I.
"Disculpe las molestias pero le comunico que uno de los chicos (Salvador, así figura en el contrato) no va a viajar por temas familiares. En total confirmados somos diez". Ciro repasó en voz alta lo que había escrito, agregó su nombre al final y envió el mail a la propietaria del chalet que días atrás había reservado.
"Ya le avise a la mina que se bajó Salva" escribiría después en el grupo de whatsapp, qué por voto de la mayoría habían llamado "Arsenales", en honor al equipo de rugby que conformaban. Todos ellos, oriundos de la ciudad bonaerense de Zárate, en alguna oportunidad habían transpirado la casaca del club Arsenal Náutico. Máximo, Luciano, Lucas, Enzo, Matías, Blas, Ayrton, Alejo y Juan Pedro. Los diez confirmados. Los diez que el día 18 de enero de 2020 partirían rumbo a Villa Gesell a hospedarse en un chalet ubicado a tres cuadras del mar y cincuenta metros del centro.
- Salva, la próxima te sumas.
- Que garrón boludo, que justo surgiera esto ahora.
- Ya fue, no me quiero enroscar más porque me caliento. Más vale giles que me cuenten las que se mandan.
- See olvidate chabón, la primer cagada a trompadas te la dedicamos a vos.
- Vamo’ a romper todo lo que dejamos el año pasado.
Jajajaja.
Las risas eran de todos. De los diez confirmados y de Salva, que lamentaba perderse el viaje por un asunto familiar. El verano anterior habían viajado al mismo destino. Primer escapada sin padres custodiando, ni coordinadores ni entrenadores. Playa, boliches, fernet, pepa y minitas. Como decía Enzo cada vez que se deleitaba con algo, ¿qué más querés boludo? Pelea. Todos coincidían que el broche de oro era terminar a las piñas. Donde sea, con quien sea. Cagarse a trompadas les devolvía la misma adrenalina que anotar un try en un partido. Dejar al enemigo ocasional salpicado con su propia sangre representaba la victoria.
Así eran.
Creían que se comían el mundo, por jóvenes, por hijos del poder, por rugbiers que eran. Se movían en patota como las pandillas de los suburbios, pero con la frente en alto y sacando pecho. Máximo, alias El Machu llevaba la delantera, por ser el mayor y por ende, quien tomaba las decisiones, dentro del juego y fuera de él. Los otros diez lo seguían como un rebaño de ovejas sigue al pastor.
Tal como habían planificado en la ida, llegaron al chalet, dejaron los bolsos y se prepararon para ir a la playa más cercana.
- Mirá Salva la de ojetes que te estás perdiendo, escribió Ayrton ni bien pisaron la arena. El más pajero del grupo, acotaría Juan Pedro.
- Que hijo de puta, yo me estoy comiendo un embole tremendo acá en el local y vos me mandas esa foto. ¿Qué van a hacer a la noche?
- Acá le preguntamos a unas minitas y dicen que se pone Le Brique, respondió Matías.
- Uh zarpado Le Brique, es el que está en una esquina no?
Trascurrida la tarde, ninguno de los diez respondió su interrogante. Qué clavada de visto me pegaron, pensó Salvador. Tampoco le importaba demasiado la precisión geográfica del boliche. En realidad lo que le molestaba era haberse perdido la playa, los boliches, el fernet, la pepa y las minitas con los pibes. Horas después, recibiría otro mensaje.
- Che Salva, te dedicamos esta.
- ¿Qué cosa boludo?
- Pará que está cargando el video. Ahí llega.
- ¿Qué es eso? ¿De dónde lo sacaron?
- Una cachiporra gil, se la robamos a la cana
- Nah, me jodes. ¿Pero cómo fue? ¿Se agarraron con la cana?
- Después te mando audio que estamos por entrar
Esta vez Salvador respondió con un sticker y resolvió dejar el celular a un costado para no amargarse más. Prendió la play e intentó concentrar toda su atención en una jugada de Dark Souls III hasta quedarse dormido.
II.
“Acá se pone Le Brique” dijeron al unísono las dos.
- ¿Ustedes van a ir ahí hoy? Les preguntó Ayrton.
- Si, seguro, dijo la de ojitos claros. Es el único boliche, o sea hay bares copados pero la mayoría termina en Le Brique.
- Podríamos arreglar para ir juntos.
- Paaará chabón, recién llegas, lo cargoseó Blas. No le den bola chicas, es un plomo este flaco.
- ¿Qué dije? Bueno, si nos cruzamos es el destino. Por lo menos dígannos como se llaman.
- Paula.
- Valentina.
