jueves, 7 de marzo de 2024

MOMENTO BISAGRA.


Hay circunstancias en la vida que nos marcan un antes y un después. Un momento bisagra. Un punto de quiebre. Pero aunque dicho así parezca un evento abrupto, esto no sucede de un tirón, más bien puede experimentarse como un lento renacimiento.

Haciendo una burda representación, esto podría verse como cuando te quitas frente al espejo todo lo que llevas puesto, sin antes haber resuelto la ropa que te pondrías después.

¿Qué pasa entonces? Quedas al desnudo en ese trance y no tenes más alternativa que mirarte a vos mismo sin vestiduras.

En este mambo astral estaba cuando me topé con una frase que convertí en una especie de horizonte.

“Para salir, hay que pasar por el medio’’.

Es decir, nunca llegas a ver la luz al final del túnel si no te dispones a atravesarlo. En cualquier orden de cosas que se aplique, ningún proceso es posible si este no se transita. Y para que eso efectivamente suceda, hay que desarticularse; hay que mover fichas en el tablero, hay que romper viejos esquemas que ya no nos funcionan, dejar de hacer las cosas como las veníamos haciendo para aprender otra manera distinta de hacerlas; volver a foja cero si es necesario y rearmar otra vez la estantería; el punto es que en esa instancia, quedarse quieto esperando un milagro, ya no es opción.

Ahora bien, cualquier movimiento implica salirse de la zona de confort, salirse de ese refugio que fuimos construyendo a base de repetir las mismas acciones, que de tanto repetirlas nos brindan la calma de lo conocido, con el costo de perdernos lo que está afuera. Y sí. Cuesta salir de la cama calentita en pleno invierno.

Aunque algunos puedan tomarlo como un desafío, sospecho que en líneas generales a pocos les gusta incomodarse.

Volviendo a la escena anterior; supongamos que en un momento determinado te miras al espejo y en un acto de autocompasión, decidís deshacerte de la ropa agujereada, manchada y estirada, aunque eso implique tener que salir después a buscar con qué vestirte o bien, quedarte en pelotas mirando como llegaste al mundo.

Bueno. Ese lapso entre lo que queda atrás y lo que está por venir es el momento bisagra del que les hablaba más arriba; el puntapié de una transformación que a esa altura del partido se impone como un acontecimiento impostergable.

Estás ahí, frente a tu propio reflejo, en un punto suspensivo entre el antes y el después y hay que bancar ese proceso. Hay que atravesar la incertidumbre, el vacío, la habitación en silencio, la incomodidad de verte desnudo, el encuentro a solas con vos mismo del que ya no podes hacerte el desentendido.

Es entonces en el transcurso de ese lapso, que sucede algo maravilloso.

Te das cuenta que estás hecho pedazos, pero estás.

Quiero decir, si lo pensamos como una línea de tiempo, entre el antes y el después, lo que hay lógicamente es el aquí y ahora. Y ahí donde estás parado, frente a tu existencia como única certeza en este mundo, no interesa de donde venís ni a dónde vas, te basta con ser consciente del momento presente, con registrar en primer término que tras el desmoronamiento de tu vieja estructura, todavía estás ahí, vivito y coleando.

A partir de ese momento, algo cambia. Cambia tu perspectiva de las cosas. Es como si finalmente entendieras de qué va la vida, la importancia de sentar cabeza donde tenes plantados los pies. Porque parado en el presente, sos consciente de la finitud del tiempo y ya no estás dispuesto a perderlo en lo que pasó o en lo que podría pasar. Es como si soltaras el control y dejaras que tu atención se centrase en el único canal disponible en ese momento.

Los seres humanos tenemos una facilidad sorprendente para corrernos del presente; o nos quedamos anclados en el pasado o nos distraemos con planes a futuro. Y también tenemos una increíble capacidad para acostumbrarnos a ciertos hábitos, sean estos convenientes o no para nuestra evolución. La buena noticia es que así como adquirimos hábitos que definitivamente no nos favorecen como especie, también podemos optar por quedarnos con los que sí nos permiten trascender, al menos en el plano individual.

La filosofía oriental tiene mucho que enseñarnos al respecto.

