jueves, 4 de junio de 2026

QUE DIRIA FREUD DE LOS INFLUENCERS.

Universidad Nacional de Mar del Plata. Facultad de Psicología.

Maestría en Psicoanálisis 2026.



INTRODUCCION
'Parece que estamos sueltos pero esto no es libertad, es que la jaula es tan grande que parece que volas''. 
Gabo Ferro. 

 

Si hay un enunciado de Lacan que resiste más allá de toda coyuntura, es precisamente el ya conocido: “Que renuncie, pues, quien no pueda unir a su horizonte la subjetividad de su época” (Lacan, 1993). En otras palabras, quien se aventure en la práctica psicoanalítica no puede hacerlo por fuera de las coordenadas históricas y culturales de su tiempo. La subjetividad no se constituye sobre una tabula rasa; se encuentra atravesada por discursos de diversa índole que la moldean: un entramado social, cultural, económico, institucional, tecnológico e ideológico que produce determinadas formas de subjetividad y no otras.


Esto nos conduce inevitablemente a analizar las coordenadas del contexto contemporáneo y sus efectos subjetivos. Nos encontramos inmersos en un escenario caracterizado por la caída de los grandes relatos modernos, la fragilidad del lazo social y el auge del individualismo neoliberal. Estas condiciones han favorecido la emergencia de nuevas figuras en redes sociales y plataformas audiovisuales, tales como los llamados influencers espirituales o gurúes del desarrollo personal, entre otras autodenominaciones.

Frente al debilitamiento de aquellas narrativas que, en la modernidad, ofrecían respuestas a la incertidumbre subjetiva, emergen nuevos discursos que prometen sentido allí donde algo falta. Es en este punto donde los influencers espirituales adquieren relevancia, ofreciendo respuestas rápidas, fórmulas de bienestar y nuevos modos de identificación. En muchos casos, estas figuras de autoridad simbólica reconfiguran antiguas ilusiones religiosas en clave neoliberal, bajo la promesa de autosuperación, éxito personal y plenitud “en el nombre de Dios”.

El presente trabajo, realizado en el marco del seminario Problemas Contemporáneos del Psicoanálisis surge inicialmente de una observación de campo vinculada a una inquietud personal acerca de la proliferación de estos discursos y de la adhesión masiva que generan. A partir de ello, me propuse indagar cómo ciertos contenidos logran viralizarse hasta conformar comunidades de seguidores que reproducen, muchas veces sin cuestionamiento crítico, las ideas y mandatos de estas figuras.

Considero que este fenómeno exige, al menos, una reflexión crítica.

¿Qué condiciones de época favorecen la emergencia de estos discursos? ¿Qué necesidades subjetivas interpelan? ¿Qué promesas ofrecen? ¿Qué vacío intentan colmar?

A partir de aportes del psicoanálisis y de autores contemporáneos que abordan las vicisitudes de la subjetividad actual, este trabajo intentará aproximarse a alguna respuesta posible sin perder de vista aquello que, justamente, se encuentra en riesgo: la subjetividad misma.




DESARROLLO

Para arribar a alguna respuesta a las preguntas suscitadas en la introducción respecto a la emergencia de los influencers en el contexto actual, es preciso inicialmente recuperar el concepto de subjetividad. En este sentido, partimos de la distinción entre subjetividad y sujeto que hace Mario Pujó (2023) afirmando que ‘’el sujeto no es sino el efecto del lenguaje sobre el organismo viviente’’, precisamente por eso es un sujeto dividido. En cambio ‘’la subjetividad nombra las representaciones que la sociedad de una época ofrece al sujeto para vivir su división más íntima, los recursos y alternativas que propone para suturarla, dando un sentido y una dirección a la vida, que asume colectivamente la forma de un estilo, una tendencia, una modalidad más o menos caracterizada históricamente ’’ (Pujó, 2023)

Entonces, el espíritu de la época, tal como lo plantea el autor, configura un conjunto de representaciones que moldean la subjetividad.

Ahora bien; ¿Cuáles son las coordenadas de la época actual?

