miércoles, 7 de septiembre de 2016

Ser un inquilino en Mar del Plata.





Comprar una propiedad hoy en día resulta un sueño para muchos y con fortuna o sacrificio, la realización de unos pocos. 
Entre planes, prestamos, terrenos, inversiones, créditos, tasa fija, tasa variable, escrituras, planos, cuotas, mas cuotas, hipoteca y una lista interminables de términos que propician la acidez estomacal, estamos la gran mayoría de jóvenes optando por una salida, que se presenta a nuestras aspiraciones con el beneficio de la inmediatez y la tranquilidad de que cuanto mucho en veinticuatro meses la condena llega a su fin.



Para unos cuantos es tirar la plata, para otros tantos es la única alternativa de tocar con la punta de los dedos el sueño de un hogar. 
El inquilino asume no ser propietario de esas cuatro paredes, pero mientras allí viva y allí pague, puede sentir por un tiempito estipulado en un contrato, la gloria ficticia de la autosuficiencia y el progreso. Nada que una decoración con toques identitarios no pueda paliar. Una mano de pintura, unas cuantas fotos del verano en Camboriu, un retrato del sobrino, muebles pintados con el sudor de algún empleo anterior, una biblioteca ambulante, lucecitas colgando en las paredes, un vinilo con alguna leyenda esperanzadora y plantas adaptadas artificialmente al interior. El inquilino finalmente logra sentirse en casa. 
Hoy en día, tras la utopía de comprar una propiedad se ubica la complejidad del alquiler. Si es por inmobiliaria, desempolva los ahorros que guardaste por temor a alguna eventualidad. Qué mes de adelanto, que deposito, que gastos de contrato. Veinticinco lucas, solo para ingresar.
Si es por dueño directo, quizás te ahorres unos pesos para tener la llave en mano, pero asegúrate de no tener que invertirlo al mes porque el termotanque se apaga, el techo te llueve o en la pared recién pintada apareció un lamparón de humedad, del cual el dueño no sabe ni contesta.
Diría mi vieja; te entregan una pocilga y pretenden que les devuelvas un palacio. 
Requisitos. 
Que garantía propietaria, que recibo de sueldo, que ingresos comprobables. 
Si estoy buscando una propiedad para alquilar, hay un 90% de probabilidades de que no cuente entre mis haberes con ninguna propiedad. ¿Recibo de sueldo? Soy monotributista, no tengo recibo...pero si te sirve puedo mostrarte como me suda la frente por cada hora que trabajo.
Uno encara la búsqueda con entusiasmo. Primero se ordenan las prioridades para filtrar oportunidades que no calzan con lo que se busca. 
Somos una pareja, buscamos un dos o tres ambientes, luminoso, con patio o terraza, un lugarcito para dejar las bicis. 
Auto no tenemos, así que cochera no necesitamos. 
Que no quede en pleno centro ni tampoco en el culo del mundo. 
Listo. 
Miras páginas de inmobiliarias, portales de propiedades, hablas con uno, con otro. 
El boca en boca también ayuda. 
No es mucho lo que pretendemos, pero parece que son muchos los que pretenden lo mismo. De golpe aparece un aviso que coincide a grandes rasgos con nuestras pretensiones.
Hay que apurarse en consultar, porque atrás tuyo hay treinta interesados más pisándote los talones.
Llamas. 
Acordas ir a ver la propiedad. 
Las fotos te sugieren ambientes amplios y reconfortantes. Pero la realidad puede manifestar otras dimensiones. Y el patio con pileta que ofrecia el aviso, en el que fantaseaste con plantitas y hasta una mesa con sillas alrededor, a tus ojos se convierte en un pasillo destechado de dos baldosas de ancho con una bacha cubierta de sarro. Con el tiempo, uno se pone más vivo. Ya no te venden gato por liebre.
Entonces vas. 
Una vez más. 
Esta tiene que ser.
En el camino te imaginas el barrio, la cuadra, el frente de la casa. Aunque sea un ph al fondo. Es el momento de hincharse el bocho de expectativas. 
Estas llegando, te imaginas comprando en la carnicería de la esquina, tomándote el colectivo que pasa por la avenida que está a dos cuadras, sacando a pasear a la perra a la plaza que está a la vuelta. Calculas cuantas cuadras te separan del trabajo, cuanto tendrás que caminar hasta lo de los viejos. 
Te seguís hinchando de expectativas. 
Tocas el timbre, el muchacho de la inmobiliaria te recibe. 
Te muestra primero la cocina, después el comedor, las dos habitaciones. Cuenta con lavadero, baño con ducha y un patiecito con un limonero divino. 
Es linda, quizás mas grande aun de lo que buscabas. Y unos pesos más de lo que tu ahorro tenía como margen. Pero te imaginas viviendo allí. Y eso vale un montón.
Estoy interesada, decís. 
Bien, te dice el muchacho. Para entrar tendrías que presentar...bla bla bla bla bla bla bla bla bla... (piloto automático mientras dure el discurso reiterativo de requisitos exquisitos).
Ah. Y no acepta mascotas.

Te detenes en esa conclusión.

Tenes un caniche. 
Y una gata, que la búsqueda de hogar te enseño a mantener invisibilizada bajo el pretexto de que los gatos no molestan.
El muchacho de la inmobiliaria acaba de pincharte sin asco tu globo de expectativas. 
Una casa de tres ambientes, con patio.
Y no aceptan mascotas. 
No estamos hablando de un monoambiente. 
Ni estamos hablando de un gran danés.
Además de demostrarle como te suda la frente trabajando, deberías ahora poner en evidencia que rozas la obsesión por la limpieza, que lustras con cera hasta los sócalos y que la perra no pierde pelo a menos que se los arranque con los dientes. Y que si ladra cada tanto es porque es un perro y le corre sangre por las venas. 
No aceptan mascotas, es decisión del propietario. Sin excepción.

Está bien, gracias igual. 
Seguiré buscando. 
Y te retiras con el tiempo perdido, la energía invertida y las expectativas desparramadas en una mudanza más...que no fue.
Ya no va a ser ese patio, ya no va a ser ese barrio, esa esquina, esa plaza, esa avenida, ya no va a ser esa tu próxima vivienda, donde minutos antes viste un anticipo de tu vida.
Seguí participando. 
Ya aparecerá esa casa. 
Ya aparecerá tu casa.




1 comentario:

Ultima entrada:

ESTAMOS TRABAJANDO PARA OFRECERLES UN MEJOR SERVICIO.

Usted puede leer en: