artículo donde intentaba poner en cuestión el modo tradicional en que construimos el amor romántico, entiéndase este en su clásica versión de pareja monogamica, donde dos se conocen, se atraen, se enamoran e instalan un pacto vincular con ciertas pautas culturalmente implícitas. La monogamia, como bien estamos acostumbrados a practicar, supone una relación basada en la exclusividad sexual, por ende, el ideal de fidelidad, aparece en estos términos como una clausula a respetar por ambas partes. Es un contrato al que uno ingresa muchas veces sin preguntárselo, creyendo probablemente que dicha exclusividad sexual tenga más que ver con una elección personal y no con una norma cultural impuesta hace siglos. 

Ahora bien, este siglo XXI viene en plan de deconstruir viejos paradigmas. Se presenta a los ojos de aquellos que nos cuestionamos todo, como una oportunidad para romper esquemas y pensar otros posibles. Entonces, si no terminas de creerte el cuentito disneylandico de la monogamia, si consideras que hay otros modos posibles de pensar y hacer el amor; la poligamia, el poliamor o la relación abierta o no monogamica consensuada, parecen ofrecerse como distintas ofertas. Que, a fin de cuentas, en la práctica resulta difícil reconocer sus diferencias. 


Casualmente esta semana, la vida privada de Florencia Peña irrumpió en todos los medios, alimentando el debate de sobremesa respecto a la diversidad de relaciones afectivo-sexuales que hoy se presentan como novedad, pese a que probablemente sean más viejas que la escarapela. Poco importa lo que haga Peña en su intimidad, lo interesante es que, por desgracia, muchas veces la farándula aparece como vehículo de la reflexión. Entonces la gente empieza a opinar, a leer, a preguntarse. Y eso es lo interesante. Lo primero que suponen aquellos reacios a salirse de los cánones tradicionales es que “el tipo la cago, entonces ella sale a decir en los medios que está en una relación abierta”. No lo sabe ni usted ni yo, ni tampoco nos interesa. Lo importante acá es que la vida privada de una figura pública, abre la posibilidad de dialogar en la mesa acerca de realidades que tiempo atrás costaba incluso pensarlas. 

¿Y que es todo esto del amor libre? 

Al igual que su contracara, también tiene sus pautas. Creo que no interesa tanto como definir la relación cuando deja de ser monogámica; es decir clavarle necesariamente un titulo; llamesela relación poligamica, abierta, libre, poliamorosa; sino que es lo que pauta cada pareja que llega a un acuerdo; cuales son las bases y condiciones de esa relación que pretende dejar de ser chapada a la antigua. No es un “viva la pepa”, porque finalmente esta modalidad también parece tener como intención conservar a la pareja. Sino podríamos pensar que lo mejor sería la soltería y nos ahorramos todo este discurso. Y posiblemente muchos dolores de cabeza. 

¿Y que es entonces todo esto del amor libre? 

Para hablar hay que informarse, para informarse hay que investigar, para investigar hay que ser permeable. Es fácil suponer que si la monogamia implica exclusividad sexual; la poligamia, rompe la idea de un único partenaire sexual. Suena divino. “Si nos organizamos, cogemos todos” dice un dicho popular. Ahora bien, el proceso de deconstrucción en cualquier esfera, sugiere primero destruir patrones obsoletos para la sociedad actual, para luego construir otros que calcen mejor con la época. En el medio pasan cosas; diría una amiga. En esa transición precisamente estamos los individuos, comiéndonos el coco, pensándonos, registrándonos, reposicionándonos. 

A diferencia de la generación de mis viejos, hoy se piensa en el amor libre, en sus distintas variantes. ¿Pero qué sucede cuando deja de ser debate de sobremesa y se propone llevar al acto, al interior de una pareja? ¿Qué pasa cuando deja de operar en el plano de la fantasía; ahí donde se cree que imaginar al otro con un tercero renueva la química y calienta los motores, para pasar a materializarse en acciones reales y concretas? 

