Hace cosa de veinte días, había pasado todo un feriado en casa y no me sentía bien. Tenía encima esa pesada sensación de ir a contramano del mundo.
Cerca de las ocho, hora en la que los domingos y los feriados se agudizan las preguntas existenciales, le dije basta a mi neurosis y decidí salir a pedalear. A pedalear sin rumbo, algo a lo que le fui perdiendo el hábito por esa costumbre del ser humano de andar siempre en plan de ir a algún lado.
Volviendo a la escena, en un acto de rebeldia con el espejo, me dejé el pijama, me puse la campera y salí con el apuro de quien está llegando tarde al encuentro consigo mismo. Me puse los auriculares, la música al mango (no lo hagan, sean prudentes) y deje que el frío en la cara haga lo suyo.
Si pudiera verme de afuera diría que ahí iba una piba cargando una desilusión, con el viento a favor haciéndole un poco de justicia.
En mi cabeza se repetían una y otra vez las mismas preguntas; ¿cuánto tarda en llegar la recompensa?, ¿cuándo llega ese momento en que las cosas se acomodan como las piezas de un rompecabezas?.
Yo, que creo que el universo te escucha si pedís fuerte y claro, estaba empezando a sospechar que a veces se hace el desentendido y uno tiene que arreglárselas con la impaciencia de que llegue su turno o para peor con la duda de si este realmente en algún momento va a llegar.
Así iba, cantando y lagrimeando cada tanto hasta que en modo desconsuelo dije en voz alta algo así como; "universo, daaale, dame una buena que me estoy hundiendo" y seguí. Pedalee hasta la costa para después emprender la vuelta, ya sintiéndome un poco más liviana.
Creer o reventar, cuando llegue a casa, tenía un mensaje, que tiene que ver con esta hermosura de lugar que puedo decir hoy que es mi hogar. A partir de ahí, las cosas sucedieron con la fluidez imparable de un río, con la convicción que uno asegura que dos más dos es cuatro y nadie puede venir a discutirtelo.
"Esta casa te estaba esperando" me dijeron.
Y la verdad, que sí, porque sé de las batallas que tuve que enfrentar para estar acá sentadita.
Ahora ando por la vida con las manos secas y las uñas negras,
huelo a humo y me visto con lo primero que encuentro,
pero ante todo,
estoy tranquila.

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