Paula y Valentina tenían razón. Después de las dos am, Le Brique explota. Todos los jóvenes, geselinos y turistas parecen estar ahí metidos a presión. Desde arriba no se ven más que cabezas moviéndose al ritmo de la música que suena. Machu no baila, dice que eso hacen los putos. Se queda en la barra, cancherea su lomo trabajado mientras busca una presa con su mirada de ganador. Blas, Matías y Luciano prefieren el agite de un buen DJ. Se emborrachan, se empastillan hasta terminar doblados. Ayrton va y viene de una pista a la otra buscando a Paula o a Valentina, da igual. El resto se pierde entre la multitud. En algún momento de la noche Machu se cruza con Ciro.
- Boludo, voy a salir un toque, me estoy cagando de calor.
- Dale vamo’ posta que no se aguanta acá.
Suena Adán y Eva de fondo. Machu va delante abriendo camino entre los que bailan y gesticulan la letra de Londra. Ciro lo sigue, como el rebaño sigue a su pastor, hasta que se tropieza con una montaña de mochilas. Se le cae el trago y putea. La concha de tu madre, gil. Empieza a mirar a los costados, buscando un culpable. Lo elige al azar y lanza la primer trompada. El pibe que la recibe intenta frenarlo. No entiende que pasó. Es más corpulento que Ciro pero no tiene en su sangre el instinto de pelear. Se arma un ring en la pista. De un lado festejan, del otro piden por favor que paren. Aparecen dos patovicas, los separan y los largan a la calle como fieras.
- ¿Qué pasó boludo?
- Negro de mierda, lo voy a recagar a trompadas, se quiso pasar de vivo
- ¿Cuál es?
- Ese que cruza, el de remera blanca. Hijo de puta, lo voy a reventar
- Pará, pará que le aviso a los demás que estamos afuera.
Machu saca su teléfono del bolsillo trasero de la bermuda y escribe en el grupo: Pibes, salgan afuera que hay paliza.
Uno a uno van saliendo.
El jefe dio la orden y los nueve restantes la respetan a rajatabla sin preguntar demasiado. Se encuentran en la esquina y Ciro señala otra vez al pibe de remera blanca que está tomando un helado en la vereda de enfrente, junto a otros tres. Ese que está ahí, el negro puto de remera blanca. Cruzan la calle en silencio, los diez, arremangándose, sacando pecho, preparando los puños.
Llegó el momento más esperado de la noche.
Lo sorprenden por detrás, pateándole la cabeza a la altura de la nuca.
Son diez contra cuatro. Diez rugbiers contra cuatro pibes de barrio. Diez atacantes contra cuatro inocentes, que intentan esquivar los golpes.
El negro de remera blanca es el que más recibe.
Le pegan hasta dejarlo sobre el asfalto. Y sobre el asfalto, le pegan aún más.
Con saña, con odio, con ira infundada.
Le pegan por negro,
por pibe de barrio,
por tener la mala espina de haberse cruzado esa noche en su camino.
Ya ni se defiende, solo ruega que termine.
Ciro se aleja y con su iphone filma la golpiza como si se tratara de un espectáculo que más tarde compartirá en las redes. En la grabación se escucha a Machu gritar “Quédate tranquilo, que a este me lo llevo de trofeo” y con toda su ferocidad, junta aire en los pulmones y pega la patada final.
Las cámaras de la cuadra dejaran en evidencia como los diez rugbiers desaparecen de la escena, separándose en dos grupos al doblar por la derecha. Se retiran con aires de conquista, por haber dejado al pibe de remera blanca desangrándose.
Los otros tres, los que también recibieron golpes pero no letales, se arrodillan sobre el cuerpo tendido en la vereda gritando con desesperación, Fernando.
III.
Alejo está nervioso. Camina apurado sin saber bien a donde se dirige. Saca el teléfono y escribe en el grupo. - ¿Dónde están giles?
- Estoy yendo a la casa vengan, responde Lucas. A los cinco minutos vuelve a escribir. - Yo estoy buscando a este Ciro es pajero... Me dice vení al mercado que pasamos siempre, estoy en el mercado a la vuelta del hotel y no están amigo... es más lolo este Ciro.
Pasan otros cinco minutos. Ninguno responde. Lucas empieza a perder la paciencia. - Acá cerca donde está el pibe y están todos ahí a los gritos, está la policía, llamaron a la ambulancia... caducó.
- Ahí estamos yendo, ahora vamos a la casa, estamos acá a la vuelta... ahora vamos, responde Ciro finalmente. Se agarra la cabeza, continua escribiendo, se arrepiente y cierra la conversación como si alguien estuviese observándolo de cerca. Deja pasar dos minutos, resopla y vuelve a abrirla.
