jueves, 26 de marzo de 2020

Cuchi y el paraguas de la 9 de Julio.


Que tipo ocurrente este Cuchi. De cada situación, por más insignificante que sea, él encuentra como hacerte descostillar de la risa. Hace cuarenta años que lo conozco, imaginarás las anécdotas que guardo. Recuerdo que una vez, íbamos al comedor universitario; en esa época no dejábamos pasar un solo almuerzo porque no teníamos un mango y si no aprovechábamos el carnet de estudiante quizás no veíamos un plato lleno hasta la noche. Se había largado a llover y en el camino encontramos un paraguas que daba pena, la tela floreada, desgastada y sucia, el bastón doblado a la altura del puño. Seguramente en plena lluvia, la dueña anterior lo habría cambiado por uno nuevo. Cuchi lo levantó y empezó a dar saltos como Mery Poppins. Tendrías que haberlo visto, cruzando la 9 de Julio con su sobretodo negro y ese paraguas hecho pelota. Llegando a la esquina, él bailando en una pata y yo riéndome detrás; un tipo que venía en un Renault, hizo una mala maniobra y casi nos lleva puesto. En realidad, ni nos rozó, fue más el susto que otra cosa, pero el tipo igual estacionó, se bajó del auto y se acercó a preguntarnos como estábamos. 


Enseguida Cuchi encontró ocasión para montar una de sus escenas. Todavía pálido del susto que se habia pegado, le dijo que estábamos bien pero que en el intento de evitar que lo atropelle, se le había caído el paraguas y el tipo le había pasado el auto por encima. 

El muchacho, entre sorprendido y consternado, no supo que decirle. 

Cuchi, al notar que el tipo se lo habia creído, redoblo su apuesta y siguió embromándolo, explicándole que ese paraguas tenia para él un valor emocional enorme, que era de su tía querida ya fallecida y que esperaba que tuviese arreglo. El joven le dijo que no se preocupara, que él iba a pagar lo que saliera el arreglo, que en ese momento no llevaba suficiente dinero encima, pero que le dejaría la dirección de su trabajo, donde Cuchi podría ir a retirarlo, a fin de solucionar el inconveniente. Yo no sabía dónde meterme, veía que el pobre pibe estaba realmente conmovido por la situación y a Cuchi no se le movía un pelo. El joven sacó un papelito de su billetera, anotó “Directorio 747; estudio Jurídico Blas Martínez” y le dijo que se dirigiera al día siguiente alrededor de las 10am, que él estaría esperándolo. Cuchi le dio la mano a modo de acuerdo y nos despedimos. 

- “Supongo que no pensas ir” le dije ni bien arranco el Renault. 

Conociéndolo, sabía que llevaría su broma hasta el final. Y que esperaría una vez más que yo lo acompañe. 


Al día siguiente, alrededor de las 10 am, nos bajamos en Boedo y caminamos hasta la calle Directorio, buscando la altura que figuraba en el papel. A mitad de cuadra, había un chalet, ubicado en Directorio 739 y a este le seguía una vieja mercería, con un cartel despintado en la puerta, donde todavía podía leerse Directorio 745. Entramos al local y le preguntamos a la señora que estaba detrás del mostrador si sabía de algún estudio jurídico por la zona. La mujer, amargada por tratarse de una pregunta ajena a su comercio, nos respondió a secas que no. Que, en veinte años, jamás habia oído hablar de un estudio jurídico en la calle Directorio. Yo le compre unos botones, un poco porque los necesitaba, otro poco para cambiarle el humor. 

Nunca encontramos el estudio, nunca supimos de un abogado que se llamara Blas Martínez. El tipo, tan ingenuo que parecía, nos habia vendido un buzón. 

Finalmente, nos volvimos a pata, riéndonos de nosotros mismos, con el paraguas que daba pena y tres botones de color azul. 



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