viernes, 30 de enero de 2026

LO QUE NO SE DICE SE HACE SINTOMA.

Estos días escuché mucho malestar por no decir las cosas. Mucho dolor de garganta, mucha acidez por no digerir lo que se posterga y se acumula, mucho dolor lumbar por el esfuerzo de sostenerse erguido, cargando en la espalda una mochila que cada día pesa un poco más.

¿Por qué será que a veces cuesta tanto decir lo que tenemos atragantado?

Quizás tenemos la fantasía de que al no decirlo, de algún modo eso que no largamos, con el tiempo se va a a evaporar y vamos a olvidarnos del asunto, ocupándonos de otras cosas que sí podemos afrontar.

Muchas veces nos detiene el hecho de pensar que si hablamos, habrá consecuencias; cuando en realidad ya sufrimos las consecuencias por no hablar. Imaginamos una infinidad de escenarios posibles, ensayamos una y otra vez qué decir y cómo decirlo y hasta que respuesta podemos llegar a recibir; olvidándonos que siempre va a ser mejor actuar que especular, porque suponer requiere de muchísimo tiempo y energía que se consume por inercia, como si dejaras que la batería del celular se vaya agotando hasta apagarse, sólo por el paso del tiempo.

Pero eso que no decís, eso que te quita el sueño y te lleva a comerte las uñas, a darte un atracón o a fumarte un atado de cigarrillos en un par de horas, eso que no decis y pateas siempre para adelante esperando ilusoriamente que llegue el momento ideal; no sólo no se va, sino que se reserva un lugar cada vez más grande en tu cabeza y desde ahí, hace estragos. Impacta en la salud, en el sueño, en el apetito y en la manera en la que nos relacionamos. Precisamente porque lo que no decimos con palabras, lo decimos con actitudes, olvidándonos también que para tener vínculos sanos, en muchas circunstancias, hay que tener conversaciones incómodas (lo leí por ahí y lo tomé como premisa). Y porque lo que no decimos con palabras, se instala en el cuerpo y se hace sintoma.

Es increíble a cuanto malestar nos exponemos por no abrir la boca; por no dejar salir lo que tiene que salir. Y es increible porque desestimamos que el mismo acto de hablar ya es liberador, más allá de lo que el otro nos responda. Simplemente porque te lo sacas de adentro. Y para sorpresa, pasa muchas veces que al decir eso que viene carcomiendote el coco hace rato, te das cuenta que no era ni tan difícil ni tan terrible. 
Y hasta incluso, te das cuenta que fue para mejor.

No importa que no salga como esperabas, lo que importa es que salga. 
Después ves como seguir.

Muchas personas se distancian por años por no sentarse a hablar. O lo que se lamenta aun más; muchos se van de este plano y dejan la herida sin cicatrizar de una conversación pendiente.

Y ahí si, ya es demasiado tarde.

Por eso deseo que puedas decir eso que tenes atragantado. 
Que dejes de ensayar distintas versiones detrás del telón y salgas a escena de una vez por todas, dispuesto/a a abrir la boca y hacerte escuchar.

Hay que atravesar la trinchera que imponen las primeras tres palabras.

TENEMOS QUE HABLAR.

El resto medio que sale solo.

¿Te animás?

  

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