Si profundizamos las expresiones que suelen utilizarse desde diversos estudios contemporáneos para describir al escenario social, económico y cultural que asistimos hoy; léase entre muchas otras; capitalismo neoliberal, sociedad postindustrial, modernidad tardía o postmodernidad, nos encontramos con un conjunto de conceptualizaciones que, más allá de sus diferencias, coinciden en señalar la crisis de las instituciones e ideales característicos de la modernidad. Uno de los titulares que resume este pasaje es la caída de los grandes relatos, que apunta no necesariamente a la desaparición pero si al debilitamiento de ideales que en la modernidad ofrecían sentido; respuestas, valores, pertenencia colectiva, entre los que se destacan el Estado, la familia tradicional, la religión. Instituciones que por su solidez calmaban de algún modo la angustia de la existencia. Freud lo dijo sin pelos en la lengua, ‘’es la vida difícil de soportar’’ (Freud, 1927) y esos relatos cumplieron la función de soporte hasta que empezaron a debilitarse. Hubo algo que paulatinamente dejó de funcionar, por lo que fue necesario introducir nuevas coordenadas.

Si la modernidad encontraba en las instituciones tradicionales una fuente relativamente estable de identificación y sentido, la contemporaneidad obliga a los sujetos a orientarse en un escenario mucho más fragmentado en el que prima el individualismo, el relativismo, el consumo de sentidos múltiples. El impacto en la subjetividad puede ser leído como mayor libertad pero también mayor fragilidad, búsqueda constante y auto exigencia ilimitada. Basta con permanecer un rato en alguna red social para evidenciarlo.

En este contexto emergen nuevas figuras capaces de ofrecer referencias identitarias, modelos de vida y respuestas frente a la incertidumbre. Es precisamente en este punto donde el fenómeno de los influencers adquiere relevancia.

¿Qué hace un influencer?

Partiendo de lo que nos hace suponer el término, es una persona que influencia a otra, en este caso a su audiencia. Esto nos lleva a pensar que su discurso cuenta con cierta legitimidad, más aun a medida que aumenta su alcance. Yendo al caso particular de los influencers que hacen contenido vinculado al bienestar y al desarrollo personal, en general transmiten la idea de que todo aquello que comparten como modelo a seguir es fruto de su experiencia. ‘’El influencer personifica los contenidos, los baja a un territorio íntimo, comparte confidencias, conoce a sus audiencias, sabe lo que necesitan, intuye lo que buscan saber. El influencer es creíble, porque se muestra como alguien que vive lo que enseña, encarna lo que sugiere, experimenta antes que uno lo que vende o comunica’’ (Zerega Garaycoa et al., 2024)

Esto es muy diferente a la autoridad clásica propia de la modernidad; el influencer no habla desde la institución, el saber experto o la formación universitaria, sino desde sus vivencias buscando fomentar cercanía e identificación por parte de sus seguidores. Por eso puede funcionar simultáneamente como amigo, consejero, mentor, ejemplo, lanzando premisas con fuerza de certeza como: si quieres el éxito, acércate a las personas que tienen los resultados que deseas conseguir. ‘’Si hay un personaje que ha ganado resonancia y presencialidad viral en las redes sociales, ese es el influencer. Este poder de persuasión se ejerce en tiempos de posverdad y de incredulidades generalizadas’’. (Zerega Garaycoa et al., 2024)

Retomando la conceptualización que propone Pujó (2023) y a la que adhieren otros autores contemporáneos, si pensamos la subjetividad como un conjunto de representaciones que una época ofrece para tramitar la falta, los influencers espirituales podrían pensarse justamente como una de esas representaciones destinadas a suturar el vacío estructural. En un contexto caracterizado por la declinación de los ideales modernos y el avance de la lógica neoliberal, estas nuevas figuras de autoridad ofrecen respuestas identitarias y promesas de completud allí donde la subjetividad contemporánea se encuentra confrontada con la incertidumbre y el desamparo. El neoliberalismo no solo organiza la economía sino también una ética subjetiva en la que cada individuo es concebido como empresario de sí mismo. ‘’Los influencers del bienestar intuyen lo que está sucediendo, sopesan las demandas tácitas de las personas en situaciones de auxilio emocional y asumen este nuevo ethos psíquico y esta crisis epocal como una oportunidad’’ (Zerega Garaycoa et al., 2024)

Lo distintivo de estos influencers es que no venden un determinado producto sino más bien un estilo de vida ejemplar que incluye levantarse a las 5 am, hacer burpees, glorificar el gimnasio, el ayuno y las duchas frías; que quien lo compra, luego también puede promocionar. Se sirven de palabras como abundancia, bienestar, manifestación, propósito. Romantizan la disciplina estricta y la autosuperacion permanente, invisibilizandose las circunstancias concretas que habita cada persona.

Asombra la frecuencia con que estos influencer comparten contenido, muchas veces reiterando el mismo mensaje en diversos formatos. Ellos lo llaman ‘’documentar su vida’’, es decir publican lo privado como si no hubiera un límite entre uno y otro e invitan a su comunidad a documentar las suyas. Este acto de exhibicionismo se lleva adelante con el fin de crear una marca personal, un concepto en auge que mínimo nos tiene que llamar la atención. ‘’Marca personal es ser quien sos’’; con el añadido del imperativo epocal de ser visto.