- Chicos, no se cuenta nada de esto a nadie.
IV.
Que habrán hecho los pibes anoche. Eso fue lo primero que se preguntó Salvador la mañana del 19 de enero de 2020, luego de apagar la alarma que lo despertó.
Con los ojos entreabiertos y la boca aún reseca, abrió el whatsapp y se alegró al ver mensajes en el grupo. Fue hasta el sticker con el que había dado fin a la conversación la noche anterior y leyó lo que estaba escrito debajo.
“Salgan afuera que hay paliza”.
Había sido escrito por Machu a las cuatro am. Estos se la dieron en la pera, pensó. Y continúo leyendo. Cuarenta minutos después, Alejo preguntando dónde están los demás. Lucas busca a Ciro. Policía. Ambulancia. Caducó. ¿Caducó?. ¿Qué carajo pasó? Estos flasharon. ¿Qué es lo que no hay que contarle a nadie?. El último mensaje había sido enviado por Matías a las diez y media de la mañana. “Euu, está la poli afuera”. No había ningún dato más. No había historias en Instagram, ninguno de los diez lo había llamado ni le habían escrito por privado. Recordó el video de la cachiporra y le dio risa. Que giles que son, robarle a los milicos, solo a ellos se les ocurre. Abrió la conversación y escribió Pibeeess, alguno que me cuente que pasó.
Cerca del mediodía se enteraría por Facebook que la noche anterior, en la ciudad geselina, un grupo de rugbiers había matado a golpes a un joven llamado Fernando Báez Sosa.
V.
Salvador solo sale de su habitación para ir al baño. Todas las semanas recibe la visita de un psicólogo y desde principios de febrero está bajo tratamiento psiquiátrico. Tiene la mirada perdida y abre la boca solo para decir lo estrictamente necesario. El rugby ya no le interesa, hace meses que dejó de ir al club. Prefiera no enterarse de nada que tenga que ver con el proceso judicial que atraviesan sus amigos. Tampoco quiso visitarlos en la cárcel ni comunicarse con sus familiares. No prende la tele ni usa las redes. Al menos una vez en el día, todos los días desde hace nueve meses, se pregunta lo mismo.
Qué hubiese hecho él de haber estado con los pibes en Le Brique, la noche del 18 de enero de 2020.
"Disculpe las molestias pero le comunico que uno de los chicos (Salvador, así figura en el contrato) no va a viajar por temas familiares. En total confirmados somos diez". Ciro repasó en voz alta lo que había escrito, agregó su nombre al final y envió el mail a la propietaria del chalet que días atrás había reservado.
"Ya le avise a la mina que se bajó Salva" escribiría después en el grupo de whatsapp, qué por voto de la mayoría habían llamado "Arsenales", en honor al equipo de rugby que conformaban. Todos ellos, oriundos de la ciudad bonaerense de Zárate, en alguna oportunidad habían transpirado la casaca del club Arsenal Náutico. Máximo, Luciano, Lucas, Enzo, Matías, Blas, Ayrton, Alejo y Juan Pedro. Los diez confirmados. Los diez que el día 18 de enero de 2020 partirían rumbo a Villa Gesell a hospedarse en un chalet ubicado a tres cuadras del mar y cincuenta metros del centro.
- Salva, la próxima te sumas.
- Que garrón boludo, que justo surgiera esto ahora.
- Ya fue, no me quiero enroscar más porque me caliento. Más vale giles que me cuenten las que se mandan.
- See olvidate chabón, la primer cagada a trompadas te la dedicamos a vos.
- Vamo’ a romper todo lo que dejamos el año pasado.
Jajajaja.
Las risas eran de todos. De los diez confirmados y de Salva, que lamentaba perderse el viaje por un asunto familiar. El verano anterior habían viajado al mismo destino. Primer escapada sin padres custodiando, ni coordinadores ni entrenadores. Playa, boliches, fernet, pepa y minitas. Como decía Enzo cada vez que se deleitaba con algo, ¿qué más querés boludo? Pelea. Todos coincidían que el broche de oro era terminar a las piñas. Donde sea, con quien sea. Cagarse a trompadas les devolvía la misma adrenalina que anotar un try en un partido. Dejar al enemigo ocasional salpicado con su propia sangre representaba la victoria.
Así eran.
Creían que se comían el mundo, por jóvenes, por hijos del poder, por rugbiers que eran. Se movían en patota como las pandillas de los suburbios, pero con la frente en alto y sacando pecho. Máximo, alias El Machu llevaba la delantera, por ser el mayor y por ende, quien tomaba las decisiones, dentro del juego y fuera de él. Los otros diez lo seguían como un rebaño de ovejas sigue al pastor.
Tal como habían planificado en la ida, llegaron al chalet, dejaron los bolsos y se prepararon para ir a la playa más cercana.
- Mirá Salva la de ojetes que te estás perdiendo, escribió Ayrton ni bien pisaron la arena. El más pajero del grupo, acotaría Juan Pedro.
- Que hijo de puta, yo me estoy comiendo un embole tremendo acá en el local y vos me mandas esa foto. ¿Qué van a hacer a la noche?
- Acá le preguntamos a unas minitas y dicen que se pone Le Brique, respondió Matías.
- Uh zarpado Le Brique, es el que está en una esquina no?
Trascurrida la tarde, ninguno de los diez respondió su interrogante. Qué clavada de visto me pegaron, pensó Salvador. Tampoco le importaba demasiado la precisión geográfica del boliche. En realidad lo que le molestaba era haberse perdido la playa, los boliches, el fernet, la pepa y las minitas con los pibes. Horas después, recibiría otro mensaje.
- Che Salva, te dedicamos esta.
- ¿Qué cosa boludo?
- Pará que está cargando el video. Ahí llega.
- ¿Qué es eso? ¿De dónde lo sacaron?
- Una cachiporra gil, se la robamos a la cana
- Nah, me jodes. ¿Pero cómo fue? ¿Se agarraron con la cana?
- Después te mando audio que estamos por entrar
Esta vez Salvador respondió con un sticker y resolvió dejar el celular a un costado para no amargarse más. Prendió la play e intentó concentrar toda su atención en una jugada de Dark Souls III hasta quedarse dormido.
II.
“Acá se pone Le Brique” dijeron al unísono las dos.
- ¿Ustedes van a ir ahí hoy? Les preguntó Ayrton.
- Si, seguro, dijo la de ojitos claros. Es el único boliche, o sea hay bares copados pero la mayoría termina en Le Brique.
- Podríamos arreglar para ir juntos.
- Paaará chabón, recién llegas, lo cargoseó Blas. No le den bola chicas, es un plomo este flaco.
- ¿Qué dije? Bueno, si nos cruzamos es el destino. Por lo menos dígannos como se llaman.
- Paula.
- Valentina.
Paula y Valentina tenían razón. Después de las dos am, Le Brique explota. Todos los jóvenes, geselinos y turistas parecen estar ahí metidos a presión. Desde arriba no se ven más que cabezas moviéndose al ritmo de la música que suena. Machu no baila, dice que eso hacen los putos. Se queda en la barra, cancherea su lomo trabajado mientras busca una presa con su mirada de ganador. Blas, Matías y Luciano prefieren el agite de un buen DJ. Se emborrachan, se empastillan hasta terminar doblados. Ayrton va y viene de una pista a la otra buscando a Paula o a Valentina, da igual. El resto se pierde entre la multitud. En algún momento de la noche Machu se cruza con Ciro.
- Boludo, voy a salir un toque, me estoy cagando de calor.
- Dale vamo’ posta que no se aguanta acá.
Suena Adán y Eva de fondo. Machu va delante abriendo camino entre los que bailan y gesticulan la letra de Londra. Ciro lo sigue, como el rebaño sigue a su pastor, hasta que se tropieza con una montaña de mochilas. Se le cae el trago y putea. La concha de tu madre, gil. Empieza a mirar a los costados, buscando un culpable. Lo elige al azar y lanza la primer trompada. El pibe que la recibe intenta frenarlo. No entiende que pasó. Es más corpulento que Ciro pero no tiene en su sangre el instinto de pelear. Se arma un ring en la pista. De un lado festejan, del otro piden por favor que paren. Aparecen dos patovicas, los separan y los largan a la calle como fieras.
- ¿Qué pasó boludo?
- Negro de mierda, lo voy a recagar a trompadas, se quiso pasar de vivo
- ¿Cuál es?
- Ese que cruza, el de remera blanca. Hijo de puta, lo voy a reventar
- Pará, pará que le aviso a los demás que estamos afuera.
Machu saca su teléfono del bolsillo trasero de la bermuda y escribe en el grupo: Pibes, salgan afuera que hay paliza.
Uno a uno van saliendo.
El jefe dio la orden y los nueve restantes la respetan a rajatabla sin preguntar demasiado. Se encuentran en la esquina y Ciro señala otra vez al pibe de remera blanca que está tomando un helado en la vereda de enfrente, junto a otros tres. Ese que está ahí, el negro puto de remera blanca. Cruzan la calle en silencio, los diez, arremangándose, sacando pecho, preparando los puños.