De más está decir, que no hay una manual que indique como ser un buen polígamico. Cada pareja que se lo proponga, establecerá sus propias pautas. La única regla universal parece ser lógicamente, que ambos concuerden en lo establecido. Sino el amor libre va a durar lo que dura un pedo en un canasto. 

Estar en transición entre una idea y otra, entre un esquema y otro, da lugar a muchos interrogantes que parecen encontrar respuesta en la medida que de la teoría se pasa a la práctica. Me pregunto en principio, cuando es que una pareja tradicional empieza a pensar en abrir la relación; ¿Cuándo está más afianzada y alcanzó niveles óptimos de confianza y compromiso o cuando está en la cuerda floja y entonces la poligamia se presenta como una lenta separación adornada? 

Si pensamos que abrir la pareja concede ciertas libertades, entonces damos por sentado que una pareja convencional no las tiene. Y si una pareja convencional conlleva a la perdida de la libertad y así se siente; podríamos preguntarnos si acaso en ese vínculo queda algo de amor. 

Libres somos todos, por seres humanos que somos. No tiene que venir otro a darnos ese permiso. Uno es libre de elegir que hacer, con quien estar, como estar. Se sabe que la libertad termina donde conduce al detrimento del otro. Por eso, son tan importantes las cuentas claras, para delimitar que se tolera y que no, que es lo que se está dispuesto a negociar. 
¿Y que se tolera, y que no? 
¿Abrir la pareja implica ser brutalmente honesto? 
¿Se hace al otro conocedor de las distintas fantasías y experiencias sexuales que se presentan? 

Si no se cuentan, se omite. 

Si se omite, se roza el engaño. 

Si se roza el engaño, entonces se vive como una infidelidad y esto nada tiene que ver con una relación abierta por consenso. E indudablemente, no llegara a buen puerto. 

Contarle al otro pareciera ser más acorde en estos términos. ¿Pero qué se cuenta y qué no? ¿Sería algo así como: “Amor, hoy no ceno en casa, tengo una cita”?. Si es así, parecería que en paralelo es preciso hacerse un curso de manejo de ansiedad, control de impulsos y laburar la diferencia entre celos, posesión e inseguridades propias, así podes cenar tranquilo mientras sabes que tu pareja se está comiendo a otro.

Y podríamos seguir. 

¿Qué pasa cuando de repente hay más ganas de experimentar por fuera de la pareja que al interior de la misma? ¿Cómo compatibilizar el amor libre con las pautas propias de la convivencia, siendo que la misma descansa de algún modo en los cánones de lo convencional?

“El hogar es el hogar, la aventura se tiene por fuera, se vuelve siempre a dormir al lecho de amor, no te vayas a garchar a alguien que conozco, por favor no te enamores, cuidarte es cuidarme”

Y podríamos seguir. 

Hay tantas situaciones, como parejas posibles. 
Cada una adaptará la forma que más le cuadra en función de lo que sienten y necesitan. Mi gran incógnita resulta ser cuánto de todo esto realmente preserva a la pareja y cuanto conduce a su destrucción. A veces resulta tan complejo llegar a acuerdos entre dos, como para pretender además que quedé resto para involucrar a terceros. Que no olvidemos; también son personas y como tales, también tienen sentimientos; por ahí leí hace poco “dejar cadáveres emocionales a nuestro paso no es poliamor, más bien un policonsumo de cuerpos”. Y en mi opinión hay un límite finísimo entre poligamia y poliamor, precisamente porque al enredarse en las sabanas de otro, nadie está exento de enredar también sus sentimientos. 

En fin. Parece que, en este punto, a muchos de los que nos creemos deconstruidos, se nos frunce el culo. Y pese a que no nos cierre del todo el cuentito monogamico, ahí permanecemos. Quizás por temor, quizás por confort, quizás por costumbre, quizás a modo de preservarnos. No está mal mientras tanto seguir haciéndonos la idea. Posiblemente los millenials ya lo están aplicando. Y si les funciona, los aplaudo de pie.

Sea lo que sea que hagamos, que tenga como premisa el respeto. 
Si no hay respeto, entonces dudo que haya algo de amor.

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