martes, 5 de enero de 2021

LA VENTANA.

La ventana de mi cocina da de frente a la suya. La hora de la cena es la que más me gusta. Ella suele aparecer alrededor de las nueve, con el pelo envuelto en una toalla y una bata aleopardada. Supongo que es una especie de ritual, llega de trabajar y va de inmediato a la ducha, a quitarse del cuerpo la transpiración del día. Me gusta imaginarla desvistiéndose. Una vez la vi entrando a su edificio y llevaba puesto un ambo de color celeste. Debe ser enfermera o tal vez veterinaria, pensé en aquella oportunidad. Debe desprenderse los botones de la chaqueta mientras con una mano intenta bajarse el pantalón. Parece que es su momento del día también. Pone música que no alcanzo a escuchar y la veo bailar, mientras revuelve en la alacena buscando qué preparar. Se quita la toalla y deja que el pelo le caiga sobre los hombros o se lo recoge en un rodete de entrecasa. Es morocha y aunque no veo bien el color de sus ojos, imagino que son claros. Disfruto tomarme un vaso de vino tinto, a oscuras, mirándola. Sospecho que sabe que la observo y sospecho también, que eso le gusta. Cada tanto parece levantar la vista a la altura de mi ventana, como si esperara que yo me asome. Por su expresión deduzco que sonríe. Incluso a veces parece morderse con delicadeza el labio inferior. Pongo música imaginando que con su dedo índice me invita a bailar. Prendo un cigarrillo y largo el humo, fantaseando que llega a su boca. Ella sigue cocinando al ritmo de la canción que suena. Cierro los ojos y me dejo llevar. Entro a su cocina, ella me mira, yo me paro detrás. Se menea con sensualidad, dando golpecitos sobre mi pelvis. Envuelvo su cintura con mis brazos y le desato el nudo de la bata dejando que caiga hasta los pies. Date vuelta, le digo al oído. Sus tetas quedan a la vista. Sus aureolas son negras y sus pezones, particularmente erguidos. La miro así, de cerca, disfrutándola. Su boca. Su cuello. El abdomen. La profundidad de su ombligo. Con mis manos la recorro lentamente hasta sentir que se impacienta. Ella cierra los ojos y suelta un suspiro. Siento su respiración entrecortada. Me gusta suponer que la pongo nerviosa. Esquivando mi mirada, decide sentarse sobre la mesada. Busco su boca con la mía, levantando su cara desde el mentón. La tomo con fuerzas de los cachetes del culo, acercándola hasta el borde y me agacho, recorriendo su entrepierna con la punta de mi nariz. Le muerdo los muslos, se los sujeto con presión. Le bajo la bombacha, ella termina de quitársela con desesperación. Mi lengua va y viene, de un labio hacia el otro y se detiene en el centro. Dejo que mi saliva se mezcle con su flujo. Dulce su olor a sexo. Me pide que siga. Que se la chupe. Que no pare. Sigo. Se la chupo. No paro. Más lento, me dice. Paso mi lengua con suavidad, me concentro en el clítoris, noto que ahí la enloquezco. Me lo hace saber. Así, me dice. Ahí. Seguí, no pares. Cógeme por favor. ¿Te gusta así? Tomo su mano y la llevo hasta mi entrepierna. Quiero acabar con ella. No sé qué hacer, me dice. Dejate llevar, le respondo. Me penetra con su pulgar, primero tímidamente, después con astucia entra y sale una y otra vez. Contengo el orgasmo, lo demoro mientras su dedo me explora entera por dentro. Un espasmo me devuelve a la realidad, abro los ojos y vuelvo a mirar hacia su ventana. Ella ya no está ahí. Tomo un sorbo de vino, largo un suspiro y prendo otro cigarrillo.




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