Llegó el momento más esperado de la noche.
Lo sorprenden por detrás, pateándole la cabeza a la altura de la nuca.
Son diez contra cuatro. Diez rugbiers contra cuatro pibes de barrio. Diez atacantes contra cuatro inocentes, que intentan esquivar los golpes.
El negro de remera blanca es el que más recibe.
Le pegan hasta dejarlo sobre el asfalto. Y sobre el asfalto, le pegan aún más.
Con saña, con odio, con ira infundada.
Le pegan por negro,
por pibe de barrio,
por tener la mala espina de haberse cruzado esa noche en su camino.
Ya ni se defiende, solo ruega que termine.
Ciro se aleja y con su iphone filma la golpiza como si se tratara de un espectáculo que más tarde compartirá en las redes. En la grabación se escucha a Machu gritar “Quédate tranquilo, que a este me lo llevo de trofeo” y con toda su ferocidad, junta aire en los pulmones y pega la patada final.
Las cámaras de la cuadra dejaran en evidencia como los diez rugbiers desaparecen de la escena, separándose en dos grupos al doblar por la derecha. Se retiran con aires de conquista, por haber dejado al pibe de remera blanca desangrándose.
Los otros tres, los que también recibieron golpes pero no letales, se arrodillan sobre el cuerpo tendido en la vereda gritando con desesperación, Fernando.
III.
Alejo está nervioso. Camina apurado sin saber bien a donde se dirige. Saca el teléfono y escribe en el grupo. - ¿Dónde están giles?
- Estoy yendo a la casa vengan, responde Lucas. A los cinco minutos vuelve a escribir. - Yo estoy buscando a este Ciro es pajero... Me dice vení al mercado que pasamos siempre, estoy en el mercado a la vuelta del hotel y no están amigo... es más lolo este Ciro.
Pasan otros cinco minutos. Ninguno responde. Lucas empieza a perder la paciencia. - Acá cerca donde está el pibe y están todos ahí a los gritos, está la policía, llamaron a la ambulancia... caducó.
- Ahí estamos yendo, ahora vamos a la casa, estamos acá a la vuelta... ahora vamos, responde Ciro finalmente. Se agarra la cabeza, continua escribiendo, se arrepiente y cierra la conversación como si alguien estuviese observándolo de cerca. Deja pasar dos minutos, resopla y vuelve a abrirla.
- Chicos, no se cuenta nada de esto a nadie.
IV.
Que habrán hecho los pibes anoche. Eso fue lo primero que se preguntó Salvador la mañana del 19 de enero de 2020, luego de apagar la alarma que lo despertó.
Con los ojos entreabiertos y la boca aún reseca, abrió el whatsapp y se alegró al ver mensajes en el grupo. Fue hasta el sticker con el que había dado fin a la conversación la noche anterior y leyó lo que estaba escrito debajo.
“Salgan afuera que hay paliza”.
Había sido escrito por Machu a las cuatro am. Estos se la dieron en la pera, pensó. Y continúo leyendo. Cuarenta minutos después, Alejo preguntando dónde están los demás. Lucas busca a Ciro. Policía. Ambulancia. Caducó. ¿Caducó?. ¿Qué carajo pasó? Estos flasharon. ¿Qué es lo que no hay que contarle a nadie?. El último mensaje había sido enviado por Matías a las diez y media de la mañana. “Euu, está la poli afuera”. No había ningún dato más. No había historias en Instagram, ninguno de los diez lo había llamado ni le habían escrito por privado. Recordó el video de la cachiporra y le dio risa. Que giles que son, robarle a los milicos, solo a ellos se les ocurre. Abrió la conversación y escribió Pibeeess, alguno que me cuente que pasó.
Cerca del mediodía se enteraría por Facebook que la noche anterior, en la ciudad geselina, un grupo de rugbiers había matado a golpes a un joven llamado Fernando Báez Sosa.
V.
Salvador solo sale de su habitación para ir al baño. Todas las semanas recibe la visita de un psicólogo y desde principios de febrero está bajo tratamiento psiquiátrico. Tiene la mirada perdida y abre la boca solo para decir lo estrictamente necesario. El rugby ya no le interesa, hace meses que dejó de ir al club. Prefiera no enterarse de nada que tenga que ver con el proceso judicial que atraviesan sus amigos. Tampoco quiso visitarlos en la cárcel ni comunicarse con sus familiares. No prende la tele ni usa las redes. Al menos una vez en el día, todos los días desde hace nueve meses, se pregunta lo mismo.
Qué hubiese hecho él de haber estado con los pibes en Le Brique, la noche del 18 de enero de 2020.
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