La Coca. Así le gustaba que la llamen.
Cada vez que llegaban nuevos inquilinos a alguno de los departamentos del complejo, ella se acercaba a la puerta, tocaba el timbre y con ademanes, pedía un papel y una lapicera a quien le abriera. Escribía "Coca del dos" y con más ademanes, hacía entender que era sordomuda. No escuchaba ni podía pronunciar palabras, aunque había adquirido una gran habilidad para emitir sonidos guturales que se asemejaban al habla. Y así se comunicaba, entre ademanes y sonidos guturales.
La Coca era la única propietaria del complejo. Sus padres habían comprado el ph en la década del sesenta, pocos meses después de finalizada la construcción. Eran cinco departamentos de tres ambientes, idénticos por dentro y por fuera, que compartían el patio pasante.
La Coca, por primera vez y a sus veintitantos, tendría su habitación, independiente de la de sus padres. Dada su discapacidad, había crecido entre algodones y aun pasada su adolescencia, sus padres la consideraban una niña. No la dejaban salir a bailar y era impensado que presentara un novio. Su papá murió en el año noventa y siete, de un ataque al corazón y La Coca tuvo que enfrentar como pudo la enfermedad de su madre, que desde principios de los noventa, luchaba contra un despiadado Parkinson. Finalmente, a sus cincuenta y tres años, La Coca se quedó sola, por primera vez. Debió hacerse cargo de las cuentas, del mantenimiento de la casa, de la limpieza y la comida. No tenía otro ingreso más que su pensión y no tenía trato con nadie, más que con sus vecinos y el almacenero de la vuelta. Indudablemente, la rutina en soledad y el paso de los años la volvieron aún más ermitaña y desconfiada. Sospechaba de cualquier actitud que tuviesen para con ella, incluso tratándose de un gesto bien intencionado, que dado su mal genio, tampoco abundaban. Solía tomar de punto a los nuevos vecinos, buscando cualquier argumento para despotricar su cólera. Cuantos más jóvenes eran, más se ensañaba con ellos. Se quejaba de las motos estacionadas en el medio del patio, de las hojas que caían de los árboles que, de no ser ella, nadie barría. Se quejaba del olor a churrasco, del humo del cigarrillo y de las visitas nocturnas. Detestaba al perro del primero y a las nenas del tercero, que corrían de una punta a la otra.
Diego, el del quinto, se había mudado unos meses atrás. Cansado del hostigamiento de La Coca, había optado por no dirigirle la palabra. “Para mí, estás muerta” fue lo último que le dijo.
Sonia, la del tercero, era la que más paciencia le tenía, porque ya le conocía las mañas, ya sabía cómo responderle si se le aparecía con alguna historieta. “Vos no le des pelota, ya se va a cansar” le decía a cada vecino que acudía a ella buscando complicidad. En el fondo, le daba pena. Es que sus días eran chatos, parecían no diferenciarse uno del otro. Se levantaba alrededor de las diez y tomaba el mate cocido sentada en la mesa de su cocina comedor. Podía permanecer horas así, mirando hacia la ventana esmerilada, que daba al patio pasante. Cerca del mediodía salía a barrer las hojas que caían sobre los veinte metros cuadrados que le correspondían a su propiedad. Rara vez levantaba la persiana de la habitación delantera. Siquiera abría la ventana. Tampoco entornaba la puerta de entrada para ventilar el interior. Tal era su recelo hacia el mundo, que no dejaba entrever la intimidad de su hogar ni por el espesor ínfimo de una hendija.
Su casa olía a condensación, a encierro de larga data. Así olía La Coca.
Visto así, podría pensarse que nadie demostraría la mínima inquietud ante su ausencia. Sin embargo, el día que La Coca no salió a barrer las hojas que caían sobre los veinte metros cuadrados que le correspondían a su propiedad, todos, incluso Diego, incluso las nenas del tercero, todos, lo advirtieron. Por la mañana, Sonia le había dejado la correspondencia debajo de la persiana y por la noche, el sobre seguía allí. Al percatarse, se dispuso a preguntar, puerta a puerta, si alguien la había visto u escuchado durante la tarde. A mí me pareció escucharla anoche, dijo Marcela, del primero. Por suerte no la vi en todo el día, bromeó Diego. ¿Alguien le tocó timbre? ¿Preguntaron en el almacén? ¿Le habrá pasado algo?. Era de suponer que ante un accidente o una fatalidad, los primeros en enterarse serían precisamente sus vecinos. Y tal vez, los únicos, dado que nunca había recibido parientes ni amistades de visita. Bueno, yo le toco el timbre, determinó Sonia. ¿Y cómo va a escucharlo si es sorda? Preguntó Diego. Creo que el suyo funciona con luces y vibración, supuso Pablo, el del primero, el del perro que La Coca detestaba.
Finalmente los cuatro se pararon frente a la puerta del ph dos. Tocó Sonia. Nada. Tocó Marcela. Nada. La luz de afuera, apagada. Al ver que no había respuesta, decidieron levantar la persiana de la habitación. La luz estaba apagada, no así la de la habitación de atrás, donde suponían que La Coca dormía. De ella no había rastro, pero en el ángulo que se formaba dada la iluminación de la parte posterior de la casa, se alcanzaba a ver un zapato suelto en el pasillo y lo que llamó la atención de los cuatro, una hornalla prendida. Eso explicaría los vidrios empañados.
¿Qué hacemos? Pregunto Diego. Llamemos a la policía y que rompan la puerta, respondió Marcela. Nosotros no podemos entrar, es invasión a la propiedad privada.
Todos coincidieron que era lo mejor, ante la sospecha de que se trataba de una intoxicación por monóxido de carbono. La Coca no tenía estufa, solía dejar prendida la hornalla para calefaccionar. En alguna ocasión, Sonia le había dicho que eso no era conveniente, considerando los achaques de la edad y su memoria. Temía que se dejara el gas prendido y todo el complejo explotara por un descuido.
Llegó la policía. Dos uniformados, un hombre y una mujer. Le explicaron la situación y con destreza, rompieron la puerta.
Los cuatro esperaron afuera.
Está en la habitación de atrás, inconsciente pero respira. Se ha caído, dijo el policía. Y se ha hecho encima, hay un olor asqueroso, agregó su compañera. Le damos aviso a los paramédicos, que se la lleven al hospital, está con muy poco pulso. ¿Podré entrar a cambiarla? Soy enfermera, explicó Marcela. Había quedado impactada por el trato frío de los policías.
Marcela entró a la habitación y vio a La Coca tendida de costado en el piso. Tenía un golpe en la cabeza. Dado el lugar en el que había caído, era posible suponer que al desvanecerse, se haya golpeado con la punta de la mesa de luz. Hacia mucho calor ahí dentro y Marcela sospechó que ese había sido el motivo del desmayo. Abrió el placard y buscó una muda de ropa.
No era de impresionarse con facilidad, pero por un momento se vio con La Coca moribunda en su habitación y le dio un escalofrío. Como pudo, le quitó el pantalón. Al bajárselo, notó que en sus piernas tenia hematomas. En los muslos, a la altura de los gemelos, en la cadera. Moretones característicos de una golpiza reciente. Le sacó el chaleco que llevaba puesto y la camiseta que tenía debajo. Más hematomas, por todos lados. Los brazos hinchados, la piel violácea. Esto no fue una caída, se dijo a si misma. ¿Cómo podía ser que la encuentren toda golpeada, en su casa y nadie haya oído ni visto nada? No parecía tratarse de un robo, no había nada revuelto, ninguna ventana rota. Tampoco es que La Coca tuviese mucho que robarle. ¿Y si fue alguien conocido?.
Sabía que no correspondía pero sacó el celular y la fotografió.
¿Ves? ¿Ves lo que te digo? Está toda golpeada, alguien se le metió en la casa y la cagó a palos. O le abrió la puerta ella, pensando que era alguien de acá, anda a saber. Sonia miró la primera foto y apartó la vista. Ay no, no. No puedo ver eso, me hace mal. Qué le habrá pasado, pobrecita. La llegada de la ambulancia interrumpió la conversación. Como si se tratara de un trámite, los camilleros la cargaron y la trasladaron hasta el interior del vehículo. La Coca no reaccionó en ningún momento.
- La llevamos para que pueda morir en otras condiciones, dijo uno de ellos, intentando dar algún pronóstico prematuro.
Los cuatro se quedaron en silencio, parados en medio del patio pasante, a la altura del ph dos. Los policías habían roto la puerta y el interior de la casa de La Coca había quedado a la vista de todos, por primera vez.
- Tendríamos que solucionar el tema de la puerta dijo Pablo. Mañana algo inventamos, le respondió Diego, que había quedado en shock al ver a La Coca en la camilla. Mirá que yo a la vieja no la quería eh, pero un final así no se lo merece nadie.
- Y habría que dejar alguna ventana abierta para que ventile un poco. No se puede respirar ahí adentro, acotó Marcela.
- Yo vuelvo a casa, gente. No hay mucho más por hacer. Mañana hablamos.
Ante la conmoción, hablaban sin escuchar lo que decían los demás. Pablo se despidió mientras los otros tres ingresaban a la casa. Recorrieron los ambientes como si se tratara de un museo histórico, a la vez que arriesgaban hipótesis de lo que podría haber ocurrido allí.
- Acá hay una llave, dijo Sonia, señalando el apoyabrazos del sillón. Eso significa que La Coca cerró la puerta y después se desvaneció, conjeturó.
Intentó probar la cerradura, pero había quedado falseada por el operativo policial.
- Si, o quizás había otra copia y la persona que entró, abrió y cerró con otra llave, supuso Diego.
Finalmente, los tres regresaron a sus hogares.
Al día siguiente, por la tarde, un llamado del hospital daría aviso del fallecimiento de La Coca. Consternada, Sonia se ofreció a firmar el acta de defunción. Marcela la acompañaría. Supieron así que La Coca se llamaba Matilde Lescano y que murió a dos días de cumplir ochenta y tres años.
Pese a sus sospechas, por temor a verse incriminadas en el caso, acordaron no decir ni preguntar nada acerca de los hematomas que habían visto en el cuerpo de la ahora difunta.
Fallecimiento por causas naturales, determinó el acta. Específicamente, ataque cardíaco.
Debajo y en silencio, firmaron las dos.
No hay comentarios:
Publicar un comentario