“Estar inmerso en el momento presente y obtener placer de ello, prestando atención al mismo tiempo al más mínimo detalle es la esencia del arte de la ceremonia del té’ (extraído del libro Ikigai Esencial). Y no creo que se refieran al té que se toma en cinco minutos. Se trata más bien de un estilo de vida, del que los occidentales parecemos estar cada vez más alejados como sociedad. La película "Días perfectos" precisamente lo refleja a la perfección. Vemos al protagonista detenerse y contemplar el cielo cada día que sale de su casa para ir a trabajar. Nos muestra también su afición diaria por sacarle fotos al sol filtrándose entre las hojas de los árboles.

En efecto, la película nos convierte en testigos de su cotidianidad y es eso quizás lo más interesante; porque en la trama el tipo no hace absolutamente nada para sorprendernos ni para ganar audiencia ni para ser reconocido por sus acciones; hasta diría no hace absolutamente nada como para convencerlo a uno de que se quede sentado hasta el final; más bien continúa su rutina apacible como si no hubiera nadie mirándolo.

Está bien, es ficción. Pero una ficción que transmite muy bien el concepto de vivir una vida minimalista, en la que menos es más y en la que la simpleza de las cosas es invaluable; de ahí quizás el nombre. ‘’Días perfectos’’ pueden ser todos los días si se los encara con los pies en el presente. Sin embargo, en un sistema que prioriza la productividad por encima de todo y que nos vende la idea de que el éxito y la felicidad se miden por la cantidad de seguidores y de likes; ¿Cuánto del momento presente se nos esfuma en una publicación? ¿Cuánto de lo que hacemos (y posteamos) queda supeditado a la reacción u aprobación de los demás? ¿Se dan cuenta porqué es más valioso vivir el instante que publicar la foto?

En un intento de responderme estos interrogantes, hace unos meses me propuse experimentar la vida sin redes.

Salirse de las redes sociales hoy es algo así como salirse del mundo para plegarse hacia dentro. Al igual que las tortugas que durante un determinado periodo esconden la cabeza para quedar al resguardo de lo que pasa afuera; yo me adentré en una especie de hibernación en pleno verano. Salí a la vida sí, pero con caparazón. No quería nada que me distraiga del encuentro conmigo misma.

Mi propósito de cada día se redujo simplemente a transitarlo como quien se toma un tren sin saber a dónde se dirige con el único fin de mantenerse en movimiento. Vivir el presente es lo más parecido en mi experiencia a estar de viaje. Será que cuando viajamos, ponemos en marcha todos los sentidos al servicio de la exploración. Estamos ahí. Somos conscientes de nuestra existencia y de lo que nos rodea. Nos dejamos sorprender por lo que acontece, nos detenemos en detalles que probablemente inmersos en la rutina y al ritmo que vivimos, ignoramos por completo.

Entonces, cuando algo nos descoloca, en un primer momento y mientras dure la sacudida, es probable que tengamos la sensación de que nos corrimos del eje, cuando en realidad las circunstancias más criticas son las que suelen centrarnos, empujándonos a valorar lo verdaderamente importante.

Lo que es y lo que está. Los instantes.

El primer mate de la mañana. El solcito dándote en la cara. Una buena conversación. Una juntada familiar. Una canción que te emociona. El olor del hogar. Los domingos en pijama. En estos términos, mi presente se traduce hoy en estar sentada escribiendo todo esto y agradecerle a la vida que mi gran compañera Furia, con sus trece años, ya ciega y un poco sorda, todavía mueve la cola cuando percibe que estoy cerquita suyo. Y yo no pierdo oportunidad para recordárselo.

Esas son las cosas que para mi hoy realmente tienen sentido.

Como dice una canción que tengo pegada hace tiempo y con insistencia en la misma estrofa;

La vida es un momento.

Y lo demás, francamente no importa.

En conclusión;

Date el permiso de frenar y observar.

Date el permiso de dejar atrás todo lo que ya no resuena con vos.

Date el permiso de reinventarte las veces que sea necesario.

Y sobre todo date el permiso de vivir de cara al presente,

de echar raíces ahí mismo donde estás parado.



No hay comentarios:

Publicar un comentario

Ultima entrada:

ESTAMOS TRABAJANDO PARA OFRECERLES UN MEJOR SERVICIO.

Usted puede leer en: