Por dónde empiezo. Vengo porque no me estoy sintiendo bien últimamente. Siento que hay algo que no está bien en mí, no sé cómo explicarlo. A mí me gustan los tipos, hace años que eso dejo de ser un problema, incluso tuve relaciones largas, presenté a más de uno en la familia. En su momento fue difícil, yo soy de Pehuajo, pueblo chico, infierno grande, vio cómo es. Ahí si uno nace puto, no tiene otra opción que rajar a la ciudad. Como si se llevara la peste a otra parte. Mi viejo, mentalidad de campesino, imagínate lo que fue para él encontrarme cogiéndome a un tipo en el establo. No tuve alternativa, me armé el bolsito y me fui como un exiliado. A los 18 años, me vine a Buenos Aires, estudié filosofía, me recibí a los 24, alquilé un departamento, lo acondicioné para dar clases de piano. Me fascina la música clásica, Chopin, Schubert, Vivaldi. Aprendí de chiquito, en mi casa había un piano de cola, viejísimo, nunca supe a quién perteneció, porque vino con la casa, no viene al caso. El punto es que desde el día que me senté, apenas llegaba a tocar las teclas, tendría seis, siete años pero créame, desde el día que me senté y apoyé las yemas de mis dedos sobre las teclas, supe cómo debía tocarlo. Oído absoluto, le dijeron a mi papá cuando me llevó a una profesora y terminé enseñándole yo a ella. Por eso cuando me vine a Buenos Aires, decidí estudiar algo que fuese un desafío para mí, o al menos algo en lo cual sintiera que podía perfeccionarme. La filosofía es otra de mis pasiones, Husserl, Spinoza, Derrida ¿ha oído hablar de ellos? Ahora estoy dando clases en la UBA, me encantaría que mi nombre quedara en la historia, ser uno de estos tipos que tuvieron ideas revolucionarias que parecen estar siempre vigentes, aunque haya transcurrido más de un siglo. Yo debería haber nacido en esa época, quizás no tendría esto otro que es lo que siento que no está bien en mí. De día, soy un señor, hecho y derecho, me levanto a las siete de la mañana, me tomo el café, desayuno liviano, me visto con formalidad, así como me ve, nada del otro mundo, pero siempre prolijo. A la mañana, clases de filosofía en la universidad, por la tarde mis alumnos de piano. Hasta ahí, soy yo, Fabian Sabino, el profe. Después, después ocurre la transformación. Hasta podría decirle con más exactitud que sucede al terminar la cena. Tomo whisky. No importa cuánto. Puede ser un vaso, dos. He llegado a tomarme más de media botella, pero da igual. Lo que sigue ocurre, indefectiblemente, tome mucho o tome poco ¿me sigue no? Es entonces que me pongo un jogging, la campera de jean y salgo. Es parte del ritual, sí. Pero hay otro motivo. A los tipos, imaginará que el jogging nos favorece al momento de tener una erección. Quiero decir, se nota enseguida si se me para. Y eso me calienta. Que los tipos lo noten, me calienta. Me vuelve poderoso, siento que no tengo nada que esconder ni reprimir. Creo que ese es el momento en que se me traba la cabeza, esa es la sensación, como si algo en mí, en determinado momento de la noche, se olvidara de Fabian Sabino y me diera la orden de soltar a la fiera.
Salgo de cacería. La ciudad está llena de putos. Y esto, esto es un radar. Hay una aplicación, Grinder, no sé si la conoce, porque es para tipos, casados, con hijos, adolescentes con curiosidad, lleno, lleno de putos, a la redonda. Porque encima, los genios que crearon esto, te dicen hasta la distancia aproximada. Por lo general, voy a Palermo, me siento en algún bar a tomar algo y empiezo a buscar. No me pregunte por qué, pero ahí está rodeado de casados que quieren experimentar. Igual, cada tanto voy a algún boliche y miro, elijo al tipo que me quiero coger. Créame que en ese momento siento lo que sentía cuando mataba a las vacas en el campo con papá, eso es cazar para mí. Llevarse a la presa. Y no sé cómo, pero suele ocurrir que me voy con el primer tipo que ficho. Es muy sencillo. Sabe, los putos somos así, vuelta y vuelta, a veces ni el nombre se pregunta. Activo, pasivo, la chupás, preferís que te la chupen, no mucho más que eso. La mayoría de las veces, vienen a casa. Me gusta verles la cara cuando entran y ven el comedor. Claro, ni se imaginan que un tipo vestido como yo, vive en un lugar así. Eso les encanta. Recuerde lo que le contaba, de día soy otro, bueno no, soy yo. Ordenado, correcto, culto. Mi casa es un santuario, cada detalle está pensado minuciosamente, libros por dónde se le ocurra y en el medio, el piano, él mismo que dejaron en la casa de Pehuajo. Y ahí, ahí me los cojo de parado, sobre las teclas del piano. Los penetro con furia, con asco y con deseo a la vez, los que sangran de dolor, son los que más disfruto. Me gusta que se apoyen con las manos sobre las teclas y suene, lo que sea, que suene hasta que acaban, acaban ellos y acaban las notas que tocaban. Cuando eso sucede, tal como se lo estoy contando, es sublime. Es la carne de la vaca que maté y mientras esté ahí, delante mío, me pertenece. Ahí me siento desenfrenado, como si necesitara descargar la tensión que acumulo durante el día, siendo un tipo hecho y derecho. Esa es la contradicción, ¿lo ve? ¿Entiende lo que le digo? Dos caras, dos personalidades conviven adentro mío, dos tipos, completamente opuestos y lo que me angustia es que no puedo ni quiero dejar de ser ni uno ni otro.
martes, 5 de enero de 2021
La contradicción.
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