Apenas viste que saqué el termo del bajo mesada, te paraste en dos patas y empezaste a ladrar.
Ya te saco, espeeera. Caliento el agua y salimos.
Me gustaba hablarte así, como si entendieras el significado de cada palabra que te dirigía.
Inmediatamente te acercaste al perchero donde estaba colgada siempre tu correa.
Hacía ocho años que te había adoptado y aun me sorprendía esa habilidad tuya para asociar mi acción de sacar el termo del bajo mesada con el paseo por la playa. Y te lo festejaba, porque para mi eras el único perro capaz de alcanzar ese razonamiento.
Bueno vamos, que tenemos un ratito nomás.
Te puse el collar, busqué mi abrigo y salimos. Era una tarde típica de comienzo de invierno en La Feliz. Hacía frío. Ese frío que parece el más crudo de los últimos años, porque aun el cuerpo no se acostumbró a las bajas temperaturas. Solía llevarte a la playa en temporada baja, aprovechando la tranquilidad de los balnearios. En verano resultaba imposible, porque era tal tu exaltación ni bien pisabas la arena, que corrías de acá para allá, te metías debajo de las sombrillas, pasabas por encima de los castillitos de los nenes y de la gente echada al sol, desparramando arena para todos lados. Más de una vez nos llevamos un insulto, por lo que finalmente decidí que la playa se reservaría para los días fríos.
Sí, estamos llegando, pará que corte el semáforo.
Antes de cruzar la avenida, ya sabías que estábamos cerca. Movías la cola y me mirabas con esa expresión agradecida.
Bajamos en Alfonsina. En invierno no hay grandes diferencias entre un balneario y otro. Se desarman las carpas, cierran los paradores privados y las playas se reducen a una enorme extensión de arena dividida por montículos de piedras. Aun así, se nos había hecho costumbre ir siempre al mismo.
Y ya sabías, también que era ahí donde frenábamos y bajabamos por la rampa.
Te saqué la correa y empezaste a correr con locura. Me causaba gracia la velocidad que alcanzaban tus patitas cuando tenías espacio para desplazarte.
Me senté en una piedra y empecé a preparar el mate. Me miraste y me ladraste.
Si, ya sé, ya sé. Ahora te la doy.
Era tu momento preferido. El momento en que buscaba en mi bolsillo la pelota. Ahí enloquecías, podía estar horas tirándotela en dirección a la orilla, para que luego me la dejaras cerquita de mis pies.
Así una y otra vez.
Era tu momento.
La cresta de la felicidad.
Te saqué una foto.
Seitán, ni el frío te detiene.
Publiqué la foto y te miré.
Ahí estabas, con la lengua afuera de la agitación.
Te di agua en tu tachito. No dejaste ni una gota y enseguida volviste a buscar la pelota.
Era tanta la euforia que no querías perderte ni un minuto.
La pateé con fuerza y saliste corriendo atrás hasta alcanzarla. La cargaste con los dientes y emprendiste la vuelta.
De pronto tus patas se volvieron débiles y empezaste a tambalear.
Seitán, Seitan!. Corrí hasta donde habías quedado paralizado.
Tu corazón latía, pero no podías moverte.
Empecé a gritar, pidiendo ayuda, pero no había nadie a la vista.
No aullabas, no ladrabas, no emitías ninguna manifestación de dolor.
Te cargué como pude hasta la rampa y ahí tus ojitos se cerraron, con la expresión de haberte ido justo en la cresta de la felicidad.
Te habías ido, Seitán, te habías ido para siempre.
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