Se autoproclaman mentores, maestros, gurúes. Ellos ya atravesaron la experiencia que el consumidor todavía no alcanzó. Lo paradójico es que detrás de la promesa de crecimiento personal lo que aparece es un modelo en serie. Todos terminan haciendo lo mismo en nombre de su propia singularidad. Como sugiere Marcelo Barros (2021) ‘’La homogeneidad generalizada que Hannah Arendt nombró como la ‘’perversión de lo igual’’, es un pilar del orden simbólico del capitalismo tardío’’.

El autor nos transmite la idea de una realidad configurable según la demanda del mercado. ‘’Una realidad aplanada en lo que nada sobresale ni se distingue’’ (Barros, 2021).

El influencer ofrece fórmulas de ‘’éxito’’ que toma de otro influencer y da por supuesto que todos pueden lograrlo si se lo proponen y más aún, que todos desean lo mismo. La singularidad del sujeto queda subsumida bajo categorías amplias que prometen una explicación rápida y universal, lo que haría estremecer a cualquier psicoanalista y con justificación.

Se observa también que estos discursos no se conforman con pulir las diferencias entre individuos, muchos de ellos además apelan a discursos religiosos que refuerzan la legitimidad de sus enunciados. La referencia a Dios ya no aparece necesariamente como pertenencia institucional sino como recurso para respaldar sus promesas cuando baja el engagement.

Esto no implica negar la experiencia religiosa ni discutir la verdad o falsedad de sus enunciados. Más bien apunta a analizar qué función discursiva cumple dentro de ciertos modelos contemporáneos de influencia que circulan en las redes sociales u otras plataformas audiovisuales. No por nada se está hablando de una ‘’moda de Dios’’.

En este punto resulta pertinente retomar a Freud en El porvenir de una ilusión, donde analiza la religión como una respuesta psíquica frente al desvalimiento humano. ‘’Significa un enorme alivio para la psique del individuo que se le quiten de encima los conflictos, nunca superados del todo, que nacieron en su infancia en torno del complejo paterno, y se le provea una solución universalmente admitida’’ (Freud, 1927).

Según su planteo, las creencias religiosas ofrecen una explicación del sufrimiento y una promesa de protección que permiten aliviar la angustia existencial. Por eso define a la religión como una ilusión: no necesariamente porque sea falsa, sino porque su fuerza proviene fundamentalmente del cumplimiento de deseos y necesidades humanas. Como señala Freud, se trata de doctrinas cuyo valor de realidad no puede demostrarse ni refutarse de manera concluyente.

Desde esta perspectiva, la referencia a Dios en ciertos discursos contemporáneos puede entenderse como algo más que una manifestación de fe personal. Al invocar una voluntad superior, los influencers desplazan parcialmente la responsabilidad de sus promesas hacia una instancia trascendente. De este modo, cuando los resultados prometidos no llegan, la ausencia de eficacia no invalida el discurso, ya que puede apelarse a fórmulas incomprobables como “los tiempos de Dios son perfectos”. La religión opera entonces como un recurso que otorga legitimidad al mensaje y, al mismo tiempo, amortigua las exigencias de ‘’garantía’’ que recaerían sobre quien lo enuncia, si acaso realmente esto tendría consecuencia alguna.

Por último, hay una realidad innegable.

Vivimos en un contexto donde el trabajo es precario, las trayectorias vitales son inestables, los vínculos más frágiles, las instituciones se debilitaron. En ese escenario, la idea de un plan divino ofrece algo valiosísimo; sentido. Aunque no garantice resultados materiales, la religión todavía preserva su valor como narrativa capaz de organizar la experiencia del sufrimiento. Y los influencers, crean o no crean en Dios, se sirven de la gloria del mismo para captar la atención de las masas.

Parece que nos queda a los psicoanalistas, pagar los platos rotos.



CONCLUSION

Considerando el recorrido previo, reservo este último apartado para una consideración personal del tema abordado. Como mencione anteriormente, esta inquietud surge de la observación de una tendencia ‘’masiva’’ en las redes sociales de cuentas que ofician de consejería emocional, física y psicológica bajo la autocalificación de ejemplo a seguir.

