viernes, 3 de enero de 2020

De que lado del cajero te encontras.


Anoche fui al cajero a retirar plata. Ni bien ingreso, veo a un costado de la puerta a dos perros, durmiendo uno junto al otro, patas para arriba, con expresión de agradecimiento. Parecía que sonreían, que dormían en paz a sabiendas de estar un rato bajo un techo. Tanto reparé en ellos que recién al levantar la vista vi que detrás de los perros, mejor aún, pegado a los perros, dormía también un hombre, con la misma expresión apaciguada de los canes.
En ese momento se me estrujó el pecho, un poco por compasión, otro poco por tristeza. Porque, aunque no sepa muy bien qué hacer ante esa escena, lo menos que puedo hacer como ser humano que soy es percatarme de ella.
De ellos.
De la gente que duerme en la calle, de los pibes que caminan descalzos, de los perros que buscan refugio y ofrecen compañía a la gente que duerme en la calle y a los pibes que caminan descalzos.
Lo menos que puedo hacer es detenerme a mirarlos, advirtiendo la crudeza de la realidad, de su realidad.
Porque yo puedo quejarme que no tengo un mango para ir a tomar una birra, puedo indignarme porque no logro juntar un ahorro para hacerme un viaje o porque hace meses que no me compro una pilcha. Pero llega la noche y tengo un plato de comida y una cama calentita en la que dormir. Por eso, lo menos que puedo hacer ante esa escena es darme cuenta que hay gente que verdaderamente la está pasando mal.
Y bancármela si a mí se me estruja el pecho retirando plata de una maquinita, mientras un hombre duerme en el piso sobre un cartón.

En esa especie de reflexión estaba cuando entra una muchacha de unos veinticinco años. Afuera parece esperarla un joven que llevaba a su perro atado con una correa. Ella se ubica en el cajero contiguo al que yo estaba usando. En un momento se da vuelta y me pregunta si acaso había podido extraer dinero. Me habla tapándose la parte inferior del rostro con el cuello del sweater. Entiendo que con ese gesto busca taparse la boca y la nariz, del olor.

Habia olor. Mentiría si digo que no lo percibí.
Habia olor a perro mojado,
a pis,
a mugre,
a mierda.
Habia olor a un hombre que no se baña hace anda saber cuánto.
Olor a vagabundo,
a tipo callejero,
a sobaco, alcohol, a tabaco barato.

Pero a mí el gesto de taparme la parte inferior del rostro con el cuello del sweater, no me salió. Ni lo pensé. Porque entendí que lo menos que podía hacer en esa escena como ser humano que soy era tolerar el olor, como un modo de admitir la realidad de ese hombre y esos perros y no forzar a que la misma se me vuelva indiferente.
Taparse la nariz para no tener que oler es lo mismo que taparse los ojos para no tener que mirar. Y como leí alguna vez, parece que "la exclusión se ha vuelto invisible a los ojos, parece haber perdido poder para producir espanto e indignación" y yo agrego acá; frente a esto que viví y que me arriesgo a decir que es cotidiano; que esto es así no porque la exclusión no se deje ver, sino porque son muchos los que andan tapándose los sentidos ante aquello que les estorba su cómodo paso por el mundo. Porque ojos que no ven, corazón que no siente. Y así andan por la vida, tan acostumbrados a taparse para no mirar, para no oler, para no sentir, que finalmente acaban por ser indiferentes a lo que les rodea.

Al cabo de unos minutos, salimos de ese pequeño recorte de realidad.
Una atrás de otra.
La joven tapándose la nariz, yo con el pecho estrujado.
Ya afuera, se acerca el muchacho con el perro atado que parecía estar esperándola y ella le dice “la pase muy mal adentro, el olor que había, los perros, casi vomito”.
No quise escuchar más.
Casi le vomito yo mi pecho estrujado.
No podría haber tolerado que encima el flaco la consuele por lo mal que la pasó allí dentro.

¿Acaso no se te ocurre pensar que el tipo está durmiendo en el piso de un cajero porque no tiene otra opción? ¿Acaso no se te ocurre pensar que huele mal porque no tiene donde bañarse? ¿Acaso no se te ocurre pensar que ese tipo la está pasando mucho peor que vos? ¿Tan mal estamos como sociedad que no podés levantar la vista de tu ombligo, ni siquiera como un gesto de piedad?

Me fui pensando.
Que mal que estamos.
A donde fue a parar la humanidad.
Tanto egoísmo, tanta falta de empatía.

Me fui pensando en la expresión agradecida de esos perros, que parecían sonreír al resguardo de ese hombre; en la expresión apaciguada de ese hombre que logra dormirse unas horas aferrado a los perros. Huelen mal, pero dan ganas de abrazarlos, porque parecen estar llenos de humanidad.
Me hubiese gustado dejarles algo más que esta reflexión tardía.
Me hubiese gustado decirles que yo, sí los ví.

No hay comentarios:

Publicar un comentario

Ultima entrada:

ESTAMOS TRABAJANDO PARA OFRECERLES UN MEJOR SERVICIO.

Usted puede leer en: