Me hubiese gustado decir que tuve una abuela a la que quise mucho y de la que tengo los mejores recuerdos. Esas abuelas que hacen galletitas que huelen a infancia y que te hacen arañita con las uñas a la hora de dormir. Pero no. Mi abuela era lo más alejado a la abuela Paquita o la abuela Mimí, que ya vienen con apodos que inspiran cierta ternura. Me cuesta incluso decir su nombre, de solo pronunciarlo se me eriza la piel, como se me erizaba cuando la escuchaba entrar al cuarto haciendo sonar el cinturón. Plaf, plaf, plaf. No veía más que sus botas, unas botas horrendas de cuero negro acharolado, que encima eran enormes, porque ella era alta y corpulenta. Horrendas como ella. No veía más que sus botas porque cuando empezaba a llamarme, yo ya estaba escondido adentro del placard. Agatha se llamaba. Nombre de bruja, de arpía, de víbora malvada. Con los años entendí que era lo que tanto le molestaba de mí. Yo era morocho, descendiente de judío por parte de mi mamá. Y ella era de apellido Diermissen, hija de alemanes, criada bajo el Tercer Reich. A los judíos hay que hacerlos jabón repetía cada vez que encontraba oportunidad de maldecirlos. Y digo maldecirlos, porque yo no fui practicante. De grande y por curiosidad aprendí lo que era el Pesaj y la Kipá, pero mi mamá nunca me inculcó los hábitos. Supongo que ya había sufrido en carne propia el odio de mi abuela, que no perdía oportunidad para condenar la elección de mi papá, que se habia enamorado de una judía, tanto tanto que se metió los principios fascistas en el tujez. Sí, porque no soy judío, pero me encantaba decirle a mi abuela la palabra tujez, cada vez que se daba vuelta. Tujez, tujez, cara de tujez tenés. Afortunadamente no fui muchas veces a su casa, porque mi papa sabía que no la quería. O sabía que ella no me quería a mí y era capaz de llevar a cabo cualquier acto de salvajismo. Pero en el fondo el esperaba que, al conocerme, su corazón de piedra se ablandase, como si la sangre fuese a pesar más que sus ideologías. Una vez mi papá me mandó a su casa por dos semanas, porque mamá se había pescado una viruela o algo así y no podía levantarse de la cama. Entonces mi papá no tuvo mejor idea que pedirle a mi abuela que me cuide unos días, para evitar que mamá hiciera más esfuerzo del que podía. Mi abuela delante de papá era una santa, porque además de malvada era una fayuta. Su hijo era lo más preciado que tenía, aunque estuviese casado con una judía. Me acuerdo que papá me dio un beso en la cabeza, abrazó a la vieja arpía y cerró la puerta de entrada. Yo por dentro deseaba que se arrepienta y vuelva a buscarme. Ella se quitó las botas esas horrendas y me pidió que le corte las uñas de los pies.
Yo tendría siete, ocho años. A mí me cortaban las uñas. No sabía ni como agarrar la tijerita. Le dije que no, moviendo la cabeza. No me salían las palabras. Me levantó de los pelos, me arrastró hasta el fondo del patio y me metió debajo del agua helada del tanque. Por días lo único que me dio de comer fueron higos, que yo mismo levantaba del patio porque era lo que ella me ordenaba hacer ni bien me despertaba. Odio los higos, tienen olor a Agatha, no puedo ni acercarme a una higuera sin sentir que me respira ella al lado, gritándome palabras horribles, diciendo dale judío, levántalos porque sino hoy no cenas, riéndose a carcajadas, con esos dientes amarillentos y ese gesto de sorna, de vieja cínica. Me encantaría decir que ame a mi abuela, pero es el día de hoy, que por suerte lleva más años muerta de los que la recuerdo viva, que la aborrezco como nunca aborrecí nada en toda mi vida.
·
No hay comentarios:
Publicar un comentario