Si algo puedo decir al respecto es en gran parte por el seguimiento casi obsesivo de un influencer en particular y no precisamente porque me guste su contenido sino porque me llama mucho la atención como este tipo de perfil captura a la audiencia hasta el punto de hablar de un mentor y su comunidad. El algoritmo además hizo su trabajo y me fue llevando a muchísimos perfiles más que publican un contenido similar, con un discurso y determinadas expresiones que no varían mucho entre unos y otros. Se venden como gurúes que te ayudan a dejar los vicios, a tener disciplina y a crear tu emprendimiento. Se muestran como bestias, maquinas, dioses que pueden mostrarte como trascender lo que ellos ya trascendieron. Hablan de vínculos tóxicos, de depresión, de ansiedad, de adicciones, de trauma. Banalizan la salud mental. Desprecian la formación académica, para ellos lo que vale es la experiencia de vida. Dirigen comunidades y responden con convicción acerca de cuestiones que exceden por lejos sus áreas de conocimiento. Se meten en terrenos pantanosos de los que salen diciendo que todo depende de uno, ‘’de hacer lo que tenes que hacer y dejar de hacer lo que estás haciendo’’.

Da la sensación que pueden decir cualquier barbaridad porque no tienen ningún marco ético o moral al que atenerse.

Al observar en el tiempo la evolución de este influencer pude notar también como fue modificando su contenido y adaptándolo a las necesidades de los usuarios, porque no hay que olvidarse que todo esto sucede dentro de una plataforma que responde a lógicas de consumo. Esto explica como un influencer que antes hacia comentarios gordofobicos, clasistas y ofensivos por doquier, a los meses esté leyendo salmos y proverbios y grabando videos en ‘’La Igle’’.

Me preguntaba que lleva a una persona de pronto a colocar a Dios detrás de todo lo que publica y los seguidores no tardaron en darme la respuesta, llamándolo ‘’un enviado, un hijo del Señor, un elegido que viene a traer el mensaje’’.

La religión aunque aggiornada sigue siendo un soporte frente al desamparo y si hay algo que caracteriza a la subjetividad actual es la pérdida de un norte. Ahí es donde los influencers aprovechan el hueco y entran en escena.

Claro está que gran parte del éxito de estos discursos responde a una necesidad de orientación en un contexto incierto. Sin embargo, suele tener como costo una reducción de la complejidad subjetiva. Porque no hay soluciones universales, ni respuestas objetivas, ni mucho menos un plan de vida basado en el sacrificio radical. Estos gurúes espirituales se encargan de derribar lo que tanto trabajo nos lleva a los analistas, reconocer la singularidad del deseo y aceptar la castración.

Allí donde el psicoanálisis escucha a un sujeto, estos discursos escuchan las necesidades del mercado o aún más las suyas propias, hoy que está tan en boga el (mal) uso del concepto narcisismo y si encuentran tanta adhesión no es únicamente por su capacidad de persuasión, sino porque responden a un malestar de la época que es preciso suturar.

Podría decirse que mientras el influencer busca ocupar el lugar de quien sabe qué le conviene al otro, el analista intenta sostener un lugar de no saber respecto del deseo del paciente. No le indica cómo vivir ni qué decisión tomar; más bien acompaña la producción de un saber singular que el propio sujeto desconoce de sí mismo.

Tal vez el desafío para el psicoanálisis en la actualidad no sea competir con estos discursos actuales ni ofrecer respuestas más atractivas que las del mercado. Su apuesta sigue siendo otra: preservar ese espacio donde el sujeto pueda interrogar aquello que lo determina, incluso cuando la época misma empuja hacia el otro lado.

Y como siempre, resistir.



BIBLIOGRAFIA



· Barros, M. (2021). El aplanamiento de la clínica y los últimos hombres. En Anatomía de la modernidad. Grama Ediciones. Pág. 9 – 24.



· Freud, S. (1927). El porvenir de una ilusión. En J. L. Etcheverry (Trad.), Obras completas (Vol. 21). Amorrortu.




· Lacan, J. (1953). Función y campo de la palabra y del lenguaje en psicoanálisis. En Escritos 1. (2.ª ed.). Siglo XXI Editores.



· Pujó, M. (2023). Zeitgeist. El espíritu de época. En Psicoanálisis y el Hospital, Año 20. N 39. Junio 2011. Pág. 12 – 22.



· Zerega Garaycoa, M. M., Tutivén-Román, C., Cisternas-Osorio, R., Labate, C., & Becker Cantariño, L. M. (2024). Influencers hispanohablantes del bienestar en la era de los cuidados: Corrientes y temas durante el año 2023. Vivat Academia, 157, 1–25. https://doi.org/10.15178/va.2024.157.e1533.







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