Volvieron al departamento sin hablar. Marina prendió la radio para disimular el sollozo que le provocaba recordar las palabras determinantes de la obstetra. Todo se había desmoronado en un segundo. Jazmín era la alegría del hogar, la primera nietita de sus papas, la segunda de los abuelos paternos. Ya tenían armada su habitación, la cuna al lado del somier, el huevito para el auto. Había sido un embarazo sin complicaciones hasta esa semana, que daría comienzo al sexto mes.
Frena acá, dijo Marina al doblar sobre avenida Independencia. Tengo que comprar lana. ¿Ahora, te parece?. Frena, Javier. Es estúpido, Marina. Estas cosas las podemos evitar, no la hagamos más difícil. Marina se desabrochó el cinturón, abrió la puerta y lo dejó hablando solo. A los pocos minutos volvió con dos bolsas colmadas de lana amarilla. Unas semanas atrás había empezado a tejer al crochet los chupetes que darían como souvenir. Como inexperta de la técnica, no había calculado la cantidad de lana que usaría y aun le faltaba para una veintena de chupetes.
Al llegar al departamento, Marina buscó la lista de preparativos y tachó “lana”. Repasó uno por uno, los puntos resueltos. Payaso de animación. Pañales, mamaderas, carteles y crayones para los juegos. Globos, guirnaldas y centros de mesa. Platos, vasos y bols para copetín. La abuela Mimí se encargaría de la mesa dulce y la abuela Marta se había ofrecido a hacer unas pizzetas, porque como decía siempre, mejor que sobre y no que falte. Solo resta terminar los souvenir y pedir el lunch, le dijo a Javier. ¿Hago unos mates?. Javier la miraba desde el comedor. Había quedado en pausa, sin saber qué hacer ni que decir. Le parecía una locura hacer como si nada hubiera cambiado, pero entendía que Marina en ese momento no estaba preparada para afrontar la realidad. Y, claro. ¿Cómo iba a entender de un momento para el otro, que en esa pancita redondeada que ya se hacía notar, no quedaba nada más que un feto muerto? Así de descarnada había sido la obstetra. ¿Querés mate o no? Dale, sí. Alguno tomo.
Y así transcurrieron los días. Marina tejiendo los chupetes en la cocina con la tele de fondo para distraerse. Javier abocado al trabajo, respondiendo a cada encargo de manera automática. No hablaron de Jazmín, ni de la consulta, ni del baby shower. Simplemente, dejaron pasar las horas hasta ese sábado al mediodía, que amanecieron inflando los globos. Ahí en la caja que dice juegos, hay unos pañales y unos chocolates. Habría que derretirlo un poco y tirarlo sobre cada pañal, como si fuera caca. ¿Qué? Pregunto Javier desconcertado, vos hacelo. Yo mientras me voy a cambiar. Javier cortó los chocolates y empezó a derretirlos a baño maría. Había amargo, con leche, con almendras. Se rio, pensando lo insólito que resultaba aquello que estaba haciendo. Por un momento, después de varios días, había vuelto a sonreír.
Al ratito llegó Julia. Enseguida tocaron el timbre Manuel y Mercedes, con los nenes. Atrás de ellos, apareció el animador con un parlante pintado en verde chillón y un maletín que vaya a saber que llevaría dentro. Uno tras otro, fueron cayendo los invitados. De golpe la casa se vistió de fiesta. Había música, risas, niños corriendo, después de días atravesados por un silencio tortuoso. ¿Y Marina? ¿Qué piensa que es la fiesta de 15, que no aparece? bromeó Paula. Javier ya había notado su ausencia. Temía que, al escuchar el bullicio repentino, cayera en la cuenta de que no había nada que festejar. Pará, que voy a ver que está haciendo. Javier subió las escaleras pensando qué decirle, teniendo todo el circo montado abajo. Marina, Marina, dale, que ya están todos. Javier empezaba a perder la paciencia. En la habitación no estaba. En el baño tampoco. Ahí se percató. El cuarto de Jazmín. Dale, Marina, por favor, no la compliquemos ahora. Javier abrió la puerta, sin imaginar la locura que su mujer estaba a punto de cometer.
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