Corría el año 1973 y en un pueblito llamado Marsueva, un hombre dormía por primera vez. Sucede que los marsuevos tenían una particularidad. No dormían. Pero no debe entenderse por esto que no tenían sueño, ni que los superara una especie de insomnio colectivo. No dormían simplemente porque no sabían de la existencia de esa acción. Por ende, tampoco contaban con una palabra para denominarla; es así que andaban fatigados por la vida, sin saber por qué. Se lo atribuían al trabajo, a la escuela, al deporte aquellos que lo practicaban. Y hasta a los excesos, quienes transcurrían sus noches en los bares. No sabían tampoco lo que era un colchón, una almohada ni unas sábanas. No tenían en sus hogares ningún espacio al que destinaran como único fin el descanso. Pasaban de la noche a la mañana, como si nunca terminara el día. Si se disponían a acostarse, siempre lo hacían en el suelo y a causa de algún malestar físico que los aquejara, pero jamás, bajo ninguna circunstancia, los marsuevos cerraban sus ojos, pues esto era considerado para el pueblo entero, una rendición. Como buenos supersticiosos que eran, suponían que, al cerrar los ojos, se entregaban voluntariamente a la muerte.
Por supuesto que esta particularidad les reducía en años su expectativa de vida. Piénsese aproximadamente en el tiempo que uno invierte en descansar. Es así como el promedio de vida de los marsuevos rondaba los cincuenta, alcanzando esta pronta vejez con los párpados hinchados, bostezos crónicos, un ánimo extremadamente irritable y un deterioro notable en su capacidad de atención y memoria.
Pero así vivían los marsuevos. Simplemente como ellos sabían vivir.
Sucedió que la noche del catorce de abril, después de una ardua jornada en la fábrica, Julio Mendizábal, puso un disco de Los Silvertons, apagó la luz y se acostó en el suelo del comedor, afligido por un dolor lumbar que no lograba combatir. Se recostó boca arriba, estiró sus piernas, acomodó su columna de manera que la misma descansara sobre el piso de madera y llevó ambas manos detrás de su cabeza. Consciente de su respiración, inspiró y expiró unos cinco minutos. Notó como su gato se refregaba en su pierna derecha, a la altura de su rodilla.
Eso fue lo último que recordaría de aquella noche.
Horas después, Julio no se presentó a trabajar.
Sus compañeros, preocupados por su ausencia, pensaron lo peor.
Al finalizar la jornada, se dirigieron a su casa, tocaron el timbre hasta el cansancio, pero Julio no dio señales de estar dentro. Frente a esto, no dudaron en tirar la puerta abajo de un patadón. Y ahí lo vieron. Julio continuaba recostado en el suelo del comedor, ahora hecho un ovillo, con el gato enroscado en el hueco de sus piernas. Inmediatamente, lo creyeron muerto. En plena congoja, dieron aviso a la policía, se comunicaron con el único familiar cercano que le conocían y discutieron por los gastos fúnebres. En esa disputa se encontraban cuando Julio se movió hacia un costado, largando un suspiro. “Qué carajo” soltó el comisario. –“¿Están seguros que este hombre falleció?. Sus compañeros se aproximaron al cuerpo, uno de ellos le tomó el pulso, mientras el otro acercó su cabeza al tórax de Julio para escuchar si acaso su corazón seguía latiendo.
Los tres quedaron atónitos al comprobar que aún tenía signos vitales.
Dadas las circunstancias, concluyeron que debía tratarse de un desmayo o quizás un estado de coma; de cualquier manera, decidieron que lo mejor era suspender el servicio fúnebre y llevarlo al hospital.
Una vez allí, lo dejaron al cuidado de los médicos, quienes, tras examinarlo y realizarle los estudios pertinentes, quedaron igual de pasmados. Ante lo insólito del caso, nadie se atrevió a enterrarlo y Julio fue enviado a una habitación de la clínica en la que pudiese quedar en observación. Muchos curiosos solicitaron el ingreso para saber cómo era eso de que un tipo fallezca manteniendo sus signos vitales. Julio se convirtió en algo así como una leyenda. Le llevaron arreglos florares, ofrendas, crucifijos, cartas.
Le pidieron por amor, por salud, por dinero.
Diecinueve días después, para sorpresa de todos los marsuevos, Julio abrió sus ojos.
Al notar que no le era familiar el lugar en que se encontraba, se levantó del catre y abrió la puerta de la habitación. Su aparición no tardó en conmocionar a todos los que circulaban por el pasillo, quienes lo acorralaron para invadirlo de preguntas. Otros siquiera podían emitir palabra de lo desconcertados que estaban.
Julio no entendía nada. Pero se sentía estupendo. Su dolor lumbar habia desaparecido y parecía haber rejuvenecido unos diez años. Se entusiasmó enseguida con la popularidad que habia alcanzado sin saber cómo y a cada curioso que se le acercó, le contó de modo heroico que en esos días se habia reencontrado con sus padres y su perra Simona en una colina de arroz; que había visto como montaban un circo en la calle 23 y hasta el caso de una vaca que llevaba lentes de sol; que por momentos se vio en peligro, pero le hizo frente a todo como un campeón.
Indudablemente, Julio se volvió un erudito. Y a fin de conservar su fama, repitió cada noche los pasos que dio ese catorce de abril.
A partir de allí, contagiados por el entusiasmo del sabio, todos los marsuevos comenzaron a cerrar sus ojos.
Años más tarde, a partir de la llegada de un extranjero al pueblo, se enterarían que, en otras partes del mundo, a eso le llaman dormir.
No hay comentarios:
Publicar un comentario