Hoy quiero hablarles de un asunto que suena a moco de pavo, pero no lo es. Me refiero a la convivencia, o mejor aún a la decisión de convivir.
A fin de simplificar la cosa, me limitaré a aquella que afronta una pareja.
En la sociedad actual la convivencia se presenta como un proyecto por poco inevitable entre dos que se aman, el cual en muchos casos pareciera que se hace y se deshace sin pensárselo demasiado.
Dado los tiempos que corren es frecuente que la convivencia se confunda con la conveniencia, que, aunque suenen parecido distan mucho a la hora de llevarse a cabo y la diferencia entre una y otra no tarda demasiado en quedar en evidencia. Sucede también, que muchas veces, esos dos que se aman deciden convivir en el ápice de su enamoramiento, ahí donde uno anda caminando entre pompas de jabón, donde la vida es bella y el otro se presenta como un ser que no tiene nada que envidiarle a la perfección. Es así como esos dos que se aman, acaban conociéndose cuando ya no tienen otra alternativa que verse la cara todos los días. Y es ahí donde la convivencia nada tiene de conveniente, porque el costo que se paga para sostenerla es sumamente elevado.
Es frecuente que al conocer a alguien y ser víctima de su encantamiento, no veamos más que aquello que nos enamora. Entonces se escuchan declaraciones al estilo de “Me encanta como se muestra, lo segura que es, se puede hablar de todo con ella (…); lo apasionado que es con su trabajo (…); no sabes, es un amor, está constantemente preguntándome como estoy, como me siento, que necesito (…); me gusta que es tranquilo, hace reiki, yoga y huele a palo santo (…); se nota que es familiero (…); al fin uno que prefiere quedarse en casa un sábado a la noche”.
Paradojicamente, todo aquello que nos enamora y nos idiotiza del otro en un primer momento, es lo primero también que empieza a fastidiarnos.
Es así como pasa a ser una molestia que "no para de hablar, cree que se las sabe todas ;(...) labura todo el día y no tiene un rato para vernos; (...) a cada minuto me está preguntando como estoy, es un paranoico (...); es un vago de mierda que no hace más que hablarme de energía y espiritualidad (...); me tiene hasta el hartazgo con los eventos familiares, no entiende que quiero quedarme un domingo echada en la cama viendo la vida pasar (...)¿podes creer que nunca quiere salir un sábado?, si es por el, estamos todo el año invernando (...)"
Es que lo lindo del otro dura hasta que alcanza un punto de saturación convirtiéndose en su mejor defecto. Y sobre esa línea delgada es que se transita cada día en la convivencia, en tanto es usual que la decisión de convivir se encuentre precisamente entre aquello que nos enamora y aquello que acaba por fastidiarnos. Y tengan en cuenta que esto puede pasarle a uno mismo respecto del otro o al otro respecto de uno mismo; o en los casos más catastróficos pero no por eso menos frecuente, a ambos en simultáneo. Es ahí donde la convivencia se convierte en una batalla campal y el primer síntoma que aparece es el arrepentimiento.
La convivencia es un montón.
Es una negociación constante, desde resolver que cuadro se cuelga y dónde, quien llama al plomero cuando pierde el inodoro, que se come y quien cocina, quien lava los platos y quien cuelga la ropa, quien saca los perros a pasear, quien hace las compras, quien paga los servicios, quien tiende la cama, que serie se ve en Netflix.
Sucede que en el medio de estas trivialidades que acontecen en lo cotidiano, la pareja corre el riesgo de quedar entrampada en la rutina, olvidando cada uno de los motivos por los cuales alguna vez tuvieron la dichosa idea de compartir el hogar.
Convivir es verlo al otro con su pijama andrajoso,
es pedirle que se corte las uñas de los pies,
que quite los pelos que deja hechos un ovillo en las paredes de la ducha,
que por favor limpie el bidet cuando lo usa.
Es fumarse sus ronquidos,
es pelearse cada noche por las sabanas.
Es conocer sus olores más profundos,
su malhumor más intolerante,
su cara de nada,
su versión más patética.
Es por esto que pareciera que son pocos los que sobreviven a la experiencia.
O son muchos los que la sostienen solo porque no saben qué otra cosa hacer con ella.
Al respecto, me arriesgo a sugerir algunos tips que debieran tenerse en cuenta antes de dar un paso al frente.
Es importante dejar en claro que el proyecto es de los dos, que no sea cosa de uno arrastrando al otro. Tambien es conveniente que el espacio que devendrá hogar mutuo en un futuro cercano sea novedad para ambos, eso de irse a vivir a donde ya vive el otro es empezar con el pie izquierdo. Crónica de una muerte anunciada, diría García Márquez.
Algo fundamental, que pocos tienen en cuenta en plena vorágine, es evitar vender o regalar los bienes personales con el fin de encontrarle a los mismos un rédito económico o simplemente ahorrar espacio. Es preferible tener dos microondas, dos televisores, dos secarropas, dos mesas, ocho sillas, veinte vasos apilados donde se pueda; a irse cual chavo con un bolsito si la cosa no llega a funcionar.
Y ante todo y esto lo refuerzo; sean precavidos, no se anticipen, vayan a pasitos de bebe si es necesario. Atraviesen las pompas de jabón para ver qué hay del otro lado, más allá del encantamiento, mas allá de la promesa disneylandica de amor eterno, que paradójicamente cada vez dura menos.
Es más factible que la convivencia prospere si uno y otro ya se conocieron sus miserias y así todo, eligen convivir. O mejor aún, es más factible que el amor prospere si esos dos que se aman evitan verse la cara todos los días.
que quite los pelos que deja hechos un ovillo en las paredes de la ducha,
que por favor limpie el bidet cuando lo usa.
Es fumarse sus ronquidos,
es pelearse cada noche por las sabanas.
Es conocer sus olores más profundos,
su malhumor más intolerante,
su cara de nada,
su versión más patética.
Es por esto que pareciera que son pocos los que sobreviven a la experiencia.
O son muchos los que la sostienen solo porque no saben qué otra cosa hacer con ella.
Al respecto, me arriesgo a sugerir algunos tips que debieran tenerse en cuenta antes de dar un paso al frente.
Es importante dejar en claro que el proyecto es de los dos, que no sea cosa de uno arrastrando al otro. Tambien es conveniente que el espacio que devendrá hogar mutuo en un futuro cercano sea novedad para ambos, eso de irse a vivir a donde ya vive el otro es empezar con el pie izquierdo. Crónica de una muerte anunciada, diría García Márquez.
Algo fundamental, que pocos tienen en cuenta en plena vorágine, es evitar vender o regalar los bienes personales con el fin de encontrarle a los mismos un rédito económico o simplemente ahorrar espacio. Es preferible tener dos microondas, dos televisores, dos secarropas, dos mesas, ocho sillas, veinte vasos apilados donde se pueda; a irse cual chavo con un bolsito si la cosa no llega a funcionar.
Y ante todo y esto lo refuerzo; sean precavidos, no se anticipen, vayan a pasitos de bebe si es necesario. Atraviesen las pompas de jabón para ver qué hay del otro lado, más allá del encantamiento, mas allá de la promesa disneylandica de amor eterno, que paradójicamente cada vez dura menos.
Es más factible que la convivencia prospere si uno y otro ya se conocieron sus miserias y así todo, eligen convivir. O mejor aún, es más factible que el amor prospere si esos dos que se aman evitan verse la cara todos los días.
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